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La música que nos habita: memoria, emoción y poder para sanar

De la infancia marcada por una inesperada aversión a la música al descubrimiento de su poder emocional y terapéutico. Un recorrido íntimo por discos, melómanos, Oliver Sacks, la literatura y esas canciones que terminan acompañando la vida entera, sus recuerdos y emociones.

Bendita música, benditos músicos.

“Música, melancólico alimento para
los que vivimos de amor”.
Rayuela. Julio Cortázar.

Nota inicial: Se sugiere leer esta columna con esta playlist:

https://open.spotify.com/playlist/30qZRj4HRec1aTdz6MaU0Y?si=9ca52e37f24d46ad.

Suelo empezar con una breve anécdota. En mi casa siempre han sido muy musicales. Recuerdo en mi infancia a mis padres y a mi hermana escuchando por ejemplo a Los Kjarkas, Los Nocheros, Silvio Rodríguez, Mercedes Sosa, Sandro, Carlos Gardel, Caifanes, Calamaro, Fito Páez, en fin, innumerables artistas y géneros musicales. Pese a ello, recuerdo que me molestaba demasiado escuchar música, mi alma sentía una gran tristeza, una profunda aversión cuando ese era el plan, una sensación que me conducía a discusiones con mi hermana, pues ella, a como diera lugar, cumplía su cometido: Escuchar música incansablemente.

Debo decir que hoy se lo agradezco, no sé qué podría ser de mis días sin escuchar, al menos, una buena pieza musical.

La música puede dirigirnos a la tristeza, a la melancolía, a la nostalgia; pero también a la euforia y a la inspiración. Por ello, uno de los significados que más llamaron mi atención al leer el concepto del término “música”, por la Real Academia de la Lengua Española, fue el siguiente: “Arte de combinar los sonidos de la voz humana o de los instrumentos, o de unos y otros a la vez, de suerte que produzcan deleite, conmoviendo la sensibilidad, ya sea alegre, ya tristemente”. De hecho, me pregunto ¿quién, acaso, no ha logrado escapar de una realidad a través de la escucha consciente de una canción, de una obra musical? –Cuando hago esta pregunta, atraviesa una sensación repentina de frío en mi cuero cabelludo que llega hasta el cuello, sí, un escalofrío–.

Y cuando hablo del escalofrío que se siente con la música, me refiero a la sensación de alivio, de relajación, de algo sublime que recorre el cuerpo y que puede hacerse inexplicable en el lenguaje, pues se trata de algo que solo comprenden los sentidos. Pensemos, por ejemplo, qué sería del cine sin las bandas sonoras que lo acompañan; qué sería de las fiestas sin la música para ambientar o para bailar; qué sería de los románticos sin piezas para dedicar; qué sería del oído sin música para acallar los pensamientos, sin música para avivar las emociones. Podría ser una lista infinita.

¿Han intentado, últimamente, comprar CD’s o vinilos? Si la respuesta es afirmativa, necesariamente debieron darse cuenta de que la música en tales formatos escasea. Por cuestiones del algoritmo en redes sociales, supe de la existencia de un pequeño (pero grande) y escondido local en el edificio BCH, en el Centro de Manizales, donde se pueden encontrar verdaderas joyas musicales. Allí fui atendida por su amable dueño, Guillermo, un gran melómano que, entre miles de títulos musicales, deja de ser un extraño, para convertirse en un verdadero amigo y un gran consejero musical. En este mágico lugar uno puede introducirse en un recorrido que inicia por la balada, pasa por la salsa, saluda al jazz, protesta con la canción social, se relaja con el reggae, canta con el rock, se concentra con la música clásica y salta con el metal.

En mi caso, el amor por la música va más allá del capricho o el gusto de escucharla y sentirla. No alcanzamos a dimensionar lo que puede hacer ella en nuestro cerebro, llegando incluso a lograr que los trastornos neurológicos sean más llevaderos. Lo cierto es que no soy profesional de la salud, pero llegué con certeza a esta afirmación gracias a Oliver Sacks, un neurólogo y escritor clínico británico que falleció en 2015 dejando un gran legado en la neurología –a cuántos nos hubiera salvado su atención médica– y, claro está, en la literatura. Como dato curioso, Sacks padecía prosopagnosia o más conocida como ceguera facial, es decir, la incapacidad de reconocer los rostros de otras personas, incluyendo a los más cercanos.

Y bien, conocer sus relatos basados en casos clínicos, removió mis curiosidades musicales y me animó integrar la música con mayor intensidad en mi vida. Mi acercamiento inicial fue con su obra “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero”, que aborda la historia de personas aquejadas por extrañas enfermedades nerviosas que fueron tratadas por Sacks de un modo absolutamente humano, logrando comprender su sufrimiento y su batalla con tal enfermedad, argumentó perfectamente que el individuo no es solo memoria, también es sensibilidad y voluntad.

Luego, llegó a mí el grandioso libro “Musicofilia. Relatos de la música y el cerebro”, leerlo es como escuchar las más sublimes obras musicales. En esta obra, debo aclarar que el autor explica de qué manera la música puede conducir a comportamientos obsesivos, sin embargo, también la aborda como una posibilidad terapéutica y sanadora. Alude al poder de la música y hace referencia a la terapia musical formal a finales de los años cuarenta, especialmente como respuesta a la cantidad de soldados que regresaron de la Segunda Guerra Mundial con lesiones cerebrales traumáticas, pero, además, para tratar enfermedades como el parkinson, la demencia o el síndrome de Tourette.

La música siempre me ha acompañado, aparece mágicamente en la calle, en mis sueños o cuando leo. A propósito de leer, podría mencionar, además, a Julio Cortázar, quien tiene una amplia influencia del jazz en sus obras, a saber, entre otras, “Rayuela” o “El Perseguidor”; o Haruki Murakami, cuya afición por la música se refleja en obras como “Tokio Blues”, ambos autores también reconocidos por su calidad de melómanos.

Y si la música cobrara vida propia, sabría todas nuestras emociones ocultas y no ocultas; sabría de nuestros sentimientos de amor, alegría, desesperanza, decepción, nostalgia y tristeza. Aunque, cambio de opinión, en definitiva, podría decir que la música sí cobra vida propia, nos nutre de una energía capaz de afrontar cualquier situación presente mientras estamos activos con ella.

Gracias a mi hermana que cultivó en mí sin darse por vencida, el amor por la música, gracias a los músicos por nutrir nuestras vidas con el arte de la música, gracias a los melómanos por sus consejos musicales, gracias a la música por su existencia. Por favor, escuchemos música en medio del ajetreo de la vida, este hábito hace más llevadera la rutina pedregosa. La música para la tristeza, la música para la alegría, la música para la vida.

Nota final: Dispongo dos playlist:
• La primera, de Cortázar, alusiva a la música que refiere en sus obras:

https://open.spotify.com/playlist/6gtPJdFW4HfAeaUjVOgaU3?si=7a5e8a99b6dc4da3

• La segunda, de Murakami, construida a través de la lectura de “Tokio Blues”:

https://open.spotify.com/playlist/38F9RElwdcCoFvsUBq2INK?si=e895c0d3887a4c73

• La playlist del inicio de este escrito, corresponde a las obras mencionadas en “Musicofilia”, de Oliver Sacks.
No se nieguen a escuchar lo sublime.

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