Por Prof. Ángel María Ocampo Cardona * – Eleuterio Gómez Valencia – La Revista de Caldas
El terremoto del olvido: lo que ya sabíamos antes de que temblara
Hay una frase que deberíamos desterrar del lenguaje de los noticieros, de los discursos oficiales y hasta de nuestras conversaciones cotidianas: desastre natural. Porque los desastres naturales, en sentido estricto, no existen.
Existen terremotos, erupciones volcánicas, huracanes, inundaciones, sequías, avalanchas y tsunamis. Son fenómenos de un planeta que estaba aquí mucho antes que nosotros y que seguirá moviéndose cuando ya no estemos. El desastre, en cambio, empieza después. Empieza cuando levantamos una vivienda donde sabíamos que una montaña podía deslizarse, cuando construimos sobre un humedal y terminamos convencidos de que el agua desapareció solo porque dejamos de verla, cuando sepultamos una quebrada bajo toneladas de tierra y concreto y olvidamos que sigue corriendo allí abajo.
La Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres lo resume con precisión: una amenaza natural se convierte en desastre cuando encuentra población, bienes e infraestructura expuestos y vulnerables. La amenaza puede ser natural. El desastre casi nunca lo es del todo.
Esa distinción cambia la pregunta que solemos hacernos después de un sismo. No basta con preguntar por qué tembló. Habría que preguntar también por qué se cayó lo que se cayó, y todavía más incómodo: cuánto de lo ocurrido ya lo sabíamos antes de que la tierra se moviera.
Lo que la Tierra explicó y lo que nos tocó a nosotros
A las 7:34 de la mañana del lunes 10 de agosto de 2026, la tierra respondió la primera pregunta. Un terremoto de magnitud 7,4, con epicentro en San José del Palmar, Chocó, y una profundidad calculada posteriormente por el Servicio Geológico Colombiano en 103 kilómetros, sacudió buena parte del país. Las estaciones próximas al epicentro registraron entre 90 segundos y dos minutos de movimiento continuo: el evento de mayor magnitud registrado en Colombia durante todo el siglo XXI, según el primer balance oficial del SGC.
La Tierra liberó energía, movió sus ondas, sacudió montañas e hizo vibrar suelos. Esa parte de la historia era enteramente suya. El resto nos tocaba a nosotros, porque cuando aquellas ondas llegaron a Cali, Pereira y Manizales no encontraron solamente edificios y avenidas: encontraron décadas de historia urbana, decisiones tomadas mucho antes, rellenos, humedales borrados de los mapas, quebradas enterradas, suelos blandos y montañas transformadas para hacerles sitio a las ciudades. Encontraron, sobre todo, una notable capacidad humana para olvidar.
Cali: debajo de la ciudad todavía está el agua
Para entender lo ocurrido en Cali hay que volver a una época en que la ciudad todavía podía decidir hacia dónde crecer. En 1950, los arquitectos y urbanistas Paul Lester Wiener y Josep Lluís Sert elaboraron el Plan Piloto de Cali. En aquellos planos había avenidas que todavía no existían y una idea de ciudad futura, pero había también algo más importante: estaba dibujado el territorio, con sus ríos, sus áreas inundables y la presencia del río Cauca marcando restricciones que ninguna línea sobre el papel podía borrar.
Aquella Cali era compacta. Al oriente se extendía una llanura relacionada durante siglos con la dinámica del Cauca, con ciénagas, humedales y terrenos saturados de agua. Después llegó el desarrollo, y desarrollo fue durante mucho tiempo una palabra contra la que parecía imposible discutir. Se drenaron terrenos, se modificaron cauces, se construyeron jarillones, se rellenaron zonas húmedas, y el agua fue desapareciendo de la superficie mientras la ciudad avanzaba: primero unas pocas construcciones, después calles, después barrios, después cientos de miles de personas.
Ocurrió entonces algo profundamente humano: cuando una generación deja de ver el agua, la siguiente puede terminar creyendo que nunca estuvo allí. Pero un humedal no se convierte en roca porque construyamos encima, y un antiguo cauce no deja de formar parte de la geología porque aparezca una avenida sobre él.
Los documentos técnicos del propio municipio llevan décadas advirtiéndolo. Explican que Cali se desarrolló sobre suelos de características físicas y mecánicas muy distintas, algunos capaces de responder desfavorablemente durante un terremoto mediante amplificación, deformación e incluso licuación. El documento de soporte del ordenamiento territorial señalaba específicamente, en el oriente de la ciudad y en los terrenos aluviales del Cauca, extensas áreas susceptibles a ese fenómeno.
La palabra suena rara hasta que se entiende lo que describe. Durante un terremoto suficientemente fuerte, ciertos suelos arenosos saturados de agua pueden perder temporalmente buena parte de su resistencia: el suelo sigue allí, pero por unos instantes deja de comportarse como uno esperaría que se comportara un suelo. Puede deformarse, asentarse o desplazarse, y una estructura construida encima tiene que enfrentar entonces no solo el movimiento horizontal del sismo, sino el cambio de comportamiento del terreno que la sostiene.
Nadie sabía que ocurriría aquel lunes a las 7:34. Lo que sí se sabía era que podía ocurrir un terremoto fuerte y que determinados suelos de Cali reaccionarían peor que otros: son cosas muy distintas. La ciencia no puede decirnos qué lunes va a temblar, pero sí puede indicarnos dónde un terremoto hará más daño. Ahí empieza la responsabilidad.
Habrá que esperar los estudios técnicos para determinar con precisión qué papel jugaron los suelos en cada colapso, cada inclinación y cada estructura averiada; sería irresponsable afirmar hoy que un edificio cayó por licuación sin una investigación geotécnica que lo confirme. Pero hay algo que no necesita esperar ninguna investigación: Cali conocía su vulnerabilidad. La tenía dibujada, estudiada y escrita en documentos públicos. Por eso la pregunta más importante no es si lo sabíamos, sino qué hicimos con lo que sabíamos.
Pereira: el río debajo de los zapatos
En Pereira la historia puede contarse caminando. Un hombre cruza hoy una calle del centro, compra algo, espera que cambie el semáforo, y debajo de sus zapatos corre una quebrada que probablemente ni él ni la mayoría de los pereiranos recuerdan que existe. Se llama Egoyá. Alguna vez estuvo a cielo abierto y formó parte del paisaje, hasta que se convirtió en problema: la ciudad crecía, la quebrada empezó a recibir aguas residuales y la modernización urbana reclamaba calles rectas y mejores condiciones sanitarias.
Entonces comenzaron a cubrirla. El proceso de canalización avanzó desde las primeras décadas del siglo XX, con depresiones rellenadas con tierras, escombros y otros materiales sobre los que después aparecieron calles y construcciones. Egoyá desapareció de la mirada, pero nunca desapareció del territorio: la ciudad terminó caminando encima de su propia geografía, y los terremotos comenzarían a recordárselo.
Los estudios posteriores revelaron que sectores asociados a Egoyá, La Dulcera y La Arenosa poseen rellenos antrópicos heterogéneos, blandos o muy blandos, de espesores considerables. La microzonificación sísmica de Pereira identificó expresamente esas zonas y sus diferencias respecto de los terrenos naturales que las rodean.
El 25 de enero de 1999 llegó el terremoto, y ocurrió algo que debería haberse convertido en memoria colectiva: los daños volvieron a concentrarse justamente en las áreas de relleno alrededor de Egoyá, La Arenosa y La Dulcera, según registraron después los propios documentos técnicos de planificación de la ciudad. El dato más inquietante llegó de otra parte. El Informe de Evaluación Global sobre Reducción del Riesgo de Desastres de Naciones Unidas usó a Pereira como ejemplo internacional de cómo una sociedad puede construir riesgo durante décadas: el sector de Egoyá representaba apenas una fracción pequeña del área urbanizada, pero concentró alrededor del 43 por ciento de los daños del terremoto de 1999, y cerca del 23 por ciento de las edificaciones afectadas ya había sufrido daños en un sismo anterior, en 1995.
Es decir, la ciudad había recibido una primera advertencia y después recibió otra. Naciones Unidas reconstruyó el proceso completo: la quebrada fue canalizada, los terrenos próximos fueron rellenados, la ciudad necesitaba espacio para crecer y las antiguas construcciones livianas fueron sustituidas progresivamente por edificaciones más pesadas. Cuando llegaron los terremotos, muchos habitantes ya ni siquiera recordaban que allí había existido una quebrada.
Ahí está quizá lo más revelador del caso de Egoyá: el riesgo también tiene arqueología, y hay que excavar en las decisiones humanas para encontrarlo. Una generación contamina una quebrada, otra decide canalizarla, otra rellena, otra construye, otra compra apartamentos y otra olvida —y el terremoto llega mucho después. Ninguna de esas decisiones, vista por separado, parece haber creado el desastre, pero juntas construyeron las condiciones para que ocurriera. Así funciona el riesgo: no siempre aparece de repente, a veces necesita cincuenta años para fabricarse, a veces cien.
El 10 de agosto de 2026 volvió a temblar, y Egoyá seguía allí, bajo las calles, bajo los edificios, corriendo en la oscuridad. Porque se puede esconder un río. Lo que no se puede es borrarlo.
Manizales: la ciudad que tuvo que inventar suelo
Manizales cuenta otra historia distinta. Aquí no hubo una gran llanura inundable ni una sola quebrada sepultada bajo el centro: la ciudad tuvo, desde el principio, un problema todavía mayor, porque casi no había dónde construirla. Sus fundadores encontraron filos estrechos, montañas, cañadas y pendientes pronunciadas, y aun así construyeron. Hay algo admirable en esa historia: hacer una ciudad de aquel territorio exigió ingenio, trabajo y una capacidad extraordinaria para transformar la montaña.
Pero cada transformación deja consecuencias. Las calles fueron buscando las partes altas, los filos se convirtieron en corredores urbanos, y la carrera 23 terminó siendo el gran eje de expansión hacia el oriente, hoy Avenida Santander, rodeada de viviendas, comercios y edificios de muchos pisos. En distintos puntos fue necesario rellenar depresiones, modificar pendientes, estabilizar taludes y producir artificialmente superficies donde la montaña no ofrecía ninguna. Manizales, literalmente, tuvo que fabricar una parte del suelo sobre el que crecería, algo que su propia microzonificación sísmica reconoce al identificar zonas de relleno y terrenos artificiales que requieren consideraciones particulares frente al comportamiento sísmico.
A eso se suma que Manizales se encuentra en una región tectónicamente compleja, que no depende de una sola falla que pueda dibujarse con un marcador rojo sobre un mapa, sino de diversos sistemas y estructuras geológicas dentro de una zona sísmicamente activa. Nada de esto era un secreto: Manizales sabe de terremotos desde hace generaciones, sabe de incendios y de deslizamientos, y sabe que construir en montaña exige mucho más que arquitectura. Exige conocer el terreno.
Aun así, el 10 de agosto esa ciudad acostumbrada a convivir con el riesgo recibió un golpe extraordinario. Días después, la Alcaldía hablaba de unas 10.000 viviendas impactadas, miles de predios evacuados y miles de personas damnificadas; para el 22 de agosto ya se habían recibido más de seis mil solicitudes de revisión estructural. La cifra impresiona, pero detrás de cada número hay una casa, y detrás de cada casa una historia: una familia que dormía allí, una escritura guardada en un cajón, un negocio en el primer piso, una señora que durante treinta años regó las mismas matas en el balcón. Cuando hablamos de vulnerabilidad estructural podemos olvidar que las estructuras están llenas de gente, y por eso la gestión del riesgo nunca es una conversación exclusiva entre ingenieros. Es una conversación sobre seres humanos.
Habrá que estudiar durante meses qué ocurrió con cada edificación afectada: fallas estructurales, daños no estructurales, construcciones de distintas épocas normativas, terrenos con respuestas diferentes, errores humanos, y probablemente también estructuras que se comportaron extraordinariamente bien y salvaron vidas porque alguien hizo las cosas correctamente. Eso también deberá contarse, porque estudiar un desastre no consiste solo en buscar culpables, sino en descubrir qué funcionó y qué falló para que no vuelva a ocurrir.
El terremoto empezó mucho antes de las 7:34
Esta es quizá la idea más difícil de aceptar: el terremoto comenzó a las 7:34 de la mañana, pero el desastre no. El desastre llevaba años construyéndose, en algunos lugares décadas y en otros casi un siglo. Se construye riesgo cuando una ciudad ocupa un terreno sin comprenderlo del todo, cuando una norma existe pero nadie la vigila, cuando un estudio técnico termina archivado, cuando un mapa de amenaza solo circula entre especialistas, cuando una administración conoce una vulnerabilidad y la siguiente empieza otra vez desde cero.
Por eso resulta tan engañosa la expresión desastre natural: parece absolvernos. Si el desastre fue natural, entonces nadie podía hacer nada; la montaña cayó, el río creció, la tierra tembló, qué desgracia, a reconstruir, y después seguimos exactamente igual. Pero si aceptamos que la amenaza fue natural y que buena parte del riesgo fue socialmente construido, aparece una palabra más incómoda: responsabilidad. No significa culpar a nadie por un terremoto —ninguna persona provoca el movimiento de las placas tectónicas mediante un decreto municipal—, sino aceptar que las consecuencias de un sismo dependen también de decisiones tomadas mucho antes de que ocurra: dónde construimos, cómo construimos, qué permitimos, qué vigilamos y qué decidimos olvidar.
La ciudad contra su propia memoria
Cali olvidó gradualmente sus humedales porque dejaron de verse. Pereira olvidó Egoyá porque la cubrió. Manizales normalizó la transformación de la montaña porque generaciones enteras nacieron cuando esa transformación ya formaba parte del paisaje. Es comprensible: las ciudades necesitan olvidar un poco para poder vivir, porque nadie puede caminar todos los días pensando que debajo del edificio hay un relleno o que hace setenta años aquel barrio era una ciénaga.
El problema empieza cuando también lo olvidan quienes toman decisiones. La memoria del riesgo no puede depender solo del recuerdo de los habitantes: tiene que quedar incorporada en las normas, en los catastros, en los planes de ordenamiento, en las licencias, en los diseños estructurales y en la educación. Una ciudad resiliente no es la que vive aterrorizada por su territorio, sino la que lo conoce.
Después de cada desastre ocurre algo curioso: aparecen documentos que ya existían. Alguien encuentra un estudio de hace veinte años, otro descubre un mapa olvidado, un experto explica en televisión que aquella zona estaba identificada desde hacía décadas, y todos preguntamos por qué no se hizo nada. Pero casi nunca es tan sencillo, porque muchas veces sí se hizo algo: se fortalecieron normas, se elaboraron microzonificaciones, se construyeron colectores, se reforzaron estructuras. Colombia aprendió muchísimo después de Popayán en 1983 y de Armenia en 1999, y las normas de construcción sismorresistente cambiaron en serio. El problema es creer que haber avanzado significa haber terminado.
La memoria del desastre envejece rápido. Primero están los muertos, y entonces nadie olvida; después llegan los aniversarios, luego las placas conmemorativas, después los documentos, y finalmente una generación que no había nacido cuando ocurrió. El riesgo vuelve a parecer abstracto, hasta que vuelve a temblar.
La memoria que tiene la tierra
La naturaleza no recuerda como nosotros. No tiene nostalgia ni organiza conmemoraciones: su memoria está escrita en los sedimentos, en los cauces, en las fallas, en las pendientes, en una llanura que durante siglos recibió inundaciones, en la ceniza volcánica acumulada sobre una montaña, en los depósitos que dejó un río antes de que existiera la ciudad. Nosotros podemos cambiar el nombre de una calle, pero la geología no cambia de nombre. Podemos cubrir una quebrada, pero el agua sigue buscando la pendiente. Podemos rellenar un humedal, construir encima, vender, escriturar, pavimentar y hasta olvidar, pero sus sedimentos permanecen debajo. La tierra no necesita recordar: simplemente sigue siendo lo que es.
Reconstruir sin repetir
Ahora empieza quizá la fase más peligrosa del terremoto: la reconstrucción. Existe una urgencia legítima —la gente necesita vivienda, los comerciantes necesitan volver a abrir, los colegios deben funcionar—, y ahí aparece la tentación de reconstruir rápido y dejar todo tal como estaba. Pero si el 10 de agosto deja alguna enseñanza es que reconstruir no puede significar reproducir exactamente las mismas condiciones que fallaron.
Cada edificio que deba demolerse debería dejar una pregunta técnica: por qué falló. Cada estructura que resistió debería dejar otra: por qué resistió. Cada sector especialmente afectado merece compararse con los mapas de microzonificación existentes, para que cada daño se convierta en información, cada información en conocimiento y cada conocimiento en decisión. De lo contrario tendremos fotografías, monumentos y discursos, pero no memoria —porque la verdadera memoria de un terremoto no consiste en recordar cuánto miedo sentimos, sino en cambiar lo que hacemos después.
El próximo terremoto
Habrá otro. No sabemos si dentro de seis meses, de veinte años o de cincuenta: la ciencia no puede señalar un día en el calendario. Pero sabemos que Colombia seguirá temblando. El Servicio Geológico Colombiano explica que nuestra ubicación tectónica —particularmente la subducción de la placa de Nazca bajo la Sudamericana y la existencia de numerosos sistemas de fallas— hace que los terremotos formen parte inevitable de la dinámica del territorio colombiano. Colombia es nos guste o no el país mas sísmico del mundo.
El próximo terremoto ya pertenece a la naturaleza. El próximo desastre, todavía no. Eso depende, en una parte enorme, de nosotros: de qué hagamos con Cali después de descubrir de nuevo lo que existe debajo de Cali, de que Pereira no vuelva a olvidar que Egoyá corre bajo sus calles, de que Manizales convierta cada dato recogido después del 10 de agosto en una herramienta para reconstruir mejor, de que las microzonificaciones sísmicas dejen de ser documentos que solo conocen los especialistas, y de que el ordenamiento territorial deje de discutir únicamente dónde puede construirse para empezar a discutir también dónde debe construirse.
Porque un río no desaparece, una falla no se muda, un humedal no se convierte en roca por decreto, y un suelo de relleno no cambia su historia solo porque encima levantemos un edificio hermoso.
El 10 de agosto de 2026 la naturaleza produjo un terremoto: la Tierra hizo lo que ha hecho durante millones de años, se movió. Pero cuando terminó de moverse quedaron muertos, heridos, familias sin vivienda, edificios destruidos, comercios cerrados y ciudades enteras preguntándose cómo reconstruirse. Eso ya no era geología. Era nuestra historia.
Quizá por eso el verdadero epicentro que debemos buscar ahora no está a 103 kilómetros de profundidad bajo San José del Palmar. Está mucho más cerca: en nuestras ciudades, en nuestras decisiones, en nuestros archivos, en nuestros planes de ordenamiento, en aquello que sabíamos y dejamos de recordar. Ese es el terremoto que todavía podemos detener. El terremoto del olvido.
“La naturaleza provoca el fenómeno. El desastre lo construimos nosotros.”
*Ángel María Ocampo Cardona es un destacado historiador, educador y escritor colombiano, ampliamente reconocido por sus rigurosas investigaciones sobre la historia regional, el civismo y los procesos de colonización en los departamentos de Caldas, Risaralda y Antioquia.
Nota
Manizales no solo contempla las montañas: vive sobre una geografía activa, marcada por sistemas de fallas que forman parte de su historia sísmica. En nuestra crónica “El Terremoto del Olvido” contamos por qué resulta tan importante conocerlas, qué significa que la Falla de Romeral pase a apenas unos 3 kilómetros de la ciudad y cómo ese dato cambia la manera de entender el riesgo. Lo invitamos a leer esta investigación, no para sembrar miedo, sino para mirar el territorio con memoria, conocimiento y responsabilidad.
3 respuestas
Gracias al doctor Eleuterio por brindar este espacio para públicar nuestras inquietudes sobre el terremoto del pasado 10 de agosto y propiciar el diálogo y la reflexión en la comunidad en torno a las lecciones que deben ser aprendidas a partir de los efectos del movimiento sísmico.
Buenas tardes.
Esta columna contiene información bastante importante sobre los riesgos a los cuales estamos expuestos como ciudadanos. Por esta razón, desearía que fuera ampliamente difundida en todos los sectores de la sociedad. Llegado el caso de que sea así, la historia no quedaría suspendida en el tiempo y, por consiguiente, no nos costaría vidas.
Gracias por el apoyo que representa este comentario, La Revissta de Caldas fue creada para este fín divulgar lo que la prensa regional no publica y que se debería publicar, los sismos son fenómenos naturales los desastres los hacemos los humanos. Por esta razón se creo el Proyecto Protección y vida que terminara con la publicación del Libro digital, «Cuando la tierra habla»