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Ser negro está de moda: una celebración de identidad y humanidad

Más que una tendencia pasajera, ser negro es una afirmación de identidad, dignidad y pertenencia. Este texto reflexiona sobre la visibilidad afrodescendiente, alejándose de la victimización para reivindicar la riqueza cultural, la belleza, la resiliencia y la condición humana compartida. Una invitación a reconocerse con orgullo y a celebrar la diversidad como expresión de vida.
Mayerly Solis

“Ser negro está de moda” es una frase que escucho de manera regular cuando hablo con un amigo y mentor muy cercano. A simple vista puede parecer una frase rutinaria como las narrativas sobre el té de macha, la tecnología, la salud y el fitness, el running, entre otros ejemplos. A decir verdad, la atención que se le ha proporcionado a nuestra etnia puede ser solo una nota de pie de página en la historia o, un cuarto de hora de fama.

Aunque yo prefiero darle un significado distinto: estar de moda es como tomar aire después de un largo periodo de tiempo de estar sumergido en el agua; así es, es respirar tras haber sido casi asfixiado por acusaciones de inferioridad, de esclavitud, discriminación e indiferencia.

Estar de moda, es ser reconocido, tener visibilidad en el mundo, y especialmente ser visible y reconocernos al ver nuestro reflejo en el espejo. Esto nada tiene que ver con delinear los bordes de las heridas y cicatrices de la historia negra. ¿Al fin de cuentas qué objeto tendría?, más allá de revictimizarnos, de reencarnar en ese vientre hostil del pasado.

Tampoco se trata de insinuarle al mundo que fuimos víctimas de una injusticia prolongada, y por tanto merecemos un trato diferencial con prebendas sociales o materiales. Pues justo ahí, repetimos nosotros mismo un ciclo de segregación, ahora con tintes de justicia social.

Reconocernos al ver nuestro reflejo en el espejo es tomar conciencia que experimentamos las mismas etapas evolutivas que cualquier otra persona; la espada que hiera a una persona de tez blanca también nos hiere a nosotros, el agua nos sacia la sed a todos, y la ilusión de conocer al amor de nuestras vidas, al igual que el sentimiento de triunfo y derrota, son experiencias que vivimos con la misma intensidad independientemente de nuestro tono de piel.

Desde esta mirada, el privilegio no siempre es reclamado por una estirpe o por la historia de antepasados, a veces transita en el talante de nuestra voz para hacernos escuchar, aun sin recurrir a las palabras. Ser negro encierra un tono de piel que en su multiplicidad besa el sol desde diferentes distancias, e incluso desde distintos ángulos. Es hablarle a ese sol con confianza porque llevamos puesto un vestido de melanina que nos hace más resistente a sus radiaciones UV. ¿Qué más le podemos pedir a la vida?

Llevamos una corona que puede funcionar como un sombrero que reduce la exposición al calor de nuestro cuero cabelludo; actúa como una especie de huella de la naturaleza, gracias a la textura de los rizos, aminora el impacto del calor. Y desde un toque de vanidad, el cabello afro tiene tantos caminos, matices y puntos ciegos, que un paraíso se nubla ante su presencia.

Aún así, lo dicho hasta ahora son solo nimiedades comparadas con nuestra capacidad de saturar el mundo de belleza: a través de las letras, de melodías ingeniosas, del ímpetu y fuerza de nuestro cuerpo, de la magia que aflora en nuestras manos. De hecho, convertimos lo cotidiano en un profundo deseo de superación, en el anhelo de despellejar una piel que grita esclavitud ante los ojos prejuiciosos de algunas personas. No se puede ignorar el racismo, pero ello no ha impedido que florezcamos en cualquier disciplina o camino que decidimos recorrer.


Entonces, ¿qué afán hay en recordarnos a través de nuestros discursos o el de los ajenos, que fuimos, que éramos o somos un trazo “negro” de una pintura que posiblemente se desvió de su objetivo? Somos la vida misma encaramada en los sueños que tuvimos de niños: ser grandes futbolistas, músicos, escritores, pintores y políticos. Adivinen qué: muchos lo han logrado.

De esta manera, quiero convertir la frase “ser negro está de moda” en una anáfora que influya en mi forma de verme, de sentirme y de entenderme. Claro está, no desde ese imaginario de segregación que nos impusieron en los libros de historia, sino en la unicidad que encarna mis ademanes, mis gestos, el grosor de mis labios, la forma de mi nariz y la tácita elocuencia del color de mis ojos. Todo ello desde una identidad que abrazo con toda mi fuerza, una identidad que permanece intacta, incluso si hubiera sido india, mestiza, blanca o indígena.


Con lo expuesto anteriormente, busco señalar que ser negro sabe a pueblo, a ciudad, a sierra, a mar, a costa: sabe a una liturgia de colores, sombras y luces que se asoman a la naturaleza de un cuerpo lleno de valentía. Así pues, no resulta nada extraño que el mes en el que celebramos la afrocolombianidad también nos celebremos nuestra condición humana en una sociedad en la que no deberíamos pasar de moda. Al fin de cuenta, somos la perfección hecha cuerpo y espíritu, capaz de trascender la apariencia y superarla, en antítesis a la idea de que somos menos en el mundo.

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