Hola paisanos, ¿cómo están pues? Mi nombre es Benicio, un salamineño de raca mandaca que un día vivió en este bello terruño y que desde el más allá, ante tanto desorden, desgreño, criticadera y falta de sentido común, decidió regresar por acá por un rato a ver si recordamos de a poquito que lo bueno, lo bonito y lo importante produce más para nuestra bella comarca que el despelleje diario a nuestros vecinos, amigos y paisanos.
Sí, nací por acá a principios del siglo XX, de familia de arrieros conservadores hasta orinar azul, me recorrí estas montañas verdes a lomo de mula y a pie, sembré la tierra y arraigué la familia al terruño, me gustaron mucho las mujeres y el aguardientico, y a ver si pasábamos bueno en esas calles de Toriles los fines de semana. Viví en el Alto barrio de calle larga y plana que se proyecta al horizonte y al atardecer; ah, fotos pispas que han sacado de esa calle de Dios donde vendí petróleo hasta que un día el Creador me llamó. Me fui tranquilo porque dejé una familia grande y muchos hijos por ahí regados, dicen, jajajaja, pero es que paisanos, eran otros tiempos en los cuales la abundancia de la familia era la riqueza de un hombre y la tierrita necesitaba manos y más manos para producir platica. Pero saben una cosa: antes de sentarme a jugar dados, donde gané y perdí casas, antes del traguito y la parranda después de duras semanas de labor, primero llegaba el mercadito a la casa, abundante, completo y para tirar pal techo; porque un hombre que no pone la familia por encima de todo no es un hombre, es una bestia, y los valores que fueron depositados en este lugar de Dios desde que éramos unas criaturas nos enseñaron a respetar eso, lo más básico de la comunidad: la convivencia y el respeto por los otros.
Ese soy yo, y acá estaré todos los jueves para contarles, de a poquitos, historias del pasado y el presente que nos recuerden que lo bueno también suma, y que nuestro Salamina tiene cosas tan importantes y tan valiosas de su historia y su actualidad que merecen ser contadas y resaltadas. Espero podamos tocar un poco su memoria y sus corazones, y construyamos juntos, desde estas líneas, otro tipo de crítica: la crítica a tanto criticón, jajajaja.
Pero pónganle cuidado, patrones, que nosotros tenemos un corregimiento allá en la alta montaña, en el páramo donde hace tanto frío. Eaaaveeee, sí hace frío en San Félix, un poblado muy pispo, muy bonito, hombe, de casas construidas en madera, disque tabla parada, para dar más calorcito al interior, techos en madera y teja de barro. Oiga, bonito eso, parece un pesebre; gente bonita, de cachetes colorados y enruanados a veces. Bueno, allá se gestó en el siglo pasado una cultura que movió la economía de todo este bello Salamina: la papa por toneladas y camionados desfilaba por la calle real y salía para la capital, y por lo tanto también la plata por toneladas volvía al municipio. También la leche, por garrafas, por baldados, por porronados; eso era, como quien dice, el paraíso de leche y miel que nuestro Señor menciona en las escrituras, qué cosa tan hermosa. Pero, luego de tantos años y tanta abundancia, llegó una plaga maluca de violencia en la cual no nos vamos a detener, y echó a pique todo ese abundante festín que nos enorgullecía pero que ni sabíamos que existía ni valorábamos; porque sencillamente las cosas se normalizan y se vuelven casi un paisaje ante nuestros ojos.
Y ahí llega lo bonito. Resulta que las cosas que nos hicieron grandes, o importantes, o sobresalir, se vuelven con el tiempo y la repetición una cosa loca llamada «tradición», y cuando las cosas se vuelven tradición, mis paisanos, ahí es donde cobran más valor. Hoy San Félix, aunque siempre han existido, tiene los más bonitos paisajes con sus palmas de cera; tiene unos cultivos de papa que aunque siempre han existido ahora causan curiosidad y se valoran por otro tema que llaman disque «arraigo»; y su industria lechera, lejos de ser números y estadísticas, ahora es la tradición de una raza doble propósito, y yo diría triple, porque produce carne, leche y amor, jajajajaja. Estamos locos, paisano, dirá usted, pero no. Hoy, después de muchas décadas, desde mediados del siglo XX, la raza Normanda de ganado es el sello de una cultura, una tradición y un amor desbordado por lo que antes solo producía plata y ahora produce mucho más que eso, mucho más que eso.
Y ya que estamos en esas, dejen les cuento un poquito más de esa vaca pinta, colorada y blanca, que llegó de tan lejos a quedarse tan adentro de nuestra gente. El Normando viene de la región de Normandía, en Francia, y llegó a estas montañas caldenses hace ya más de setenta años, traído por ganaderos que buscaban una raza que no solo diera leche, sino que aguantara el clima frío y ondulado del páramo, que caminara esas laderas empinadas sin quejarse y que además dejara buena carne cuando tocara. Y así fue como esa vaca francesa, sin saberlo, se volvió más sanfeleña que muchos de nosotros; se adaptó a la neblina, a los potreros verdes esmeralda, a los caminos destapados, y se acomodó tan bien que hoy uno no se imagina esas veredas sin el mugido de un Normando anunciando la madrugada. Los ganaderos de allá cuentan, y no me van a dejar mentir, que criar Normando no es solo un negocio, es casi un asunto de familia: se hereda el gusto por la raza de padres a hijos, se pelean por el mejor ejemplar en las ferias, se emocionan con un ternero recién nacido como si fuera un nieto, y hasta le ponen nombre a cada vaca, porque para ellos esas no son bestias, son parte de la casa.
El domingo pasado, precisamente, se rindió tributo a esa tradición con la feria exposición de este bello arte ganadero. Llegaron ganaderías de muchas partes, gente por costalados, y plata, sí señores, plata para el pueblito, porque como decían mis antepasados, «detrás del enfermo come el aliviado». Lo que antes solo era utilitario, producir lechita pa tomar en la casita, ahora es mucho más que eso: la belleza de esas vacas, terneros y toros que parecen de otro planeta; el análisis que hacen de la raza y su pureza; el intercambio de ejemplares a otros lugares del país para mejorar la genética; los comerciantes vendiendo sus cositas alrededor de esto, la comida, las artesanías, los hoteles, las tiendas. Todo se dinamiza en torno a lo que antes solo era un desfile de bestias por las calles rumbo al matadero o a la ordeña; ahora es una cultura que merece ser resaltada, un motivo de orgullo que reúne a varias generaciones alrededor de un corral, y una vitrina que le muestra al resto del país que en las montañas frías de Caldas también se cría con juicio y con cariño.
Todo para finalizar diciendo que eso es lo de ahora. Antes jornaleábamos sin descanso, y al final de la semana la fiesta y el guaro para aliviar el cansancio; ahora no solo es jornalear, o por lo menos no debería serlo, sino hacerlo tan bien que los que afuera están quieran venir a ver cómo lo hacemos, y por ahí derecho nos dejen una platica y multipliquen nuestro nombre por el mundo. Ahí les quedo pues, mis amigos, porque hablar de lo bueno también es una manera de cambiar las cosas. Nos leemos la próxima semana “Desde el Alto” y continuamos con este cuento. Adiós pues, paisanos.