¡Ave María, pues! Me habían advertido que en San Félix el frío obliga a apretar la ruana y a buscar refugio en la taza de café más cercana. Pero apenas puse un pie en el pueblo entendí que una cosa es la temperatura del ambiente y otra, muy distinta, la temperatura de las conversaciones, porque por estas calles los chismes andaban hirviendo mucho más que cualquier tinto recién colado.
Así que me acomodé el sombrero, me crucé bien la ruana sobre los hombros y eché a caminar despacio, como quien no quiere la cosa. Porque ya aprendí, después de tantos pueblos recorridos, que aquí no hace falta preguntar de más: basta con sentarse un rato, saludar a dos conocidos y dejar que la conversación haga el resto del trabajo.
En una esquina alguien me soltó una versión. Más adelante apareció otro jurando conocer la historia completa. Y cuando ya creía tener suficiente para llenar la libreta, se me apareció un tercero a corregirme la plana: «¡No, hombre, eso no fue así! Venga le cuento cómo fue de verdad…». Ahí fue cuando entendí que el problema apenas comenzaba.
Porque en San Félix hay historias que van de puerta en puerta, personajes que reaparecen cuando uno menos los espera, decisiones que nadie termina de entender y preguntas que llevan meses dando vueltas sin encontrar quién las responda. Eso sí: yo no voy a condenar a nadie por el comentario de una esquina, que una cosa es el chisme y otra los hechos. Pero cuando varias voces empiezan a cantar la misma tonada, este arquero de oficio, que seré atravesado pero no sordo, por lo menos pregunto.
Así que sírvase el café, acomódese bien y no se me vaya todavía, porque esta vez El Rincón de Timoteo se instaló en San Félix, y por lo que alcancé a escuchar apenas llegando, hay bastante tela para cortar.
Mercados, cámaras y una JAL que nadie consultó
Caminando hacia la salida rumbo a Salamina, me detuve un buen rato frente a la reconstrucción de la escuela Santo Domingo Sabio. Uno pasa por ahí y no puede evitar acordarse de cuántas generaciones aprendieron las primeras letras entre esas paredes. Mientras miraba la obra, se me acercó una señora que, después del saludo de rigor, me soltó una de esas historias que obligan a parar la oreja.
—Timoteo, ¿usted sí supo lo que pasó aquí después del terremoto?
Le dije que no, y ahí empezó el relato.
Según ella, en San Félix el sismo no dejó daños de gravedad: apenas unos agrietamientos menores en algunas viviendas, sin comparación posible con lo ocurrido en otros lugares. Y agregó algo que me puso a afinar el oído: aseguraba tener esa misma versión de boca de alguien vinculado a la Junta Administradora Local, la JAL.
Hasta ahí, nada raro.
Lo que vino después fue lo que me dejó rascándome la cabeza. Cuenta la señora que días más tarde llegó el alcalde con una comitiva bastante nutrida —fotógrafos, camarógrafos y todo el aparato necesario para dejar constancia gráfica de la visita—. «Propaganda estatal», pensé yo. Pero ella corrigió enseguida, con esa picardía tan de pueblo: «No, Timoteo: propaganda personal».
Y empezaron a entregar mercados.
¿A quiénes?
Ahí aparece la pregunta grande. La señora asegura que la JAL no fue consultada para elaborar de antemano un listado de familias afectadas, ni para definir con algún criterio verificable quién necesitaba realmente la ayuda. Dice que las entregas se hicieron señalando beneficiarios sobre la marcha, y que hasta un concejal que acompañaba la comitiva habría intervenido indicando personas.
Si eso ocurrió tal cual, el asunto merece explicación pública. Porque una ayuda humanitaria no es una bolsa de mercado que un funcionario reparte como si fueran recuerdos de campaña, y mucho menos puede convertirse en moneda para agradecer adhesiones o empezar a sembrar votos para nadie.
Y aquí yo no acuso: pregunto. ¿Cuántos mercados llegaron a San Félix? ¿De dónde salieron? ¿Cuál fue su valor? ¿Quién elaboró el censo de afectados? ¿Con qué criterio se escogió a los beneficiarios? ¿Existe acta de entrega y puede cualquier ciudadano consultarla? Porque cuando llegan recursos públicos o ayudas de emergencia, la manera más sencilla de acabar con el chisme es siempre la misma: publicar las cuentas. Y si todo se hizo correctamente, mejor todavía.
Pero mientras los listados no aparezcan y las explicaciones no lleguen, en San Félix seguirá rondando la misma pregunta incómoda: ¿se estaban repartiendo ayudas para atender damnificados, o se empezaba a repartir favores para la próxima campaña?
Un balance de 440 viviendas que nadie ha visto firmado
Y me encontré con un dato más que, en lugar de aclarar, me dejó con más preguntas todavía. Un editorialista tan anónimo como yo publicó lo que presentó como balance oficial de la administración municipal tras el terremoto: 440 viviendas afectadas y 6 destruidas entre la zona urbana, la rural y el corregimiento de San Félix, sin heridos ni pérdidas humanas que lamentar.
Muy bien. Pero, ¿dónde está publicado oficialmente ese balance?
Hasta donde he podido averiguar, no existe un documento público de la Alcaldía que detalle esas cifras y las discrimine entre casco urbano, veredas y San Félix. Puede que esa información haya viajado ya hacia el departamento y la nación, pero enviar un informe institucional es una cosa y ponerlo a disposición de los ciudadanos es otra completamente distinta.
Y en San Félix la duda pesa todavía más. Si allí no hay corregidor y la única instancia institucional con presencia directa en el territorio es la JAL, sería apenas lógico preguntar qué participación tuvo esta en la elaboración del balance. ¿Visitó las viviendas? ¿Entregó listados? ¿Conoce siquiera el número real de afectados?
Porque decir «440 viviendas» suena muy oficial en un titular, pero sin documento, sin metodología y sin desglose, sigue siendo apenas una cifra publicada por un columnista. Así que insisto con la misma cantaleta de siempre: muéstrenme el balance completo. No quiero rumores oficiales. Quiero información oficial.
Una concejal que descubrió la oposición justo cuando se acercan las elecciones
Por los lados del Concejo también soplan vientos de conversión repentina. La concejal Rocío Marulanda, que durante buena parte del camino estuvo bastante cerca del oficialismo, apareció ahora con traje de oposición, lupa de control político y una energía fiscalizadora que muchos ciudadanos llevaban tiempo reclamándole.
Y yo pregunto: ¿por qué justo ahora?
A un año de las elecciones, la concejal critica al alcalde, señala problemas, visita sectores, participa en jornadas para tapar huecos y aparece entregando ayudas que presenta como gestos solidarios. Todo eso puede ser legítimo. Lo curioso es que semejante fervor haya despertado justamente cuando empieza a calentarse el calendario electoral.
Porque una cosa es ayudar y otra muy distinta convertir cada ayuda en vitrina. La política tiene memoria, aunque algunos crean que el pueblo no la tiene. Quienes ayer acompañaban una administración no pueden presentarse hoy como si jamás hubieran caminado bajo su sombra. Si encontraron errores, bienvenido el control político. Pero también sería sano explicar por qué esas críticas no aparecieron con la misma fuerza cuando todavía marchaban del mismo lado.
Y si detrás de tanta actividad hay una aspiración a la Alcaldía, tampoco hay pecado en eso. Que lo diga. Que presente propuestas, trayectoria, preparación y capacidad para administrar un municipio. Ahí sí podrá la ciudadanía comparar. Porque para gobernar no basta con posar junto al hueco reparado, entregar mercados o aparecer en fotografías haciendo caridad: administrar exige conocimiento, equipo, criterio y capacidad real para manejar recursos públicos.
Como dice aquella enseñanza tan citada cuando se habla de generosidad verdadera: que la mano izquierda no sepa lo que hace la derecha. Pero en la política de estos días, parece que primero se entera la cámara.
Amanecerá y veremos.
Cuatro cartas sobre la mesa, aunque nadie quiera llamarse candidato todavía
¡Ave María, pues! Yo creía que faltaba bastante para hablar de elecciones en Salamina, pero parece que algunos aspirantes tienen el reloj adelantado. Miré hacia un lado, después hacia el otro, pregunté aquí, escuché allá, y terminé encontrándome con una baraja que, por ahora, tiene cuatro cartas sobre la mesa.
Y digo «parece», porque en política nadie es candidato hasta que firma donde corresponde. Antes de eso todos son servidores desinteresados, ciudadanos preocupados, benefactores, fiscalizadores repentinos, amigos del pueblo y personas que «jamás han pensado en semejante cosa». Después aparecen en la Registraduría jurando que fue el pueblo el que se los pidió.
La primera carta es la concejal Rocío Marulanda, que ni siquiera necesita anunciar que está calentando motores, porque sus movimientos hablan solos. Mercados por aquí, ropa por allá, visitas, huecos que se tapan, recorridos, y una presencia en redes sociales donde, curiosamente, la cámara siempre sabe dónde encontrarla. Ayudar está muy bien, y yo jamás voy a criticar que alguien meta la mano al bolsillo para socorrer a quien lo necesita. Lo que me despierta curiosidad es que tanta filantropía coincida, casi al milímetro, con el momento en que empieza a oler a campaña. Porque cuando cada buena acción necesita fotógrafo, video y primer plano, uno ya no sabe si está ante la Madre Teresa de Calcuta o ante una estrategia de posicionamiento electoral.
La segunda carta aparece por los lados del hospital. El flamante director salió en redes, rostro en primer plano y sonrisa de rigor, anunciando una nominación relacionada con el mejor director de hospital de Colombia. Y ahí fue cuando casi se me descose el saco de la risa. No porque sea imposible reconocer una buena gestión —si alguien hizo méritos, que lo premien, que le entreguen diploma, medalla y hasta banda de honor si quiere—, sino porque de ahí a dejar flotando la impresión de estar frente a uno de los máximos gestores hospitalarios del país hay una distancia bastante larga. Yo, que soy desconfiado por oficio, prefiero mirar primero los resultados: ¿cómo están los servicios?, ¿qué equipos nuevos llegaron?, ¿qué pasó con las ambulancias que se anunciaron ante el Ministerio de Salud?, ¿y cómo marcha esa vieja deuda pendiente del puesto de salud de San Félix? Porque los reconocimientos quedan muy bien en Facebook, pero la gestión pública se mide en resultados. Y resulta que también suena su nombre como posible aspirante a la Alcaldía. ¡No me diga más! Ahí uno entiende por qué las fotografías institucionales empiezan a oler a campaña.
La tercera carta sería el ya casi exsecretario de Planeación. Y aquí la cosa se pone interesante, porque justamente el viernes 28 de agosto hubo debate de control político, y el balance que dejó su intervención, al menos para varios de quienes lo presenciaron, no pareció precisamente un desfile de felicitaciones. El tema central era el Plan Parcial de la Galería, pero inevitablemente terminó examinándose toda la gestión de Planeación. Y quedó flotando la pregunta: ¿cuánto se hizo realmente? Según lo expuesto en el debate, varias metas muestran bajo cumplimiento, y existe preocupación sobre si alcanzarán a completarse en el tiempo que queda. Ahí recordé aquella frase de El Gatopardo, que aplicada a nuestra realidad municipal adquiere una belleza casi administrativa: que todo parezca cambiar para que, al final, todo siga igual. Planeación es de las dependencias más importantes de cualquier alcaldía: ahí deberían cocinarse los proyectos que transforman el municipio, se busca la plata, se ordena el territorio, se proyectan las obras. Por eso, si quien estuvo al frente de esa oficina quiere ahora ser alcalde, tendrá que responder algo elemental: ¿qué hizo desde la Secretaría que permita imaginar lo que haría desde la Alcaldía? Porque gobernar no es explicar por qué las cosas no se pudieron hacer —para eso sobran los especialistas—: gobernar es hacerlas.
Y finalmente aparece el coronel. De los cuatro es quizás quien menos ruido electoral está haciendo, o al menos yo todavía no lo he visto inundando las redes de propaganda. Pero sí lo vi recientemente en otra cosa: durante el incendio forestal de la vered El Botón, apareció arremangado, metido en el terreno, trabajando pecho a pecho con quienes intentaban controlar la emergencia. Y aquí tengo una costumbre que a algunos les incomoda: así como critico, también reconozco. Una fotografía trabajando no convierte a nadie automáticamente en buen candidato, pero entre una foto de mercados acomodados frente a la cámara y otra de zapatos embarrados enfrentando una emergencia, yo, arquero al fin, ya sé cuál me despierta más curiosidad. Ahora bien: tampoco voy a repartir la Alcaldía por una sola jornada apagando incendios. Si el coronel quiere aspirar, tendrá que contar qué propone para Salamina, qué conoce del municipio, qué equipo tendría, cómo piensa manejar las finanzas, las vías rurales, el patrimonio, la salud, la seguridad, la gestión del riesgo, San Félix, la Galería y esa larga lista de asuntos que llevan años esperando solución.
Porque ahí está el verdadero asunto: yo no quiero una campaña de fotografías. No quiero elegir al que más mercados reparta, al que más videos publique, al que consiga la placa más grande para la pared o al que mejor sepa aparecer en una emergencia. Quiero propuestas. Y sobre todo quiero revisar hojas de vida: qué administraron, qué resultados dejaron, qué prometieron, qué cumplieron, qué conocimientos tienen, cómo manejaron los recursos que alguna vez estuvieron bajo su responsabilidad.
Por ahora hay cuatro nombres calentando pista: una concejal que descubrió la oposición, un gerente hospitalario que empieza a coleccionar reconocimientos, un secretario de Planeación que tendrá que explicar su gestión, y un coronel que apareció trabajando en medio del fuego. Falta mucho. Pueden aparecer otros. Alguno de estos puede bajarse. Otros pueden jurar durante meses que no son candidatos mientras mandan a hacer las camisetas. Así es la política.
Pero yo ya saqué la libreta, porque esta vez no vamos a esperar a que aparezcan las vallas para empezar a preguntar. La campaña apenas está calentando motores, y este chismoso de oficio ya está mirando quién maneja el carro, quién paga la gasolina y, sobre todo, hacia dónde pretende llevarnos.
Un comentario
Me parece muy oportunos estos comentarios para que el pueblo se vaya dando cuenta quien es quien en una palestra política y al final , si bien es cierto que recibirán los 50.000 o el mercado, también es cierto que puedan votar con libertad y conciencia porque Salamina no se merece un Alcalde o un Concejal aparecido como magia o como mafia….