¡Ave María, pues! Aquí está otra vez Timoteo, con la oreja bien parada y sin ganas de meterse en camisa de once varas. Hoy vamos a hablar apenas de dos cositas, porque tampoco es que uno tenga que echarse encima todo el costal de candidatos. De los aspirantes hablaremos de algunos, pero de ese candidato que anda diciendo que va a hablar, Majencio se encargará de ponerle la lupa y allá veremos qué cuenta. Aquí, en cambio, vamos con el alcalde y con esos madrazos que se están cruzando los poetas, que tienen la lengua más afilada que machete recién amolao. Así que acomódense, porque hay de todo: política, versos, calenturas y pregunticas de esas que a algunos les producen urticaria. ¡Y como siempre, sin pelos en la lengua y contando lo que muchos comentan!
Me contaron, ahí en la esquina donde se para siempre la misma gente a comentar lo que pasa en el pueblo, que en el grupo «Los Otros Poetas de Salamina» se armó tremendo alboroto. Resulta que uno de los muchachos, con toda la buena fe del mundo, publicó una felicitación al nuevo presidente de los colombianos, Abelardo de la Espriella, por haber llegado a la Casa de Nariño. Y ahí no más, dizque dos compañeros del grupo, que se dicen de izquierda radical, le cayeron encima como si hubiera cometido un pecado mortal.
Y lo que más me dolió al oírlo, porque yo aquí solo repito lo que me llega, es que uno de esos mismos que se las da de poeta contestó con unos madrazos y unas palabras de tan grueso calibre que ni las repito, que la verdad desdicen de la calidad de quien las suelta. No doy nombres, que no es mi intención convertir esto en pleito personal; ya ellos mismos se identifican solitos con lo que escriben.
Y yo, que solo cuento lo que me llega, no puedo dejar de comentar que a mí eso me suena raro. Porque según me explican, este señor presidente no viene de la política de toda la vida, sino que llegó por fuera de esas roscas de siempre, y ya lleva la banda puesta. La campaña se acabó, mijos, el pueblo votó, y ahora lo que toca es dejar que gobierne y ver si le va bien, porque si al presidente le va bien, dicen por ahí los que saben, nos va bien a todos.
Cuentan también que varios vecinos comentaban que ya es hora de dejar tanta pelea de bando contra bando, más ahora que el Eje Cafetero anda con el corazón partido por el terremoto y la destrucción de tantos pueblos. Que en vez de estar buscando con qué pelearse entre poetas, mejor unieran la tinta para escribirle algo bonito a la reconstrucción.
Escuche en la del Embajador, y yo aquí solo repito lo que me llega, que más de un salamineño anda con el dedo bloqueado en las redes oficiales de la Alcaldía. Dicen que hacer una pregunta incómoda o pedir cuentas es delito capital para el community manager de turno. Yo no sé quién maneja ese teclado, pero por lo visto las críticas le caen peor que un aguacero en cosecha.
Y ya que estamos en confidencias, me soplaron también lo de la Central de Sacrificio, ese proyecto que lleva más años en obra que un pesebre navideño: se arma, se desarma y vuelve a armarse cada diciembre. Cuentan que van no sé cuántas inversiones, no sé cuántos anuncios, y la res sigue esperando turno. Un elefante blanco, me dijeron, aunque yo prefiero no ponerle nombre para no meterme en líos.
Lo que sí me aseguraron —y esto se lo dejo servido, sin comentario— es que hay quien prefiere subir a San Félix con cámara en mano, pasar por la iglesia, grabar un saludo, que bajar al despacho a firmar lo que hace falta firmar. Contenido sobra, dicen; resultados, ya se sabe.
Yo nada más pregunto: ¿será que bloquear ciudadanos es la nueva forma de rendir informes? Ustedes me dirán, que yo aquí solo cuento lo que me cuentan.
Aquí en la esquina de siempre, que uno no es sino pararse allí y ahí escucha, una historia que se me quedó atravesada como espina de bocachico, y que por más vueltas que le doy no logro tragarme con la calma de costumbre. Dizque en Salamina llegó un muerto a la puerta que debía recibirlo, y esa puerta, óigase bien, no se abrió.
Cuentan que primero vino la discusión de las palabras. Que si aquello no se llama morgue, que si es sala de recepción, que si es cuarto de disposición de cadáveres, que si técnicamente esto y técnicamente lo otro. Y yo, que solo repito lo que me llega, pregunto lo mismo que preguntaba la gente en la esquina: ¿y a la familia que llegó con su muerto a cuestas qué le cambia el nombre del letrero? Nada, me dijeron. El muerto sigue muerto, la familia sigue destrozada y el dolor no entiende de tecnicismos.
Me explicaron también, y aquí sí que hay que pararle bolas, que no es lo mismo un cuerpo recién llegado por un accidente, que Medicina Legal tiene que examinar, que un cuerpo ya en estado de descomposición que requiere otro manejo. Eso lo entiende cualquiera. Para eso existen los protocolos, dicen los que saben. Pero de ahí a que se use ese argumento para justificar lo injustificable hay un trecho largo, y por ese trecho fue por donde, según me contaron, se coló la indolencia.
Porque lo que pasó, mijos, fue sencillo, así lo quieran vestir con veinte palabras de manual: llegó un muerto y no lo recibieron. Punto. Y la solución que encontraron, me soplaron, fue mandar la familia para Aguadas. Que se monte otra vez al ataúd al jeep, que arranque el carro, que la familia se vaya detrás haciendo carretera con su difunto, porque total, ese muerto no era el muerto de ellos.
Ahí sí, me dicen, todo se resuelve fácil. Desde una oficina no pesa un ataúd. Desde un escritorio no se siente lo que siente una mamá, un papá, una esposa, un hijo o un hermano esperando que le entreguen a su familiar para darle sepultura. Y cuentan que después de todo eso, todavía hubo quien salió a explicarle a la gente que, técnicamente, aquello no era una morgue. Ave María, pues llámela como quieran: sala, cuarto, morgue o como les suene mejor en el próximo comunicado. El problema, me dijeron con toda la razón, no es el letrero de la puerta. El problema es lo que pasa cuando una familia llega a esa puerta con su muerto encima.
Y si el lugar no sirve, pues que lo arreglen. Que si falta nevera, la consigan. Que si hay que adecuar, adecuen. Que si hay que cumplir una norma nueva, la cumplan. Que si toca buscar la plata, la busquen, que para eso administran. Lo que no puede ser, me insistieron, es que la gran solución de un municipio sea decirle a una familia destrozada: aquí no, lléveselo para otro lado. Eso no es solucionar nada. Eso es quitarse el problema de encima y tirárselo a quien ya no tiene con qué cargar más.
Yo no sé quién tomó esa decisión, ni me corresponde a mí ponerle nombre y apellido, que para eso ya se encargará la gente de identificar a los responsables. Pero sí me dejaron una reflexión que no me la puedo guardar: los empleados obedecen, cumplen instrucciones; el que manda, responde. Mandar cuando todo está bonito lo hace cualquiera. Lo verraco es responder cuando una decisión termina afectando a una familia entera.
Y termino como me lo contaron, con ese deseo que a nadie le cabe en la lengua pero que todos sentimos: ojalá sean eternos, los papás, los hijos, los hermanos, toda esa familia que un día tuvo que coger carretera con su muerto a cuestas. Porque el muerto ajeno no pesa. Hasta que, un día, el muerto es el de uno.
Y si en la esquina del Embajador llueve, en las mesas del San Fernando no escampa, escuche que ya que estamos en tiempos de nombres que empiezan a sonar para la alcaldía, que también hay que anotar en la lista a don Didier, el flamante director del hospital, ese mismo que, según me dijeron, fue quien dio la orden de no recibir al difunto que venía de Filadelfia y que terminó, ya lo contamos por acá, haciendo carretera hacia Aguadas con su familia a cuestas.
Y aquí sí que me toca aclararle algo a la gente, porque me lo explicaron con pelos y señales: Salamina no necesita nevera en su morgue por dos razones bien sencillas, el clima y la cantidad de fallecidos que maneja. Y no solo eso, Salamina es cabeza de Medicina Legal para Marulanda, Aránzazu, La Merced, Filadelfia y el propio Salamina. O sea que el hombre estaba en la obligación de recibir ese cuerpo para hacerle su necropsia correspondiente. Lo que hace falta, me dijeron, no es refrigeración, es tener listos los protocolos de manejo para practicar la necropsia el mismo día y entregar el cadáver a tiempo. Eso es lo que se necesita, no una nevera.
Pero en vez de sacar un comunicado oficial y escrito, como manda la ley cuando una institución pública tiene que explicarse, dizque don Didier sacó fue un video dando justificaciones que, según me contaron, ni él mismo se las cree. Y para completar, puso a hablar a otras personas que bien podrían ser cualquiera, porque no se les ve la cara ni sueltan el nombre completo, solamente un «jefe de tal cosa» que no compromete a nadie. Y con esas tablas es que el señor pretende ser alcalde de Salamina.
Ya con Mafe y con doña Rocío aprendimos que por estos lados todo lo oficial se resuelve subiendo un video a Instagram o a Facebook. Pues yo aquí le aclaro a quien quiera oírlo, y no me lo estoy inventando: lo oficial no son las redes sociales. Lo oficial son los sitios web institucionales, los comunicados firmados, los canales que la ley exige para que una entidad pública responda por sus actos. Un video con la cara tapada de un «jefe de no sé qué» no es rendición de cuentas, es puro maquillaje digital.
Y me pregunto yo, que solo repito lo que me llega, qué alcalde nos tocaría si a este paso lo llegan a elegir. Porque si de director de hospital ya le cuesta trabajo explicar por escrito por qué le cerró la puerta a un muerto que estaba obligado a recibir, imagínese uno cómo le iría explicando por escrito el manejo de los recursos de todo un municipio. Válgame Dios, como dicen por acá.
Y bueno, mis queridos lectores, hasta aquí llegamos por esta semana. Timoteo guarda la libreta, pero no la oreja, porque uno nunca sabe qué se va a escuchar por ahí antes del próximo encuentro. Ojalá la próxima semana podamos volver a encontrarnos con buenas noticias, con menos preocupaciones y, sobre todo, sin terremotos ni sustos de esos que nos ponen a correr.
Mientras tanto, cuídense mucho, estén pendientes de sus familias y no bajen la guardia con la prevención, que la tierra no pide permiso pa’ moverse.
Nos vemos, si Dios quiere, la próxima semana. Y ya saben: Timoteo sigue escuchando donde otros callan y contando lo que muchos comentan. ¡Hasta la próxima, pues!