Hay cifras que hacen ruido, no gritan, no insultan, no levantan la voz, simplemente aparecen frías e implacables sobre una hoja de cálculo, y precisamente por eso suelen decir más que cientos de discursos. La imagen comenzó a circular por redes sociales casi en silencio, era una tabla publicada por Función Pública con los Resultados de Desempeño Institucional para la vigencia 2025, una de esas publicaciones que pocos leen completa porque está llena de códigos, columnas y números, pero entre tantas filas había una que llamaba poderosamente la atención: Salamina, 58,7 puntos.
Un número. Apenas un número.
Sin embargo, detrás de ese 58,7 hay una historia mucho más profunda que merece ser contada, porque Salamina no es cualquier municipio, es uno de los pueblos patrimoniales más importantes de Colombia, cuna de artistas, escritores, educadores y empresarios, una tierra orgullosa de su arquitectura, de su historia republicana y de una identidad que durante décadas la convirtió en referente del norte de Caldas. Por eso duele. No duele solamente ocupar uno de los últimos lugares del departamento en el Índice de Desempeño Institucional, duele porque el contraste entre lo que Salamina representa y lo que reflejan hoy sus indicadores administrativos resulta demasiado grande para ignorarlo, mientras municipios vecinos logran avanzar en sus procesos institucionales, Salamina parece caminar con el freno puesto.
Y aquí conviene hacer una pausa, porque no se trata de un dato publicado por un dirigente político ni por un medio de comunicación, tampoco es una encuesta encargada por la oposición ni un comentario nacido en las redes sociales, es una medición oficial elaborada por Función Pública, la entidad del Gobierno Nacional encargada de evaluar el desempeño de las entidades públicas en aspectos tan importantes como la planeación, el control interno, la gestión del talento humano, la administración, el seguimiento de políticas públicas y el fortalecimiento institucional. Es decir, no evalúa simpatías políticas, evalúa capacidad de gestión, y por eso el resultado debería preocupar a cualquiera, sin importar el partido político que apoye.
Durante los últimos años la administración municipal ha mostrado una intensa actividad en redes sociales, las inauguraciones, las reuniones, las visitas, los eventos, las fotografías y los videos han ocupado buena parte de la comunicación institucional, y eso está bien, la ciudadanía tiene derecho a conocer lo que hace su gobierno. Pero gobernar nunca ha consistido únicamente en comunicar. Gobernar significa planear, ejecutar, evaluar y producir resultados medibles, y los ciudadanos no viven de publicaciones en Facebook, viven de instituciones que funcionen, de obras que se entreguen, de promesas que se cumplan. Cada peso invertido por una administración debe traducirse en mejores procesos, mayor eficiencia, transparencia y capacidad para resolver los problemas cotidianos de la gente, y cuando esos resultados no aparecen, las cifras comienzan a hablar por sí solas.
Y ahí es donde el alcalde tendría que empezar a responder, porque uno no puede pasarse posando para videos y fotografías con anuncios grandilocuentes que después no se ven reflejados en la gestión real. ¿Qué pasó con la reconstrucción del Teatro? ¿En qué quedaron los anuncios, las visitas, las promesas de recuperar ese ícono cultural que Salamina necesita con urgencia? ¿Dónde están las obras que la Justicia ordenó ejecutar en San Félix, y por qué siguen sin materializarse pese a existir un mandato judicial de por medio? ¿Ya se nombró el corregidor de San Félix, o ese corregimiento sigue abandonado a su suerte, sin representación administrativa, mientras el centro se llena de anuncios? ¿Y las calles de Salamina, cuándo se van a arreglar de verdad, más allá del parche de turno que dura hasta la próxima lluvia? ¿Hasta cuándo va a seguir esa entrada al municipio, ese supuesto embellecimiento que a todas luces es un adefesio, una tarjeta de presentación que avergüenza a quien visita este pueblo patrimonial en lugar de enorgullecerlo?
Obtener 58,7 puntos no significa que absolutamente todo esté mal, sería injusto afirmarlo, pero tampoco puede interpretarse como un simple accidente estadístico. Los indicadores institucionales son la consecuencia de cientos de decisiones administrativas tomadas durante meses, cada procedimiento mal diseñado, cada proceso sin seguimiento, cada debilidad en la planeación, cada falla en el control interno y cada incumplimiento termina reflejándose en este tipo de evaluaciones, y las cifras, en ese sentido, funcionan como un espejo. Y los espejos no tienen ideología. Simplemente reflejan lo que tienen enfrente, y lo que reflejan hoy es un Teatro sin reconstruir, un San Félix esperando obras ordenadas por un juez, un corregimiento sin corregidor, unas calles maltrechas y una entrada que da vergüenza ajena.
Quizá lo más preocupante no sea el puesto ocupado dentro del departamento, sino la distancia entre el enorme potencial que posee Salamina y los resultados que hoy entrega su administración, porque recursos humanos existen, capacidad profesional también, historia, patrimonio y liderazgo regional no le faltan. Entonces la pregunta inevitable es otra: ¿qué está fallando? ¿Dónde se rompió la cadena entre la planeación y los resultados? ¿Por qué otros municipios con presupuestos similares logran avanzar mientras Salamina retrocede, se llena de anuncios sin ejecutar y acumula pendientes judiciales sin resolver?
Son preguntas legítimas y merecen respuestas técnicas, no respuestas políticas, y sería un error convertir este debate en una pelea entre oficialistas y opositores. La discusión debería centrarse en algo mucho más importante: cómo recuperar la capacidad institucional del municipio, porque al final quienes pagan las consecuencias de una administración débil no son los alcaldes, son los ciudadanos, son los habitantes de San Félix esperando un corregidor y unas obras, son los peatones que caminan calles rotas, son los turistas que llegan y se topan con un adefesio a la entrada del pueblo en lugar de una bienvenida digna. Cada deficiencia administrativa termina afectando la calidad de los servicios públicos, la ejecución de proyectos, la gestión de recursos nacionales, la atención al ciudadano y la confianza en las instituciones, y cuando una administración pierde eficiencia, pierde también credibilidad, y recuperar esa confianza suele tomar muchos años.
Salamina merece mucho más que discursos triunfalistas y sesiones de fotos. Merece autocrítica. Merece explicaciones concretas sobre el Teatro, sobre San Félix, sobre las calles, sobre esa entrada que urge corregir. Merece un gobierno que reconozca los problemas antes de intentar justificarlos, porque los buenos gobernantes no son aquellos que dicen que todo marcha perfectamente mientras posan sonrientes frente a una cámara, son quienes tienen la capacidad de aceptar las dificultades y corregir el rumbo. Negar los indicadores oficiales sería un grave error, pero también lo sería utilizarlos únicamente como herramienta de confrontación política, porque la verdadera utilidad de estas mediciones consiste en identificar debilidades para convertirlas en oportunidades de mejora, y sin embargo el primer paso siempre será reconocer la realidad, porque ningún médico puede curar a un paciente que insiste en decir que está completamente sano.
Hoy, la fotografía institucional de Salamina deja más preguntas que respuestas, y quizá esa sea la mayor preocupación. No el puesto. No el número. Sino la sensación de que el municipio corre el riesgo de acostumbrarse a la mediocridad administrativa mientras se celebra una imagen de éxito, construida a punta de videos y anuncios, que las cifras oficiales no alcanzan a respaldar y que las obras pendientes desmienten todos los días.
Los pueblos grandes no se construyen con propaganda. Se construyen con instituciones fuertes, con planeación seria, con transparencia, con liderazgo y, sobre todo, con resultados, con un Teatro reconstruido, con San Félix atendido, con calles dignas y con una entrada que enorgullezca en lugar de avergonzar. Porque la historia de Salamina merece administraciones capaces de honrar el prestigio que tantas generaciones construyeron durante casi dos siglos.
Las cifras de Función Pública no son una sentencia definitiva, tampoco deben entenderse como la única medida del desempeño de un gobierno, pero sí constituyen una advertencia que sería irresponsable ignorar. En democracia, los datos oficiales no son enemigos del gobierno, son herramientas para mejorar, y cuando un indicador enciende una luz roja, el deber de un gobernante no es discutir con el termómetro ni salir a explicarlo en un video más.
Es bajar la fiebre. Y empezar, de una vez, a responder por lo que todavía está pendiente.