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Balcón Bicentenario: una canción nacida lejos para volver a Salamina

Escrita desde la Patagonia argentina por Eleuterio Gómez Valencia, descendiente de fundadores de Salamina, y compuesta junto a Raúl Valdez Jr., Balcón Bicentenario es un homenaje musical a los 200 años del municipio. La obra reúne la voz de Celeste Jara, nieta de Víctor Jara, las imágenes de Marino Gómez Bernal y el talento de artistas unidos por la memoria y el amor a la tierra.
Eleuterio Gómez codirector

Crónica del nacimiento de una canción para los 200 años de Salamina

Hay canciones que nacen en una guitarra. Otras surgen de una conversación entre amigos o de una melodía que aparece inesperadamente en medio de la noche. Esta nació en un balcón.

No hablo de un balcón cualquiera. Hablo de esos balcones centenarios de Salamina que parecen suspendidos entre el cielo y las montañas, guardianes silenciosos de una historia que comenzó hace doscientos un años y que aún continúa escribiéndose. Desde ellos se ha visto pasar la niebla sobre los cafetales, el sol derramarse sobre los tejados de barro y las generaciones crecer al ritmo pausado de un pueblo que aprendió a conservar su alma.

Allí comenzó todo.

Aunque debo confesar algo: esta canción no fue escrita en Salamina. Fue escrita a más de diez mil kilómetros de distancia, en la Patagonia argentina, donde la vida me condujo hace ya varios años. Desde Neuquén, donde el viento es dueño de los paisajes y las distancias parecen infinitas, la memoria suele emprender viajes inesperados hacia la tierra que me vio nacer.

Hay momentos en que basta una fotografía para regresar.

Entonces vuelvo a caminar por las calles de mi infancia. Escucho nuevamente el repicar de las campanas. Contemplo las fachadas coloridas que han convertido a Salamina en una de las joyas patrimoniales de Colombia. Veo aparecer los balcones de madera que parecen asomarse a la eternidad. Y comprendo que la distancia no disminuye el amor por la tierra. Lo transforma en nostalgia, en gratitud y, algunas veces, en canciones.

Quizás esa conexión tenga raíces más profundas de las que yo mismo imaginaba. Mi vínculo con Salamina no comienza conmigo. Soy descendiente de uno de los fundadores del municipio y de quien fuera su primer juez, una herencia familiar que siempre he entendido más como una responsabilidad que como un privilegio. También soy bisnieto y tataranieto de hombres que ocuparon en distintas épocas la Alcaldía de Salamina, participando activamente en la construcción de la vida pública de nuestro pueblo.

Crecí escuchando historias donde la memoria familiar y la historia de Salamina parecían confundirse en un mismo relato. Tal vez por eso, al escribir esta canción, sentí que no estaba evocando únicamente mis propios recuerdos. También escuchaba las voces de quienes me precedieron, de aquellos hombres y mujeres que ayudaron a construir la comunidad que hoy celebra mas de dos siglos de existencia.

En cierto modo, escribir Balcón Bicentenario fue también una conversación silenciosa con ellos.

Cuando comenzaron los preparativos del Bicentenario sentí que Salamina estaba celebrando algo más profundo que un aniversario. Doscientos años no son simplemente una cifra. Son miles de historias entrelazadas. Son generaciones enteras construyendo comunidad. Son los sueños de los colonizadores que abrieron trochas en la montaña. Son las manos campesinas que sembraron café. Son los maestros, artesanos, comerciantes, artistas y ciudadanos anónimos que levantaron, día tras día, la identidad de este rincón privilegiado del país.

Pensé entonces que el Bicentenario necesitaba una canción.

No una canción para enumerar fechas o repetir acontecimientos históricos. Quería una obra que hablara del alma de Salamina. Una melodía capaz de recorrer sus calles, de detenerse bajo sus aleros, de conversar con sus montañas y de abrazar a quienes, como yo, viven lejos pero continúan llevando el pueblo en el corazón.

Así comenzó a nacer «Balcón Bicentenario».

Los primeros versos aparecieron lentamente, como aparece la niebla sobre las montañas al amanecer. Cada palabra parecía venir de algún rincón escondido de la memoria. Algunas llegaban desde los cafetales. Otras desde las historias escuchadas durante la infancia. Otras más surgían de esa emoción difícil de explicar que sienten quienes viven lejos de su tierra y descubren que nunca se han marchado completamente de ella.

Pero ninguna canción nace sola.

Pronto comprendí que aquellas palabras necesitaban una música capaz de sostenerlas y hacerlas volar. Fue entonces cuando comenzó un maravilloso proceso creativo junto al compositor Raúl Valdez Jr., con quien construimos una melodía que buscara reflejar la belleza, la nostalgia y la esperanza contenidas en la letra.

Durante semanas trabajamos sobre cada detalle. Buscamos una sonoridad cálida, cercana y profundamente emotiva. Una música que pudiera acompañar las imágenes que habitaban los versos y que permitiera al oyente recorrer, casi sin darse cuenta, los caminos y paisajes de Salamina.

La interpretación quedó en manos de los Juglares del Limay, quienes asumieron el proyecto con una sensibilidad admirable. Y la voz principal encontró su mejor expresión en Celeste Jara, artista de extraordinaria sensibilidad y nieta del inolvidable cantor chileno Víctor Jara, una de las figuras más trascendentales de la canción latinoamericana.

Hay símbolos que aparecen sin ser buscados. Mientras una canción escrita por un salamineño en la Patagonia rendía homenaje a un pueblo colombiano que celebraba doscientos años de historia, era precisamente la voz de una descendiente de Víctor Jara la encargada de darle vida definitiva a sus palabras. Una coincidencia hermosa que terminó uniendo, a través de la música, distintas geografías y distintas memorias de América Latina.

Celeste aportó a la obra algo que ninguna partitura puede escribir: emoción auténtica. Su interpretación logró convertir cada verso en una experiencia cercana, humana y profundamente conmovedora.

La grabación se realizó en Estudios Telefé Neuquén, Canal 7, donde la canción terminó de adquirir su forma definitiva. Allí, entre micrófonos, consolas y largas jornadas de trabajo, comenzó a materializarse lo que durante meses había sido apenas una idea nacida de la nostalgia.

La mezcla final fue el resultado de un esfuerzo compartido entre Raúl Valdez Jr., Celeste Jara y quien escribe estas líneas. Cada ajuste, cada nivel y cada decisión técnica buscó preservar la esencia emocional de la obra. Queríamos que la canción sonara como un abrazo. Como un regreso. Como una conversación íntima entre Salamina y quienes la aman.

Sin embargo, todavía faltaba algo fundamental: las imágenes.

Porque una canción dedicada a Salamina necesitaba mostrar el rostro de la tierra que la inspiró.

Fue entonces cuando apareció el invaluable trabajo del artista fotográfico Marino Gómez Bernal.

Sus fotografías hicieron mucho más que acompañar la música. Construyeron una segunda narración. Gracias a su lente desfilaron ante nuestros ojos los balcones centenarios, las calles históricas, las montañas cubiertas de neblina, los paisajes cafeteros y los rincones que forman parte de la memoria colectiva de los salamineños.

Mientras observaba el montaje final comprendí que sus imágenes parecían conversar con cada verso. Donde la canción evocaba un recuerdo, aparecía un paisaje. Donde surgía una emoción, emergía una fotografía capaz de darle forma visual. Sus imágenes permitieron que la canción encontrara un hogar visible.

Así, letra, música y fotografía terminaron fundiéndose en una sola obra.

Una obra construida entre Colombia y Argentina.

Entre Salamina y la Patagonia.

Entre la memoria y la distancia.

Entre quienes permanecen y quienes, aun lejos, continúan sintiéndose hijos de la misma tierra.

Mirando la obra terminada comprendí que Balcón Bicentenario había terminado convirtiéndose en algo más grande que una canción. En ella confluyen varias generaciones de una misma historia. La memoria de los fundadores de Salamina, el trabajo creativo de músicos patagónicos, la mirada artística de un fotógrafo enamorado de su tierra y la voz de una heredera de una de las tradiciones musicales más significativas de América Latina.

Quizás por eso la obra posee una identidad tan particular. Nació en la distancia, pero pertenece por completo a Salamina.

Hoy, cuando Balcón Bicentenario ve finalmente la luz en el marco de los doscientos un años de nuestro municipio, siento que la canción ya no nos pertenece a quienes participamos en su creación. Pertenece a Salamina.

Pertenece a sus habitantes.

Pertenece a sus montañas.

Pertenece a los niños que heredarán esta historia y a los mayores que ayudaron a construirla.

Porque al final, esta canción no es solamente una composición musical. Es un acto de gratitud. Un homenaje. Una carta de amor escrita desde la distancia para una tierra que nunca ha dejado de habitar mi corazón.

Y mientras la música recorre los balcones, las calles y las montañas que inspiraron sus versos, vuelvo a comprender algo que la vida me ha enseñado desde este rincón austral del continente: hay lugares de los que uno puede alejarse físicamente, pero jamás espiritualmente.

Salamina es uno de ellos.

Y este Balcón Bicentenario es apenas una ventana abierta para decirle, en su cumpleaños número doscientos uno, gracias por tanto.

Aquí les presento el video de «Balcón Bicentenario».

3 respuestas

  1. Es una canción increíblemente bonita. Transmite sentido de pertenencia, sensibilidad y nostalgia, es de las canciones que están echas para ser inmortales.
    Mis felicitaciones a todos los que hicieron parte del proyecto.

  2. Una obra diseñada milimetricamente, una fusión de letra, música, interpretación y fotografía que parecen guardar el misticismo del sabor de las recetas de nuestras abuelas.
    Felicitaciones 👏

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