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Lloro por mi patria: las lágrimas que llegaron tarde por Colombia

Crónica personal desde la distancia. El cronista confiesa que el llanto por el terremoto que sacudió a Colombia le llegó tarde, cuando ya las cifras eran frías y las imágenes se habían vuelto costumbre. Una reflexión sobre el pavor de ver caer los edificios de Cali, la angustia de saber a los suyos con miedo, y la certeza de que la distancia no impide que el corazón también tiemble.

No sé exactamente en qué momento se me llenaron los ojos. Vi las primeras noticias el lunes, como cualquiera, con esa mezcla de incredulidad y frialdad con que uno recibe las tragedias ajenas cuando todavía no ha entendido que son propias. Vi la cifra de magnitud, vi el mapa con el punto rojo en Chocó, vi los números que empezaban a subir con esa crueldad matemática con que suben siempre los muertos en un terremoto: de once a ciento once, de ciento once a ciento treinta y dos, y seguían subiendo. Y sin embargo no lloré. Seguí trabajando, seguí escribiendo, seguí anotando datos técnicos como si la desgracia fuera solamente un asunto de sismología, de placas tectónicas, de leyes de Omori-Utsu. Como si Colombia no fuera mi patria sino un caso de estudio.

Fue después, mucho después, cuando finalmente me quebré. Y no lloro, quiero decirlo con toda claridad, por Salamina, ni por San Félix, ni siquiera por Manizales, que también tembló y que también me duele. Mis padres y mis abuelos murieron hace años, y esa es una pena distinta, ya acomodada en algún rincón del pecho. No, hoy lloro por Cali. Lloro porque en Cali tengo dos de mis hijos, un nieto, amigos entrañables de toda una vida, a mi hermanita, a mis sobrinas y a mi sobrino, y a los hijos de ellos, esos niños que apenas conocen mi voz por teléfono y que sin embargo sintieron ese lunes el mismo pavor que sintieron los adultos. Ya sé que están bien. Me lo confirmaron uno por uno, con esa generosidad que tienen las familias cuando saben que uno, lejos, se muere de angustia sin poder hacer nada. Y sin embargo sigo llorando, no por lo que pasó, sino por lo que ellos tuvieron que sentir mientras pasaba.

Lloro por mi hija, que vive en el campo, en la finquita donde cuida sus animalitos, y que esa mañana debió sentir la tierra moverse bajo sus propios pies sin tener a nadie cerca más que sus bestias, que tampoco entendían nada, que también debieron asustarse sin saber por qué. Lloro por mi hijo, que es paramédico y rescatista del Cuerpo de Bomberos de Cali, y que mientras yo apenas empezaba a leer las primeras noticias, él ya estaba subido a una máquina rumbo a un edificio colapsado, buscando entre escombros a gente que no conocía, arriesgando lo que tiene de único e irremplazable para salvar lo que otros también tienen de único e irremplazable. Ningún padre debería tener que enterarse, a través de una pantalla y a miles de kilómetros, de que su hijo está haciendo exactamente eso: metiéndose donde el sentido común aconseja no meterse, por vocación, por uniforme, por amor al oficio que escogió.

Lloro por la madre de mis hijos, que sintió ese día una angustia que yo no puedo ni imaginar del todo, porque ella estaba allí, con la tierra moviéndose de verdad bajo sus pies, no en un video ni en una noticia, sino en carne propia, mientras trataba de saber, casi al mismo tiempo, si sus hijos estaban bien, si su nieto estaba a salvo, si el que salió a trabajar en un carro de bomberos iba a volver. Esa angustia no se mide en escalas de magnitud ni en cifras oficiales. Se mide en los minutos eternos que pasan entre que uno pierde comunicación con los suyos y logra, finalmente, escuchar su voz otra vez.

Y lloro, sobre todo, por mi nietecito, porque el miedo de un niño frente a un terremoto no tiene nombre en ningún idioma. Un adulto puede, al menos, entender lo que está pasando, ponerle una explicación científica, un contexto, una placa de Nazca subduciéndose bajo otra placa. Un niño no tiene eso. Un niño solamente siente que el mundo, esa cosa que hasta ayer era estable y confiable, de repente deja de serlo, y no hay manera de explicarle eso sin asustarlo todavía más. Ojalá pueda, cuando lo vuelva a abrazar, decirle que ya pasó, que la tierra ya se quedó quieta, aunque yo mismo sepa que eso no es del todo cierto, porque las réplicas seguirán viniendo durante días.

Esa distancia que uno cree haber administrado bien, que uno cree haber convertido en costumbre, de repente se revela como lo que realmente es: una ausencia que no se cura con nostalgia sino con presencia, y que uno solamente nota en su verdadero tamaño cuando la gente que uno más ama tiembla y uno no puede correr a abrazarla. Porque eso es lo que uno quiere hacer cuando sabe que sus hijos, su nieto, su hermana, sus sobrinos están sintiendo pavor: correr. Correr hacia allá, aunque uno no sea ingeniero ni rescatista ni médico, aunque lo único que uno pudiera ofrecer sea estar, sostener una mano, cargar un balde de agua, acompañar el silencio de quien todavía tiene el susto metido en el cuerpo. Y cuando uno no puede correr porque el océano y la cordillera y miles de kilómetros se lo impiden, lo único que queda es esto: escribir, llorar, y confesar públicamente que el llanto llegó tarde, pero llegó con toda la fuerza que la distancia había estado conteniendo.

He visto, en estos días, imágenes que me han dolido de maneras distintas y complementarias. Vi manos, muchísimas manos, escarbando escombros sin ninguna herramienta más que la propia desesperación y el propio amor, y entre esas manos, lo sé, estuvieron las de mi hijo. Vi a gente que apenas tenía algo compartiéndolo con quien no tenía nada. Vi filas de voluntarios, vi camiones cargados de agua y mercado, vi médicos y paramédicos que llevaban dos días sin dormir y seguían atendiendo pacientes con la misma entrega del primer minuto. Esa es la Colombia que a mí me duele extrañar, la que uno lleva metida en el pecho como quien lleva una brasa que nunca termina de apagarse del todo.

Pero también vi, y esto lo confieso porque sería deshonesto omitirlo, la otra cara, la que más rabia me dio de todas: gente saqueando entre los escombros, aprovechando el desorden y el miedo para robarle a quien ya lo había perdido casi todo. Y ahí sí, ahí las lágrimas se volvieron distintas, se volvieron lágrimas de indignación, porque hay dolores que la naturaleza impone y que uno puede, con esfuerzo, aprender a sobrellevar, pero hay otros dolores que nos imponemos nosotros mismos, entre hermanos, y esos son los que de verdad deberían avergonzarnos como pueblo. Que alguien decida robarle a un vecino que acaba de quedar sin techo no es solamente un delito: es una herida adicional, una que se suma a la de la tierra, y que además la tierra no puede curar por más réplicas que disminuyan con el tiempo.

Y sin embargo, con todo y esa herida autoinfligida, sigo creyendo, con la misma fe con que un portero sigue creyendo que puede atajar el próximo balón aunque ya le hayan hecho tres goles, que la Colombia que ayuda es más grande que la Colombia que saquea. Lo he visto en la entrega de rescatistas como mi propio hijo, que entraron a estructuras que cualquiera con sentido común hubiera evitado. Lo he visto en esas manos que escarban escombros sin más herramienta que el amor por alguien que todavía puede estar vivo debajo del concreto.

Escribo esta crónica sin la pretensión de aportar cifras nuevas ni datos técnicos, porque de eso ya me he ocupado en otras entregas, y seguiré ocupándome porque es mi oficio y mi responsabilidad. Escribo esta, en cambio, para confesar algo que quizás muchos colombianos de la diáspora estén sintiendo en silencio: que el amor por la propia gente no se mide en kilómetros ni en años de ausencia, sino en la capacidad que tiene esa gente de seguir doliéndonos exactamente igual, o quizás más, cuando estamos lejos y no podemos hacer nada más que llorar y escribir.

Colombia, madre herida, sé que estas lágrimas no reconstruyen ninguna casa ni le devuelven la calma a un niño asustado. Pero son mías, son sinceras, y llegaron, aunque tarde, con la misma fuerza con que llega la tierra cuando finalmente decide moverse. Que estas líneas sirvan, al menos, para que sepan, allá en Cali, los míos, que desde la distancia también se llora, también se reza, y también se sigue creyendo que después de esta tragedia habrá, como siempre ha habido, una manera de volver a levantarse.

Porque un país, como un portero, puede recibir goles terribles y quedarse tendido en el pasto un instante. Pero se levanta. Siempre se levanta.

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