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Doscientos años de vida municipal: la historia que no cabe en una sola fecha

El 8 de junio de 1825 Santander firmó el decreto, pero Salamina como pueblo, con calles y plaza, nació dos años después en Encimadas. Un recorrido por el litigio de tierras y los colonos que en 1827 convirtieron un papel oficial en un municipio de verdad.

Cada 8 de junio, Salamina celebra su cumpleaños con la tranquilidad de quien tiene la fecha resuelta desde hace generaciones. Hay una placa, hay un acto protocolario, hay incluso una fuente de bronce en el parque Bolívar que año tras año recuerda el gesto de Santander firmando un papel en 1825. Y sin embargo, quien se tome el trabajo de rastrear los archivos —las cartas de Aranzazu, los informes de los comandantes de armas, las páginas amarillentas de Manuel Uribe Ángel— descubre que esa fecha, tan cómoda y tan repetida, apenas cuenta la mitad de la historia. La otra mitad, la que de verdad explica cómo un decreto se convirtió en un pueblo con calles, plaza e iglesia, ocurrió dos años después, en 1827, en una colina llamada Encimadas donde todavía hoy nos levantamos cada mañana.

Empecemos por el principio, que como casi siempre en estas historias de colonización antioqueña, empieza mucho antes de lo que uno cree. En 1817, un vecino de nombre Manuel Antonio Jaramillo Ruiz caminó estas tierras y les puso nombre: Sabanalarga, dijo, por la explanada de regular extensión que se abría ante sus ojos. Fue apenas una intuición, la de un hombre que soñaba con fundar población en ese punto exacto del mapa, pero esa intuición tardaría ocho años en convertirse en papel oficial y otros diez en convertirse en pueblo de verdad. Entre el sueño de Jaramillo y la Salamina que hoy conocemos median, entonces, no dos años sino toda una década de disputas, mediciones, cartas cruzadas y roza de montaña.

El primer paso serio hacia la fundación llegó a finales de 1824, cuando Juan de Dios Aranzazu logró que le refrendaran los títulos de unas tierras heredadas de su padre, José María Aranzazu, y envió a su apoderado, José Ignacio Gutiérrez, a tomar posesión jurídica de ellas. El problema —y aquí aparece el primer nudo de una historia que estará llena de nudos parecidos— es que esas tierras ya tenían dueño en la práctica, aunque no en el papel: cientos de colonos habían abierto monte, sembrado y construido rancho antes de que llegara ningún título notarial a reclamarlas. La propiedad alegada por decreto y la posesión ganada a punta de hacha eran, desde el primer día, dos cosas distintas, y esa tensión acompañaría a Salamina durante más de dos décadas.

En marzo de 1825, Francisco Urdaneta y Rivadavia, comandante de armas de Antioquia, presentó en Medellín un informe favorable sobre la conveniencia de fundar una población en Sabanalarga, dentro del cantón de Rionegro. Habló de fertilidad, de vías de comunicación, de la gente dispuesta a poblar, y sugirió incluso que se nombrara un director con la categoría de juez poblador. Tres meses después, el trámite culminó: la Intendencia actuó a comienzos de junio y el Poder Ejecutivo dio su visto bueno el día 8, con la firma de Francisco de Paula Santander al pie del documento. Ahí nació, jurídicamente, la parroquia de Salamina. Hay quien defiende que la fecha exacta de promulgación fue dos días después, el 10 de junio, cuando el intendente Enrique Umaña expidió formalmente el título; probablemente ambas fechas son correctas y simplemente describen momentos distintos de un mismo trámite burocrático, la decisión y su expedición formal. Para efectos prácticos, el Estado colombiano se quedó con el 8 de junio, y con esa fecha seguiremos contando nuestra historia, aunque valga la pena saber que detrás de ella hay más matices de los que caben en una placa conmemorativa.

Lo que casi nunca se cuenta es lo que decía ese decreto además de crear el nombre. No se limitaba a bautizar un pueblo: ordenaba a María Antonia González y al propio Juan de Dios Aranzazu repartir tierras entre los nuevos pobladores, estimular su asentamiento y levantar cuanto antes iglesia, casa cural y cárcel, además de garantizar el sostenimiento del párroco. Es decir, el papel de 1825 no fundó un pueblo: fundó la obligación de construirlo. Y esa obligación, como toda obligación que depende de la buena voluntad de terceros con intereses cruzados, tardó en cumplirse.

Durante 1825 y buena parte de 1826, Salamina existió sobre todo en los expedientes. El conflicto de tierras con los habitantes de Arma y con los colonos ya establecidos complicó cualquier intento de organización territorial seria, y el gobierno tuvo que intervenir directamente para poner orden. En abril de 1826 comisionó a Narciso Estrada y a Fermín López —este último, uno de esos nombres que después aparecerán en todas las actas fundacionales de la región— para que midieran las tierras baldías del nuevo distrito, determinaran qué terrenos tenían dueño real, fijaran linderos y levantaran un plano. El oficio que ordenaba esa tarea llegó a Salamina el 17 de mayo de 1826, casi un año después del decreto de Santander, prueba de que la fundación jurídica no había resuelto absolutamente nada sobre el terreno.

El conflicto, lejos de apaciguarse, se recrudeció ese mismo año. Entre agosto y octubre de 1826, la correspondencia que Juan de Dios Aranzazu sostuvo con Rufino Cuervo deja ver a un hombre preocupado, casi acosado, por los reclamos de los habitantes de Arma y por la disputa sobre extensiones de tierra que llegaban hasta los ríos Pozo y Chinchiná. No se trataba de un pleito menor entre vecinos: estaba en juego quién podía llamarse dueño legítimo de un territorio sobre el que avanzaba, imparable, la colonización antioqueña.

Y entonces llegó 1827, el año que de verdad convirtió a Salamina en pueblo. La versión que ha llegado hasta nosotros a través de Manuel Uribe Ángel, quien escribió sobre esto en 1885, cuenta que José Ignacio Gutiérrez había establecido inicialmente la fundación en Sabanalarga, pero que pronto se consideró más conveniente el sitio de Encimadas —la colina donde hoy seguimos viviendo— y hacia allá se trasladó el naciente poblado. Uribe Ángel añade un detalle que a mí, lo confieso, siempre me ha parecido el verdadero corazón de esta historia: ese año, los primeros vecinos hicieron la primera rocería en comunidad. No hablamos de un simple desmonte. Investigaciones más recientes, como las de Jorge Enrique Esguerra Leongómez, interpretan esa roza colectiva como algo más profundo: un cultivo comunitario destinado a alimentar a quienes, al mismo tiempo, trazaban la plaza, abrían las calles y levantaban las primeras casas. Fue, en otras palabras, el primer acto de trabajo colectivo de una comunidad que todavía no tenía ni templo ni cárcel ni casa cural, pero que ya sabía sembrar junta para sostener la fundación de su propio pueblo.

El historiador Albeiro Valencia Llano resume este asunto con una claridad que vale la pena repetir: más allá de la discusión sobre dónde exactamente quedaba Sabanalarga, la repartición de solares, la construcción de las primeras casas y la roza comunitaria ocurrieron en 1827. El decreto es de 1825, sí, pero el pueblo —el pueblo de verdad, con calles trazadas y vecinos organizados— nació dos años después, por obra y gracia de los propios colonos y no de ningún despacho lejano en Bogotá.

Hay, claro, una controversia que ningún cronista honesto puede ignorar. El padre Guillermo Duque Botero sostuvo que quizás nunca hubo una verdadera traslación entre dos sitios distantes, porque el nombre Sabanalarga bien podría haber designado la misma región donde hoy está Salamina. Esguerra Leongómez, en cambio, defiende que Sabanalarga y Encimadas fueron lugares distintos, y se apoya para ello en un mapa de 1832 donde ambos aparecen claramente diferenciados. No tengo la pretensión de zanjar aquí una discusión que sigue abierta entre historiadores serios, pero sí me atrevo a quedarme con la versión que recoge el propio Plan Básico de Ordenamiento Territorial del municipio, y que la Gobernación de Caldas confirma en sus registros oficiales: fundación en Sabanalarga en 1825, traslado a Encimadas en 1827, municipio desde ese mismo año.

El litigio de tierras, para cerrar el capítulo legal de esta historia, tardaría todavía un cuarto de siglo en resolverse: solo en 1853 la disputa con la Concesión Aranzazu se falló definitivamente a favor de los colonos de Salamina, que para entonces ya llevaban dos generaciones construyendo sobre un suelo cuya propiedad seguía en entredicho. Y en 1831, apenas cuatro años después del traslado a Encimadas, el pueblo recién asentado ya era capital de la provincia del sur del Estado Soberano de Antioquia, convertido en matriz de la colonización que más tarde daría origen a Neira, Aranzazu, Filadelfia, Pensilvania y, más al sur, a la propia Manizales.

Falta un nombre en esta cronología, y es uno que a mí me toca de cerca. Cuando el pueblo empezó a organizarse civilmente en Encimadas, la primera autoridad judicial y administrativa del naciente distrito no fue un alcalde en el sentido que hoy le damos a la palabra, sino un juez parroquial, figura prevista por la legislación de la Gran Colombia para gobernar los nuevos distritos. Ese cargo, según fuentes locales, lo ejerció en 1827 José Nicolás Gómez Zuluaga, uno de los fundadores del pueblo y miembro de ese núcleo colonizador que abrió camino hacia el sur.

Administraba justicia menor, velaba por el orden público, coordinaba junto a otros vecinos las obras comunales —entre ellas, seguramente, aquella rocería fundacional— y con su figura se cerraba el círculo que había empezado Santander en su despacho de Bogotá: el papel se volvía autoridad viva, el decreto se volvía gobierno local. Que ese apellido sea también el mío, el de la estirpe Gómez que echó raíces en esta misma tierra, no cambia un solo dato de la historia que acabo de contar, pero sí explica por qué la escribo con el cuidado de quien no está narrando un episodio ajeno, sino reconstruyendo, letra por letra, la memoria de su propia gente.

Así que cuando en 2027 se cumplan doscientos años de aquella traslación a Encimadas, de aquella primera roza comunitaria y de aquel primer juez que impartió justicia entre montañas recién desmontadas, valdrá la pena recordar que Salamina no nació de un plumazo el 8 de junio de 1825. Nació, como nacen casi todos los pueblos de verdad, del trabajo terco de gente que prefirió una colina a otra, que midió tierras disputadas, que sembró en comunidad antes de tener iglesia, y que solo dos años después de un decreto firmado a cientos de kilómetros de distancia, pudo finalmente decir que tenía pueblo propio donde vivir.

Cronología documentada: 1825–1827

Nota metodológica

Esta cronología fue elaborada a partir del cruce de fuentes historiográficas sobre la fundación de Salamina, en particular los trabajos del historiador Albeiro Valencia Llano, del historiador Guillermo Duque Botero, del historiador Manuel Uribe Ángel y del historiador Jorge Enrique Esguerra Leongómez. Donde estas fuentes coinciden, se presenta el dato como establecido; donde difieren —como ocurre con las fechas exactas de junio de 1825 o con la interpretación del traslado de Sabanalarga a Encimadas—, se señalan las distintas versiones sin pretender zanjar de manera definitiva un debate que sigue abierto entre historiadores.

1. Finales de 1824: el antecedente inmediato. Juan de Dios Aranzazu obtuvo la refrendación de los títulos de las tierras que provenían de la antigua concesión otorgada a su padre, José María Aranzazu. Su apoderado, José Ignacio Gutiérrez, realizó una toma de posesión jurídica de los terrenos. Pero las fuentes dejan claro que en ellos ya había colonos establecidos, con labranzas y ocupación material del territorio. Ahí aparece uno de los conflictos que acompañará el nacimiento de Salamina: una cosa era la propiedad alegada mediante títulos y otra la posesión efectiva de quienes habían abierto monte y cultivado esas tierras.

2. 23 de marzo de 1825: informe favorable para crear la población. Francisco Urdaneta y Rivadavia, comandante de Armas de Antioquia, presentó en Medellín un informe sobre la conveniencia de establecer una población en Sabanalarga, cantón de Rionegro. Señaló condiciones de ubicación, fertilidad, comunicación y disponibilidad de pobladores, y planteó incluso la necesidad de designar un director con carácter de Juez Poblador.

3. Junio de 1825: nace jurídicamente Salamina. Aquí encontré una pequeña pero importante diferencia documental. La reconstrucción basada en Guillermo Duque Botero señala que la Intendencia actuó el 4 de junio y que el Poder Ejecutivo aprobó la decisión el 8 de junio de 1825, con la rúbrica de Francisco de Paula Santander. Esa es la fecha que quedó consagrada oficialmente como aniversario de fundación y que el propio Congreso colombiano utilizó para el Bicentenario de 2025.

Sin embargo, el historiador Albeiro Valencia Llano, también apoyándose en Duque Botero, señala el 10 de junio de 1825 como fecha de promulgación del título de parroquia por el intendente Enrique Umaña. Esto no necesariamente significa que una de las fechas sea falsa: parece corresponder a distintos momentos del trámite administrativo —decisión, aprobación ejecutiva y expedición/promulgación del título—. Para efectos oficiales, el 8 de junio de 1825 es la fecha de fundación reconocida por el Estado colombiano.

4. El decreto no se limitaba a ponerle nombre al pueblo. El título establecía la Parroquia de Salamina, señalaba sus límites y ordenaba a María Antonia González y a Juan de Dios Aranzazu repartir terrenos ofrecidos a los nuevos pobladores, estimular su establecimiento y procurar cuanto antes la construcción de iglesia, casa cural y cárcel, además de garantizar el sostenimiento del párroco. Es decir, el acto de 1825 creó jurídicamente una comunidad que todavía debía convertirse físicamente en pueblo.

5. 1825–1826: Salamina existe en los papeles, pero el poblamiento organizado todavía está en construcción. El problema de tierras con habitantes de Arma y con colonos establecidos complicó el proceso. Las investigaciones de Valencia muestran que había cientos de personas abriendo montañas en la región y que la fundación jurídica no resolvió automáticamente ni la propiedad ni la organización territorial.

6. 29 de abril–17 de mayo de 1826: aparece Fermín López en una actuación oficial decisiva. El gobierno dispuso que Narciso Estrada y Fermín López procedieran a medir las tierras baldías dentro del distrito de la nueva parroquia. Debían establecer qué terrenos eran realmente baldíos, quién tenía casas o labranzas, fijar linderos y elaborar un plano topográfico. El oficio de Medellín dirigido a Salamina está fechado el 17 de mayo de 1826. Esto demuestra que un año después del decreto todavía se estaba organizando materialmente el territorio.

7. Agosto–octubre de 1826: el conflicto por las tierras se recrudece. La correspondencia de Juan de Dios Aranzazu con Rufino Cuervo muestra su preocupación por los reclamos de los habitantes de Arma y por la disputa sobre territorios que llegaban hacia los ríos Pozo y Chinchiná. No era una discusión menor: estaba en juego quién podía considerarse propietario de enormes extensiones sobre las que avanzaba la colonización.

8. 1827: Encimadas y la llamada “traslación”. La versión clásica procede de Manuel Uribe Ángel, quien escribió en 1885 que José Ignacio Gutiérrez había establecido inicialmente la fundación en Sabanalarga, pero que después se consideró mejor el sitio de Encimadas, donde hoy se encuentra Salamina, y allí fue trasladada. Uribe Ángel añade un dato particularmente importante: en 1827 los primeros vecinos realizaron la primera rocería en comunidad.

9. Mediados de 1827: empieza a aparecer físicamente el pueblo. Investigaciones más recientes de Jorge Enrique Esguerra Leongómez interpretan aquella “roza en comunidad” como algo mucho más importante que limpiar un terreno: era un cultivo colectivo destinado a alimentar a quienes estaban trabajando simultáneamente en el trazado de la plaza, las calles y las primeras construcciones. Esguerra ubica ese proceso a mediados de 1827 en Encimadas.

10. 1827: la fundación jurídica de 1825 se convierte en núcleo urbano organizado. Albeiro Valencia llega a una conclusión muy útil para nuestra investigación: independientemente de la discusión sobre la localización exacta de Sabanalarga, la repartición de solares, la construcción de casas y la roza comunitaria se realizan en 1827. En sus palabras, el decreto es de 1825, pero la construcción organizada del pueblo ocurre en 1827 por acción de los propios colonos.

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