La coherencia también debería ser un acto de valentía
Las democracias necesitan ciudadanos que piensen, cuestionen y exijan. También necesitan periodistas incómodos, académicos críticos y artistas capaces de utilizar su voz para interpelar al poder. Una sociedad donde las figuras públicas guardan silencio por miedo o por conveniencia termina perdiendo uno de los mecanismos más importantes de control ciudadano. Opinar no solo es un derecho; en muchos casos también es una responsabilidad. Pero cuando esa voz aparece únicamente frente a determinados gobiernos y desaparece frente a otros, deja de ser un ejercicio de conciencia para convertirse en una forma sofisticada de militancia.
En los últimos días, la carta pública de Karol G al nuevo presidente de Colombia abrió nuevamente el debate sobre el papel que cumplen los artistas en la discusión pública. Sus palabras hablan de gobernar para todos, de dejar atrás las divisiones y de pensar en el bienestar colectivo. Son principios que difícilmente podrían ser rechazados por cualquier persona que crea en la democracia. El problema no está en el contenido del mensaje. El problema está en el contexto desde el cual aparece.
Durante los últimos cuatro años Colombia vivió una de las etapas políticas más agitadas de su historia reciente. El país asistió al desfile permanente de escándalos institucionales, investigaciones judiciales, crisis administrativas y profundas controversias que ocuparon titulares nacionales e internacionales. Sin embargo, frente a muchos de esos episodios, una parte importante del mundo artístico, cultural e incluso académico optó por un silencio que contrastó con la rapidez con la que hoy levanta la voz para pedir prudencia, diálogo o respeto institucional.
La pregunta, entonces, no es por qué hablan ahora. La verdadera pregunta es por qué no hablaron antes.
¿Dónde estuvieron las grandes declaraciones públicas cuando estalló el caso relacionado con Nicolás Petro y la financiación de la campaña presidencial? ¿Dónde aparecieron los llamados colectivos de artistas cuando comenzaron las investigaciones por el escándalo de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo, que hoy compromete a exfuncionarios, congresistas y contratistas por el presunto desvío de recursos destinados precisamente a atender emergencias? ¿Dónde estaban las cartas abiertas cuando el país conocía las dificultades en la expedición de pasaportes, cuando crecían las preocupaciones sobre el sistema de salud o cuando las cifras oficiales mostraban un deterioro de la seguridad en distintas regiones?
No se trata de exigir que cada cantante, actor o escritor publique un comunicado frente a cada noticia. Eso sería absurdo. Se trata de algo mucho más sencillo: la coherencia.
Porque la autoridad moral no nace de tener millones de seguidores en redes sociales ni de llenar estadios alrededor del mundo. Tampoco proviene de la fama o del éxito artístico. La autoridad moral se construye cuando el criterio ético permanece intacto sin importar quién ejerza el poder.
Ese es precisamente el punto donde la discusión deja de ser política para convertirse en un asunto profundamente ciudadano.
Existe una expresión médica conocida como hemiplejia: la pérdida de movilidad de un lado del cuerpo. En el debate público colombiano pareciera existir una versión distinta, una especie de hemiplejia moral. Se observa con absoluta claridad todo aquello que hace el adversario político, pero se pierde inexplicablemente la capacidad de ver las faltas cuando provienen del sector ideológicamente cercano. Se condena con pasión un abuso mientras se relativiza otro similar. Se exige transparencia dependiendo del color del gobierno. Se habla de derechos humanos cuando las víctimas pertenecen a un determinado grupo, pero el discurso desaparece cuando las víctimas incomodan las propias convicciones.
Ese fenómeno no pertenece exclusivamente al mundo artístico. También aparece en periodistas, empresarios, académicos, dirigentes políticos y ciudadanos comunes. Quizá sea uno de los mayores problemas de la conversación pública colombiana: la incapacidad para aplicar el mismo estándar ético a todos.
Y esa doble vara termina debilitando la credibilidad de quienes pretenden convertirse en referentes de opinión.
Los artistas tienen, por supuesto, todo el derecho de expresar sus posiciones políticas. La libertad de expresión existe precisamente para proteger esa posibilidad. Nadie debería pedirles neutralidad obligatoria ni silencio. Pero cuando deciden intervenir en el debate nacional también aceptan, inevitablemente, que los ciudadanos evalúen la consistencia de sus posiciones. La crítica no recae sobre el hecho de opinar, sino sobre la oportunidad escogida para hacerlo y sobre la ausencia de esa misma voz cuando las circunstancias exigían igual firmeza.
La democracia necesita voces críticas frente a todos los gobiernos, no únicamente frente a aquellos que no coinciden con nuestras preferencias ideológicas. Un país donde la indignación depende del resultado electoral corre el riesgo de convertir la ética en una simple herramienta de conveniencia.
Tal vez Colombia necesite, como afirman muchos de esos mensajes recientes, un presidente que gobierne para todos. Ojalá sea así. Pero también necesita ciudadanos, artistas, empresarios, periodistas y líderes sociales que juzguen a todos los gobiernos con el mismo rigor. La democracia no se fortalece cuando una mitad del país crítica y la otra guarda silencio. Se fortalece cuando la exigencia ética es igual para todos, sin importar el partido, el nombre o la simpatía que despierte quien ocupa el poder.
Porque la verdadera independencia no consiste en cambiar de discurso cuando cambia el gobierno. Consiste en conservar los mismos principios cuando cambia el color de la banda presidencial.