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Cuando la música volvió a recordarnos quiénes somos y de dónde venimos

La edición 52 del Festival Mono Núñez confirmó, una vez más, por qué sigue siendo el escenario más importante de la música andina colombiana. Ginebra reunió a los mejores intérpretes, compositores y agrupaciones del país en una celebración donde el talento, la tradición y la excelencia artística fueron protagonistas. Una crónica sobre los ganadores, los grandes momentos del certamen y el legado cultural que deja esta inolvidable edición.
Eleuterio Gómez codirector

El Festival Mono Núñez 2026 cerró otra página inolvidable en la historia de la música andina colombiana

Hay lugares donde el tiempo parece transcurrir de otra manera. Durante cuatro días del mes de junio, Ginebra, en el corazón del Valle del Cauca, dejó de ser un municipio para convertirse nuevamente en el territorio donde Colombia se encontró consigo misma. Allí no importaron las diferencias políticas, las preocupaciones cotidianas ni el ruido incesante que suele dominar la vida moderna. Durante cuatro noches, el país volvió a hablar el idioma más antiguo de su memoria: el de la música andina colombiana.
No fue simplemente un concurso. Nunca lo ha sido.

El Festival Mono Núñez representa mucho más que una competencia artística. Es un acto de resistencia cultural, un espacio donde la tradición dialoga con las nuevas generaciones y donde cada interpretación recuerda que la identidad de un pueblo también se construye desde la belleza, la sensibilidad y la memoria.

La edición número cincuenta y dos volvió a demostrar por qué este encuentro continúa siendo el máximo escenario de la música andina colombiana. Miles de personas llegaron hasta Ginebra para compartir una celebración donde el tiple, la guitarra, la bandola, el requinto y las voces encontraron nuevamente el aplauso emocionado de un público que entiende que estos sonidos hacen parte del patrimonio vivo de la nación.

Pero detrás de cada concierto impecablemente organizado, detrás de cada artista que subió al escenario y detrás de cada detalle que permitió que el festival transcurriera con la calidad que lo caracteriza, existe un trabajo silencioso que pocas veces recibe el reconocimiento que merece.

Por eso, antes de hablar de los ganadores, resulta justo comenzar esta crónica expresando una sincera felicitación al presidente ejecutivo y director del Festival, Bernardo Mejía Tascón, cuyo liderazgo continúa consolidando al Mono Núñez como una de las grandes referencias culturales de Colombia. Su capacidad para mantener vivo el espíritu del festival, adaptarlo a los nuevos tiempos sin perder su esencia y coordinar un equipo humano comprometido con la excelencia merece un reconocimiento especial.

Ese homenaje se extiende, naturalmente, a todo el equipo organizador que durante meses trabaja con dedicación para que cada edición sea posible. La logística, la programación, la atención a artistas, jurados, medios de comunicación, voluntarios y visitantes son el resultado de un esfuerzo colectivo que rara vez se percibe desde las graderías, pero que constituye la verdadera columna vertebral del festival.

Quienes hemos tenido el privilegio de vivir de cerca esta edición sabemos que el éxito de un evento de esta magnitud no depende únicamente del talento de los intérpretes. También depende de quienes, desde mucho antes de que se levante el telón, construyen las condiciones para que la música pueda ocupar el lugar que merece.

Y una vez más, Ginebra respondió con la elegancia y la hospitalidad que durante más de medio siglo han convertido este festival en uno de los acontecimientos culturales más importantes del país.

Los grandes premios de la edición 52

Como ocurre cada año, la expectativa mayor se concentró en la elección de los dos máximos galardones del festival.

En la modalidad vocal, el Gran Premio Mono Núñez fue para Laura Alejandra Chaparro Nossa, representante de Boyacá, cuya interpretación conquistó tanto al jurado como al público por su impecable técnica, sensibilidad y profundo respeto por el repertorio andino colombiano.

En la modalidad instrumental, el máximo reconocimiento fue otorgado al Cuarteto Caucalí, de Bogotá, agrupación que confirmó el extraordinario momento que vive la interpretación instrumental colombiana y que ofreció una de las presentaciones más sólidas de toda la edición.

Dos premios que sintetizan el alto nivel artístico alcanzado durante el certamen y que reflejan la riqueza interpretativa que hoy existe en diferentes regiones del país.

Una competencia donde todos llegaron con méritos suficientes

Antes de conocerse los ganadores, diez finalistas habían alcanzado el privilegio de disputar el máximo reconocimiento del festival.

Modalidad Instrumental
• Cuarteto Caucalí (Bogotá)
• Michael Pérez (Boyacá)
• Coro de Clarinetes Universidad de Caldas (Caldas)
• Cedral Trío (Santander)
• Constelación Trío (Valle del Cauca)
Modalidad Vocal
• Laura Alejandra Chaparro Nossa (Boyacá)
• Dueto Prisma (Caldas)
• María José Gallego Ríos (Caldas)
• Mónica Adela Escobar Cardona (Quindío)
• Rosa María Ocampo Martínez (Valle del Cauca)

Más allá del resultado final, este grupo de artistas representa una fotografía del extraordinario momento que vive la música andina colombiana. Cada uno llegó a la final después de superar exigentes procesos de selección y demostró un nivel artístico que confirma la vigencia de un género que continúa renovándose sin perder su identidad.

Caldas volvió a demostrar por qué sigue siendo protagonista

Uno de los aspectos más destacados de esta edición fue la importante presencia caldense entre los finalistas.

Tres representantes del departamento alcanzaron las nominaciones al Gran Premio: el Coro de Clarinetes de la Universidad de Caldas, el Dueto Prisma y María José Gallego Ríos.

Ese protagonismo se vio reflejado también en los resultados finales.

El Dueto Prisma obtuvo el Premio Briceño y Áñez al Mejor Dueto Vocal, mientras que el Coro de Clarinetes de la Universidad de Caldas alcanzó el tercer lugar en el Concurso de Obras Inéditas, modalidad instrumental.

No son logros menores.

Hablan de una región que continúa formando intérpretes de altísimo nivel y que mantiene una presencia constante en el principal escenario de la música andina colombiana.

Boyacá confirmó su enorme fortaleza vocal

Si Caldas brilló por la cantidad de finalistas, Boyacá fue protagonista por la contundencia de sus resultados.

Laura Alejandra Chaparro Nossa obtuvo simultáneamente el Gran Premio Mono Núñez Vocal y el reconocimiento como Mejor Solista Vocal, consolidándose como una de las grandes figuras de esta edición.

En la modalidad instrumental, Michael Pérez fue distinguido como Mejor Solista Instrumental, confirmando el extraordinario nivel interpretativo que caracteriza al departamento boyacense.

La excelencia instrumental tuvo múltiples protagonistas

Bogotá celebró el triunfo del Cuarteto Caucalí como Gran Premio Mono Núñez Instrumental y como Mejor Grupo Instrumental.

Santander también dejó una profunda huella gracias a Cedral Trío, reconocido como Mejor Dúo o Trío Instrumental, además de obtener importantes premios individuales para Luis Arley Martínez Caballero, distinguido como Mejor Requintista, y Edwin Castañeda, reconocido como Mejor Tiplista Acompañante.

Valle del Cauca, por su parte, sumó importantes reconocimientos con Carlos Alberto Velásquez García como Mejor Guitarrista, Gabriela Aedo como Mejor Guitarrista Acompañante y la destacada participación de Mixtura Ensamble.

Las nuevas composiciones también encontraron su espacio

Uno de los mayores valores del Festival Mono Núñez continúa siendo el estímulo permanente a la creación musical.

El Concurso de Obras Inéditas volvió a demostrar que la música andina colombiana no vive únicamente de su pasado, sino también de la creatividad de nuevos compositores e intérpretes que enriquecen permanentemente este patrimonio cultural.

Los resultados confirmaron la calidad de las obras presentadas tanto en la modalidad vocal como instrumental, consolidando este espacio como una de las principales plataformas para la creación contemporánea dentro del género.

Mucho más que un festival

Al terminar la edición número cincuenta y dos, queda una certeza que trasciende los premios y los reconocimientos.

El verdadero ganador vuelve a ser la música andina colombiana.

Mientras existan escenarios como el Festival Mono Núñez, nuevas generaciones de intérpretes dispuestas a asumir el legado de los grandes maestros y un público capaz de llenar los auditorios para escuchar un bambuco, un pasillo, una guabina o un torbellino con el mismo respeto con que se escucha una gran obra universal, la identidad musical del país seguirá viva.

Durante cuatro días, Ginebra volvió a convertirse en el lugar donde Colombia recordó que también puede reconocerse a través de sus canciones.

Y ese, quizá, sea el mayor triunfo de un festival que hace mucho dejó de pertenecer únicamente a un municipio o a una región para convertirse en patrimonio cultural de toda una nación.

Pero la música andina colombiana no se despide. Apenas inicia un nuevo capítulo de su recorrido por el país. Tras el inolvidable encuentro vivido en Ginebra, la fiesta del bambuco, el pasillo, la guabina y los demás aires tradicionales continuará a mediados de agosto en el corazón del Paisaje Cultural Cafetero, cuando la histórica Aguadas, la entrañable Ciudad de las Brumas, abra nuevamente sus puertas para celebrar la Trigésima Quinta Edición del Festival Nacional del Pasillo Colombiano. Desde La Revista de Caldas extendemos una fraternal invitación a compositores, autores, intérpretes, agrupaciones, gestores culturales y amantes de nuestra música para que hagan parte de esta nueva cita con el patrimonio sonoro de Colombia. Porque mientras haya una guitarra, un tiple, una bandola y una voz dispuesta a cantar nuestras raíces, la música andina seguirá escribiendo la historia más hermosa de nuestra identidad.

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