Dolores indescifrables, dolores indecibles:
Sobre “Lo que no tiene nombre”, de Piedad Bonnett
“La vida cambia deprisa.
La vida cambia en un instante.
Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba” Joan Didion.
Hoy escribo sobre un hecho ineludible que casi siempre queremos evitar, sobre ese verbo llamado “morir”. No hablo de la muerte en primera persona, porque tal vez, pese a encontrarnos muy aferrados a la vida, aquello que nos aterra en el fondo, es el fallecimiento de los seres que dotan de sentido nuestra cotidianidad: Padres, abuelos, hermanos, hijos, sobrinos, pareja, amigos y en general, aquellos con quienes tenemos un vínculo sumamente estrecho. Pero entonces ¿cómo afrontar una pérdida? ¿cómo sobrevivir en medio de un duelo?
Una de las definiciones de “duelo” establecidas por la Real Academia de la Lengua Española es “sentimiento de dolor o pena por la muerte de una persona”. Cuán simple suena este concepto para una emoción indescriptible que parece también arrastrarnos a la muerte, un lenguaje incomparable con aquello que se siente.
Piedad Bonnett escribió “Lo que no tiene nombre”, una historia que trata la vida y la muerte, pero sobre todo la vida de su hijo Daniel, un ser sensible, un artista cuya obra reflejaba la tragedia y el dolor que llevaba dentro. No sé si la autora lograba imaginar que ese personaje que describió allí, uno humano, uno real, conmovió e hizo sentir una compañía entrañable a innumerables personas, una narración fuerte, dolorosa y brutal, pero transformadora. Y es claro, no hay cómo nombrar esa pérdida, porque la relación entre una madre y un hijo, como lo dijo Piedad “rebasa las fronteras de tiempo y espacio”.
Y es imperativo decirlo, Daniel sigue vivo incluso en los corazones de quienes no lo conocimos personalmente.
Leer “Lo que no tiene nombre”, es también leer la historia de muchas personas, es leer una realidad tangible y terroríficamente normalizada, la de las enfermedades psiquiátricas, diagnósticos extremadamente silenciados. Para el año 2025, según el Instituto Nacional de Salud, se registraron más de 20.000 casos de intentos de suicidio, camino al que acuden los seres humanos cuando definitivamente, no encuentran otra opción.
Las preguntas que planteo al inicio no tienen una respuesta clara. Pero, puedo decir que este escrito es, con igual relevancia; primero, un homenaje y un agradecimiento a la maravillosa obra de Piedad Bonnett; segundo, un llamado urgente a analizar la calidad del sistema de salud que debe dar la prioridad que merece a la enfermedad psiquiátrica; y tercero, una invitación a mantener vigente el legado de los seres que parten de uno u otro modo del mundo terrenal. Recordemos siempre que, hacer aquello que les gustaba, cumplir un sueño que ellos no tuvieron tiempo de hacer realidad y no olvidarlos, será siempre la forma ideal de mantenerlos vivos, de que sigan siendo conocidos y apreciados en la tierra por actuales y futuras generaciones.