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Cuando el trino se hace cordillera. Ginebra despierta con el alma de Colombia

Ginebra, Valle del Cauca, vuelve a convertirse en el corazón de la música andina colombiana con el inicio de la edición 52 del Festival Mono Núñez, el encuentro que exalta nuestras raíces, la tradición y el talento de los mejores intérpretes del país. Viva cada emoción junto a La Revista de Caldas, que transmitirá en vivo los momentos más importantes de esta gran fiesta de la cultura colombiana.
Eleuterio Gómez codirector

Ginebra no amanece; Ginebra despierta afinando sus cuerdas. En el corazón azucarero del Valle del Cauca, donde la brisa de la Cordillera Central besa los cañaduzales y el aire huele a tierra mojada y a café recién colado, el tiempo se detiene para darle paso a la eternidad. Hoy, bajo el cielo del suroccidente colombiano, abre sus puertas la edición número 52 del Festival Mono Núñez. No es solo un evento; es el peregrinaje más sagrado de la colombianidad, el santuario donde la música andina deja de ser sonido para convertirse en patria.

Cincuenta y dos años. Más de medio siglo de un milagro acústico que nació de la terquedad amorosa de un grupo de visionarios, el «Mono» Núñez, quienes entendieron que un país sin memoria es un árbol sin raíces. Hoy, el decano de los festivales de música andina vuelve a convocar a las tribus dispersas de nuestra geografía. Desde la niebla espesa de Nariño hasta los páramos boyacenses; desde la montaña antioqueña que se asoma al Magdalena, hasta los valles santandereanos de piedra y viento. Todos confluyen aquí, en este ombligo cañaveralejo, para recordar que Colombia no se dibuja en mapas, sino que se canta en bambucos, se llora en pasillos y se grita en guabinas.

Caminar hoy por las calles de Ginebra es transitar por las venas abiertas de nuestra tradición. En cada esquina, un luthier de manos curtidas barnilla la madera que servirá de caja de resonancia para los lamentos de la bandola y los rezos del requinto. El ambiente es de una solemnidad festiva, de esas que solo se entienden cuando un pueblo se reconoce a sí mismo en el espejo de sus abuelos. Aquí no se viene a buscar la fama efímera de las modas pasajeras; se viene a tocar con el alma, a arrancarle a las doce cuerdas del tiple los secretos de la ruralidad, esos doce hilos de oro que cosen las fracturas de nuestra historia.

El Anfiteatro, templo a cielo abierto, ya comienza a vibrar. En las gradas se mezclan las manos callosas del campesino con las del académico, el sombrero vueltiao con el ruana de lana, el llanto silencioso del que extraña su vereda con la sonrisa del que celebra su origen. Porque el Festival Mono Núñez es el gran ecumenismo de la sangre colombiana. Aquí, el torbellino y la contradanza, el son sureño y la jota, se dan la mano bajo un mismo pabellón sonoro que nos recuerda que, a pesar de las distancias y las tormentas, compartimos un mismo latido telúrico.

Al caer la tarde de este primer día, cuando el sol se esconda tras las montañas y el cielo se tiña de los colores de la mashorca y la guadua, sonará el primer acorde. Y en ese instante, Ginebra dejará de ser un municipio del Valle del Cauca para ser la capital espiritual de los Andes colombianos. Escucharemos el llanto de la flauta que imita al viento en los cerros, el rasgueo de la guitarra que es el galope del arriero, y el tiple, dulce y melancólico, como el susurro de la madre que arrulla a la patria.

Que suene la música. Que tiemblen las maderas. Que llore el público y cante la tierra. Hoy inicia la 52 versión del Festival Mono Núñez, y con él, la vigilia más hermosa de nuestra identidad. Porque mientras haya un colombiano que se erice la piel con un bambuco, Colombia será invencible. Bienvenidos a Ginebra. Bienvenidos a casa. Bienvenidos al alma de Colombia.

Disfrute Aqui El 52 Festival Mono Nuñez

Primera Ronda de Clasificación

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