De manera imprecisa he escuchado que escribir, como cualquier otro oficio que requiera de invención y creatividad, ayuda a paliar los males de la mente, esas condiciones que, en términos psicológicos y psiquiátricos, hacen referencia a trastornos como la depresión, la ansiedad, el estrés, entre otros. Me sentiría muy afortunada de poder escribir, si no fuera porque he conocido de grandes escritores que han muerto a mano de su propio dolor y sufrimiento. Para muestra, un botón: están Alejandra Pizarnik y Virginia Woolf.
Si me dejo de llevar por esos ejemplos, sin hacer un análisis profundo de sus historias de vida, podría deducir que la escritura, en realidad, no permite que escapes de ti mismo, independientemente de cuánto éxito y reconocimiento tengas o de qué tan bien puedas sentirte mientras lo haces
Sería ingenuo pensar, además, que el “milagro” proviene del consumo no mesurado de alcohol y drogas ilícitas, de la promiscuidad sexual, del uso de redes sociales (scrolling interminable a través de la pantalla), de las apuestas, de la acumulación de objetos materiales y dinero, entre otros hábitos hedonistas que el mundo nos quiere vender como prioridad.
En esta ocasión, los males de la mente pueden acotarse a esa inquietud interna e incomodidad con uno mismo y con el propio cuerpo, no tanto en un plano material como en uno espiritual. Se trata de sentirnos ajenos a nosotros mismos. Es, en el fondo, desde un punto de vista psicológico, una manera de despersonalización.
Esa sensación tiene la naturaleza de un cambiaformas: es capaz de transformarse, a veces, en aquello que más temes, justo cuando la soledad se descuelga sobre el pecho y el silencio parece hacer apología de la tristeza.
Otras veces, la celebras. Le das la bienvenida a tu hogar, le sirves un café y la invitas a quedarse. Incluso, la animas a acompañarte en la cama, como si su presencia, lejos de lastimarte, fuera un trago amargo al cual te acostumbraste. Yo lo llamaría resignación.
A estas alturas, pueden pasar varias cosas con ustedes. En primer lugar, podrían sentirse identificados o, por el contrario, no conectar con estas palabras, en la medida en que no lo han vivido. Quizás algunos se cuestionen por qué alguien convocaría a ese mal de la mente como compañía.
Mi respuesta más inmediata es que, como seres humanos, nos acostumbramos a todo; y eso, evidentemente, incluye lo malo.
Sin embargo, una respuesta más elaborada sería que esa costumbre actúa como gotas de agua que, a largo plazo, caen de manera perseverante sobre una piedra que, por más impenetrable que parezca, termina por herirse.
¿Es lógico reclamarle a una piedra por dejar que algo tan maleable y aparentemente débil la haya quebrado? En este orden de ideas, ¿es justo que nosotros, al menos quienes hemos vivido episodios de tristeza, nos juzguemos por sentirnos así? ¿O que juzguemos a otra persona, ya sea un familiar, un amigo o una pareja, por experimentar ese mismo sentimiento?
Ahora bien, si dejáramos ese juicio a un lado, ¿qué nos quedaría? ¿Cuándo empezaríamos a respirar? Respiramos justo en ese momento en que decidimos nombrarnos tal cual somos, sin rechazar esa parte de nosotros que, alguna vez, fue lo suficientemente frágil o ingenua como para pasar por alto algo que, al principio dolía, pero no parecía tener mayor importancia.
Respiramos cuando nos damos el espacio para entendernos, para escuchar lo que grita a voces en nuestro corazón: las laceraciones invisibles de nuestra piel. Ese espacio, a veces, podemos encontrarlo en la terapia. Ahí, nos regalamos tiempo para poner la casa al revés: movemos los muebles, las paredes y hasta el techo.
Implica excavar en el reblujo, en aquello que parece que nadie ha tocado, ni se ha atrevido a tocar en mucho tiempo. Este ejercicio nos permite encontrar basura que, por permanecer ahí a lo largo de los años, terminamos confundiendo con muebles o con adornos. Debo confesarte que el proceso duele, incomoda, pero es necesario para aprender a respirar.
También, respiramos cuando nos abrazamos con empatía, cuando no nos da miedo tocar nuestro propio cuerpo, aun si sentimos que hay heridas frescas en él. Porque incluso un cuerpo herido tiene permiso para seguir andando, siempre que logremos reconocer el propósito que en él habita.
Por esta razón, finalizo este texto invitándolos a reconocer en ustedes el potencial que habita en su cuerpo y en su espíritu para respirar de una manera que alivie la carga que llevan encima, esa que se acumula en innumerables noches o en esos domingos en los que sentían que el aire les faltaba… o les sobraba.
Por honor a ustedes mismos, respiren.
Al fin de cuentas, lo único que nos queda es saber que hay un largo camino por andar.