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La Caja de Resonancia: la libertad también se defiende en las urnas

En esta entrega de La Caja de Resonancia, Mercurio reflexiona sobre la importancia de participar en las próximas elecciones presidenciales. Más allá de candidatos o partidos, hace un llamado a derrotar la abstención y ejercer el voto como una herramienta de defensa de la libertad, la democracia y las instituciones, frente a tendencias políticas que podrían debilitar la autonomía de los ciudadanos.

En esta nueva entrega de La Caja de Resonancia quiero compartir una reflexión breve, pero profundamente importante, sobre las elecciones presidenciales que se aproximan. No escribiré para pedir el voto por determinado candidato ni para descalificar a otro. Ese no es el propósito de estas líneas. Mi invitación es más sencilla y, a la vez, más trascendental: salir a votar.

Nuestra patria se encuentra ante una encrucijada histórica. Como ha ocurrido tantas veces en el pasado, los ciudadanos seremos llamados a decidir el rumbo político, económico y social de la nación para los próximos años. Y aunque las campañas, las encuestas y los debates suelen concentrar toda la atención mediática, existe una amenaza silenciosa que pocas veces recibe el análisis que merece: la indiferencia ciudadana.

La abstención es probablemente una de las formas más peligrosas de renunciar a la responsabilidad democrática. Muchos ciudadanos, cansados de promesas incumplidas, decepcionados de la política o convencidos de que su voto no cambiará nada, optan por quedarse en casa el día de las elecciones. Sin embargo, la historia demuestra que cuando los hombres y mujeres de bien abandonan la plaza pública, otros ocupan inevitablemente ese espacio.

No votar nunca ha sido un acto de rebeldía. En la práctica, termina siendo una cesión voluntaria de poder. Quien no participa permite que otros decidan por él, por su familia y por las generaciones futuras.

Las libertades que disfrutamos hoy no fueron un regalo de los gobiernos. Fueron conquistas alcanzadas mediante largos procesos históricos, sacrificios colectivos y la firme convicción de que cada individuo posee derechos que ningún poder debería vulnerar. La libertad de expresión, la libertad económica, la libertad religiosa, la libertad de asociación y el derecho a elegir a nuestros gobernantes constituyen pilares fundamentales de toda sociedad verdaderamente democrática.

Precisamente por ello considero que estas elecciones tienen una importancia especial.

Más allá de los nombres propios, de las simpatías personales o de las estrategias de campaña, lo que realmente está en discusión es una determinada concepción de la sociedad y del papel que debe desempeñar el Estado frente al ciudadano.
Observamos en numerosos países una creciente tendencia hacia modelos políticos que presentan soluciones fáciles para problemas complejos, que prometen beneficios inmediatos sin explicar sus costos futuros y que suelen concentrar cada vez más facultades en el aparato estatal. Son corrientes que con frecuencia apelan a las emociones, al resentimiento o a la división social como herramientas de movilización política.

Muchos identifican esta tendencia con distintas expresiones del progresismo populista. Más allá de las etiquetas ideológicas, lo cierto es que toda propuesta política debe ser examinada con una pregunta esencial: ¿fortalece la libertad del individuo o aumenta su dependencia del poder?

Cuando el ciudadano deja de ser protagonista de su propio destino para convertirse en un sujeto permanentemente dependiente de las decisiones gubernamentales, la libertad comienza a erosionarse, a veces de manera casi imperceptible.

La historia universal ofrece suficientes ejemplos para comprender esta realidad. Ninguna sociedad perdió sus libertades de un día para otro. Generalmente ocurrió de forma gradual, mediante pequeñas renuncias justificadas por nobles intenciones, promesas de seguridad o aparentes soluciones milagrosas. Lo preocupante es que, una vez cedidos ciertos espacios de libertad, recuperarlos suele ser mucho más difícil.

Por eso el voto adquiere una dimensión que va mucho más allá de una simple preferencia electoral. Votar es asumir una responsabilidad con la República. Es participar activamente en la defensa de las instituciones democráticas. Es recordar que la soberanía reside en los ciudadanos y no en quienes circunstancialmente ejercen el poder.

No se trata de votar movidos por el miedo ni por la pasión partidista. Se trata de votar con conciencia, con información y con sentido de responsabilidad.

Cada ciudadano deberá analizar propuestas, examinar trayectorias, evaluar resultados y decidir conforme a sus principios y convicciones. Esa es precisamente la grandeza de la democracia: permitir que cada persona ejerza libremente su criterio.
Lo que no podemos permitirnos es la indiferencia.

Las naciones no se construyen únicamente desde los gobiernos. Se construyen, sobre todo, desde la participación activa de sus ciudadanos. Las democracias fuertes no son aquellas donde todos piensan igual, sino aquellas donde la mayoría entiende que involucrarse es un deber y no una opción circunstancial.

Por ello, desde esta tribuna de opinión, mi llamado es claro: salgamos a votar.

No por obediencia a un partido. No por fanatismo. No por presión de nadie.

Votemos porque creemos en la libertad.

Votemos porque creemos en la democracia.

Votemos porque el futuro de nuestra patria merece algo mejor que la apatía.

Y votemos porque, cuando llegue el momento de mirar hacia atrás, podamos decir que cumplimos con nuestro deber ciudadano y que no fuimos espectadores pasivos mientras otros decidían el destino de la nación.

Las elecciones pasarán. Los gobiernos cambiarán. Los discursos quedarán atrás.

Pero la libertad seguirá necesitando defensores.

Y el primero de esos actos de defensa comienza con algo tan sencillo como acudir a las urnas.

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