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El insoportable milagro de ser argentino: pasión que nos desvela

Una crónica sobre el amor y el rechazo que despierta el patriotismo argentino: el respeto casi religioso a su bandera, el fervor con que defienden sus tradiciones y el reclamo histórico por las Malvinas como brasa que nunca se apaga. Un texto que explora por qué ese orgullo, tan capaz de irritarnos, esconde en el fondo la forma más honesta que ha encontrado un pueblo para no morir en el olvido.
Eleuterio Gómez codirector

Detrás del mito de la soberbia y del orgullo desmedido se esconde un misterio que no se deja atrapar por definiciones fáciles. La Argentina no necesita decretos para arrodillarse ante su bandera: la patria allí no es un concepto institucional, sino una religión carnal, telúrica y cotidiana. Mientras el resto de América Latina habita su geografía con resignación, en el sur se vive con un fervor que desconcierta y deslumbra.

Existe en el imaginario colectivo del continente un rencor latente, disfrazado de chiste o de estereotipo. Decimos, con fastidio y sorna, que odiamos a los argentinos. Nos resulta intolerable su paso firme, ese acento que parece esculpido para imponer condiciones, esa seguridad mística con la que caminan por el mundo como si fueran portadores de una verdad que a los demás nos ha sido vedada. Los llamamos creídos, soberbios, ególatras irredentos. Pero cuando se raspa la superficie de ese aborrecimiento, lo que emerge no es desprecio, sino desconcierto. Lo que nos perturba es que no logramos descifrar el misterio de su fuego. Y hoy, más que nunca, ese sentimiento se ha partido en dos: hay quienes los aman sin condiciones y quienes los detestan con la misma intensidad, sin que exista un punto medio posible. Nadie es tibio frente a un argentino.

¿Cómo puede un pueblo golpeado por crisis cíclicas, que ha visto desmoronarse sus promesas económicas una y otra vez, profesar un amor por su patria que no tiene parangón? Mientras en otras latitudes la identidad nacional es un traje incómodo que solo se viste en fechas escolares o cuando el fútbol regala una alegría efímera, el argentino habita su condición con una intensidad que roza lo sagrado.

La gran diferencia que separa a la Argentina de otras naciones radica en el origen de su celebración. En la mayoría de países, los días patrios son asuntos de la burocracia estatal: desfiles militares, discursos acartonados, banderas de plástico que se olvidan al día siguiente. En cambio, en Argentina la patria es un acto de soberanía popular que prescinde del Estado. El 25 de mayo o el 9 de julio no los enciende un presidente, sino el panadero, el taxista, el estudiante, la abuela de provincia. El país entero se detiene para mirarse al espejo de su historia.

Y esa bandera celeste y blanca, que muchos afuera reducen a un trapo de utilería futbolera, es en realidad un objeto de culto doméstico. No se iza por obligación: se acaricia, se besa antes de un partido, se cuelga del balcón sin que nadie lo ordene. El respeto a la bandera argentina no nace del manual cívico, sino de una intimidad casi religiosa con el símbolo, como si portara en su tela el aliento de los que ya no están.

Ese orgullo que tanto irrita es, en realidad, el caparazón de una fe inquebrantable. El argentino no ama a su patria porque sea perfecta o rica; la ama con el fervor desesperado de quien se aferra a lo único sagrado que le queda cuando todo lo demás —la moneda, las instituciones, las certezas del mañana— se ha disuelto en el aire.

Para entender la profundidad de este lazo basta con observar sus cocinas en las fechas patrias. En ningún otro rincón de América la gastronomía se vuelve sacramento identitario tan unánime. No se trata de exotismo turístico, sino de comunión doméstica. El aire de los barrios se satura con el aroma del locro hirviendo, el crujir de las empanadas criollas, el perfume dorado de los pastelitos de membrillo.

El locro no es solo alimento: es ritual de resistencia cultural. Su origen es prehispánico, su nombre proviene del quechua ruqru, y ya lo preparaban los incas antes de la llegada de los españoles. Luego absorbió carnes y técnicas europeas sin rendirse a ninguna. Es, en su barro y hervor lento, la historia completa del país: indígena, colonial, criollo, inmigrante, mestizo. Comerlo es tragar la memoria de los abuelos. Nadie hace comida de olla para uno solo: el gesto de compartir es su esencia. Esa coherencia, esa capacidad de unificar el paladar de millones bajo un mismo sabor ancestral, es una victoria cultural que las demás nacionalidades contemplamos con envidia silenciosa.

Quizás el testimonio más bello ocurre cuando la noche cae sobre las cumbres nevadas de la Cordillera de los Andes. Allí se celebra la tradicional «Bajada de Antorchas». Cientos de esquiadores descienden con antorchas encendidas, y la montaña parece sangrar fuego dorado. No hay consignas partidistas, solo el silencio sobrecogedor de la cordillera roto por un himno nacional cantado a voz en cuello.

En Bariloche, más de cuatrocientos esquiadores inauguran la Fiesta Nacional de la Nieve con ese descenso luminoso. En Chapelco, miles de personas suben en telecabina para presenciarlo mientras la Banda Militar toca en la nieve y se reparte chocolate caliente. En Tierra del Fuego, el Cerro Castor celebra el 9 de julio con música, degustaciones y espectáculos artísticos. No lo organiza el gobierno para la foto: lo espera la gente, lo exige la tradición, lo sostiene la comunidad. Ver ese río de fuego descender por la misma cordillera que San Martín cruzó es entender que la patria es piedra, nieve y fuego heredado.

Y hay una herida que no cicatriza y que, lejos de debilitar ese amor, lo afila: las Malvinas. No hay generación argentina que no cargue, de un modo u otro, ese reclamo como una brasa heredada. No es discurso de cancillería ni retórica de aniversario: es una espina clavada en la identidad colectiva, que se transmite en la escuela, en la mesa familiar, en el silencio respetuoso frente a un veterano. Reclamar esas islas no es un capricho territorial, es la prueba máxima de que para el argentino la patria no admite renuncias, ni siquiera cuando el tiempo y la distancia parecen darle la razón al olvido.

Por eso los odiamos. Porque nos confrontan con nuestras carencias. Nos duele aceptar que nuestras nacionalidades suelen ser tibias, fragmentadas, carentes de mitología compartida. Nos da rabia que, mientras nosotros miramos con sumisión hacia las metrópolis del norte, un argentino en cualquier rincón del exilio levanta un mate como si levantara un cetro real.

Su orgullo no es desprecio al otro; es certidumbre absoluta de poseer una identidad que ninguna crisis ha podido devaluar. Se creen los mejores porque, en el territorio de la pasión, nadie los supera. Mientras el resto del mundo aprende a ser nacional por geografía, ellos nacen argentinos por gracia divina, y celebran ese milagro con poesía carnal que nos deslumbra, nos irrita y nos obliga a admitir que ese insoportable orgullo es, en verdad, la forma más hermosa que ha encontrado un pueblo para no morir en el olvido.

Confesémoslo: hay en el resto de América Latina una incomodidad visceral frente al argentino. Lo llamamos agrandado, decimos que habla demasiado, que ama demasiado. Y ahí está la clave: los odiamos porque ama demasiado. Y nosotros olvidamos cómo hacerlo. Pero también hay, cada vez más, quienes ya no disimulan la admiración: los que dejaron de odiarlos para empezar a imitarlos, a envidiar en voz alta esa manera de plantarse ante el mundo sin pedir permiso.

El argentino no venera su patria desde lejos. La mete en la olla, la amasa con las manos, la baja por una montaña nevada con una antorcha encendida. El 25 de mayo no se enseña solo en la escuela: se cocina en casa. La señora que amasa ochenta empanadas para su club, el padre que enseña la receta del locro a su hija, los amigos que se juntan a hacer guiso y brindar. Las mesas largas, los tuppers que van y nunca vuelven, los fuegos encendidos desde temprano. Es cultura viva, que respira sola.

El 10 de noviembre se celebra el Día de la Tradición en honor a José Hernández y su Martín Fierro. El primero de agosto, en el norte, el Día de la Pachamama con ofrendas a la Madre Tierra. En Gualeguaychú, el candombe de seiscientas antorchas. En Neuquén, las fiestas del locro que se consolidan año a año. No hay campaña oficial que lo produzca: es el pueblo quien lo sostiene.

Los odiamos porque cuando un argentino dice «mi país» lo dice como quien dice «mi casa». Porque nos recuerda que nuestras fechas patrias se llenaron de protocolo y se vaciaron de pueblo. Porque celebra la patria a pesar del Estado, en medio de crisis y devaluaciones, y porque reclama lo suyo —una isla, un pedazo de mar— aunque el mundo entero le diga que ya es tarde. Y aun así, el 25 de mayo hay locro en el fuego, hay empanadas en la mesa, hay alguien que bajó una montaña con una antorcha encendida solo porque ese gesto le parece la forma más honesta de decir: acá estamos, esto somos.

Eso no es soberbia. Eso es amor. Y si duele mirarlo de afuera, quizás el problema no es el argentino que ama demasiado, sino que a nosotros nos enseñaron mal a amar. Ellos, torpes, orgullosos, exasperantes y entrañables, siguieron amando igual. Y en ese insoportable milagro de ser argentino, nos obligan a recordar que la patria no es un decreto ni un desfile: es una bandera que se besa, un mar que se reclama sin descanso, un fuego que se comparte, una mesa que se abre, una montaña que arde en la noche para que nadie olvide que todavía hay pueblos capaces de convertir la identidad en poesía.

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