Argentina vive su identidad como un acto cotidiano y sagrado. No necesita decretos ni protocolos: la patria se cocina en la olla del locro, se comparte en la mesa de las empanadas y desciende con antorchas por la nieve de los Andes. Ese fervor, incomprensible y desbordado, es orgullo y amor que irrita y deslumbra a toda América.