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El Rincón de Timoteo: candidatos con rabo de paja en Salamina

En El Rincón de Timoteo, Majencio destapa la botella y no se guarda nada: mientras el alcalde vive de transmisión en transmisión, el pueblo sigue esperando el teatro, el corregidor de San Félix y el cumplimiento de una sentencia judicial. Y en medio del silencio, ya se calienta la carrera por la alcaldía, con secretario, expresidente, forasteros y hasta un coronel retirado haciendo fila. Majencio pregunta, sin pelos en la lengua, quién le va a responder al pueblo.

Nota del Editor

El Rincón de Timoteo es la columna semanal que un colaborador anónimo de Salamina envía a La Revista de Caldas. Timoteo recoge lo que se comenta en los chismoseaderos de siempre: las bancas del parque, los cafés y las esquinas donde el pueblo converso y opina sobre lo que pasa en el municipio.

En esta entrega, el editor quiso ir un paso más allá: tomó esos comentarios recogidos por Timoteo y los puso a dialogar con Majencio, personaje a través del cual el editor expresa directamente su propia opinión. Así, esta columna combina dos voces: la de Timoteo, que representa el sentir popular recogido semana a semana en el pueblo, y la de Majencio, que es la voz editorial, directa y sin rodeos, del propio editor.

De esta manera, El Rincón de Timoteo sigue siendo el reflejo fiel de lo que se dice en Salamina, ahora enriquecido con el análisis y la opinión de quien escribe esta columna.

La tarde volvía a caer sobre el parque de Salamina, y los dos viejos de siempre ocupaban la misma banca de siempre. Timoteo revolvía su tinto con calma. Majencio, con la botella asomando del morral, tenía la mirada clavada en el celular de un muchacho que pasaba transmitiendo en vivo.

-Timoteo, ¿vos contaste cuántas veces salió hoy el alcalde en Facebook?

-No, Majencio, no llevo esas cuentas.

-Pues yo sí. Tres veces. Una inaugurando una banca, otra entregando un balón y otra bailando en una fiesta de barrio. Lo que no conté fue ninguna donde dijera qué pasó con el teatro.

Timoteo sonrió sin ganas.

-Ese tema ya cansa, Majencio.

-Cansa a usted que lo escucha. Imaginesé a mí, que llevo años pasando por esa esquina y viendo el mismo hueco.

Un carro pasó levantando polvo frente a ellos.

-¿Y sabe qué es lo más triste? —siguió Majencio—. Que ni siquiera el lote lo tienen limpio. El agua se sigue metiendo por donde no hay techo, y cada lluvia es un pedazo más de historia que se pudre. Eso no cuesta millones, Timoteo, eso cuesta una escoba y un poco de vergüenza.

-Eso le correspondería a Planeación.

-¡Ahí está el chiste, Timoteo! Porque resulta que el mismo secretario de Planeación que hoy no limpia ese lote, es el que anda sonando fuerte para ser el próximo alcalde.

Timoteo casi se atora con el café.

-¿El mismo?

-El mismo. Y no es cualquier casualidad, porque ese señor ya estuvo antes de director en la Escuela Taller. Y es voz populi en todo Salamina que en esa época se contrató con la misma Escuela Taller el arreglo del techo del teatro. Lo arreglaron, sí señor, quedó reparado. Pero a los pocos meses el techo se vino abajo de nuevo. Y ahí la gente se pregunta, con toda la razón: si las reparaciones se hicieron como debían hacerse, ¿por qué se cayó tan rápido? ¿Y si no se hicieron bien, qué pasó con esos recursos?

-Eso sí que merece una explicación pública.

-Y no es la única plata perdida en el aire, Timoteo. Porque también se comenta que el propio alcalde Ospina Rosas, en su anterior mandato, invirtió presuntamente unos cuatrocientos millones de pesos en levantamientos de planos para la reconstrucción del teatro. ¿Y esos planos, Timoteo? ¿Dónde están? ¿Se usaron? ¿Sirvieron para algo o quedaron guardados en un cajón esperando otra alcaldía que sí quiera construir en serio?

-Esas son las preguntas que el pueblo tiene derecho a hacer.

-¡Exacto! Porque aquí nadie está acusando a nadie de nada, faltaba más, yo no soy juez ni fiscal. Yo lo único que digo es que cuando hay plata pública de por medio, la gente tiene todo el derecho de preguntar y que le respondan con papeles, no con transmisiones en vivo.

-¿Y quién nombró a ese secretario en la Escuela Taller?

-Ahí está lo sabroso. Lo nombró la misma doña Olga Constanza, cuando fue alcaldesa. Y ahora, mire usted qué casualidad, el que le está haciendo campaña para la alcaldía es nada menos que Iván Darío Posada, el esposo de doña Olga Constanza. Como quien dice, el techo se cayó, la plata no se sabe bien en qué quedó, pero los padrinazgos siguen firmes.

Timoteo se quedó mirando el suelo.

-Eso sí es para preguntarse varias cosas.

-Y no es lo único, Timoteo. Porque mientras el pueblo pregunta por el teatro, hay otras cositas que se están quedando calladitas.

-¿Cómo cuáles?

-Como el nombramiento del corregidor de San Félix. Llevan rato sin resolver eso, como si San Félix fuera un corregimiento de mentiras. Y para tapar el sol con las manos, el alcalde les regaló a los niños un cuaderno y una cajita de colores, como si con eso se les fuera a olvidar que Salamina tiene abandonado a San Félix hace años. Un cuaderno no arregla una vía, Timoteo, ni una caja de colores le construye un puesto de salud a nadie.

-Eso es puro maquillaje.

-Y hablando de cosas serias que se quedan en el cajón: ¿qué pasó con la sentencia del juzgado?

-¿Cuál sentencia?

-La que resuelve una acción popular, Timoteo, y que yo mismo tuve en mis manos y leí de principio a fin. Ahí un juez, con toga, con ley y con argumentos, le ordenó al municipio adecuar unas obras urgentes. No es un chisme de esquina, no es una interpretación mía, está escrito y firmado. Y hasta ahora, silencio. Porque es más fácil transmitir en vivo bailando que cumplirle a un juzgado.

Timoteo suspiró y miró hacia la plaza.

-¿Y qué me decís de los que ya se están midiendo para la próxima alcaldía? Porque por lo que veo, no es solo uno.

Majencio soltó una carcajada seca y contó con los dedos.

-Mire el paisaje, Timoteo, para que se ría un rato amargo. Primero tenemos al secretario de Planeación, con el padrinazgo de los Posada, que ya le conté. Después tenemos al emperadorcito, don Ospina Rosas, el que ya fue alcalde y ahora quiere que lo vuelvan a coronar, como si a Salamina le hiciera falta repetir capítulo, y eso que todavía nadie le ha preguntado qué pasó con esos cuatrocientos millones de los planos. Y por si fuera poco, ya asomó una cara nueva: el director del Hospital, que dizque quiere saltar a la palestra, y eso que ni siquiera es de aquí, de Salamina. Uno se pregunta si primero no debería conocer el pueblo antes de querer gobernarlo.

-¿Y no hay nadie más sensato en ese paseo?

-Pues mire, ahí es donde a mí se me alegra un poco el trago. Porque también anda sonando el coronel, el retirado. Y ese sí, Timoteo, ese por lo menos sabe lo que es cuadrarse ante la Constitución y la ley, que buena falta nos hace después de tanto padrinazgo y tanto cuaderno de regalo.

Timoteo asintió despacio.

-Ese historial pesa distinto.

-Pesa distinto porque un militar retirado sabe que las normas no son de adorno, y aquí lo que nos ha sobrado es gente que se las salta como quien se salta un charco.

Se hizo un silencio largo, roto solo por el ruido de una moto que pasaba con parlante y música a todo volumen.

—Al final, Timoteo, esto no se trata de simpatías ni de antipatías.

-¿De qué se trata entonces?

-De que alguien, algún día, tenga que sentarse a explicar con cifras, con fechas y con nombres: qué pasó con la plata de la Escuela Taller, qué pasó con los cuatrocientos millones de los planos, por qué el lote sigue como un muladar, qué pasó con el corregidor de San Félix, por qué una sentencia de juzgado duerme el sueño de los justos, y por qué todos los que hoy quieren gobernar mañana, ayer o antier, tuvieron la oportunidad de resolver algo y prefirieron la foto.

Timoteo se levantó despacio, acomodándose el sombrero.

-Mientras tanto, seguimos esperando.

-Esperando y viendo transmisiones en vivo —remató Majencio, guardando la botella en el morral—. Porque aquí el único que no ha faltado a una cámara es el mismo que le ha fallado a un pueblo entero. Y por lo que se ve, la fila de candidatos no promete que eso vaya a cambiar mucho.

Y los dos se perdieron por las calles frías de Salamina, mientras en algún teléfono cercano comenzaba otra transmisión en vivo, con la misma sonrisa de siempre, y el mismo silencio sobre lo que de verdad importa.

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