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Jorge Alberto Jaramillo Vargas se suma al equipo de columnistas

Abogado, profesor universitario, promotor cultural y fundador del Centro Histórico de Manizales, Jaramillo Vargas ha dedicado buena parte de su vida al estudio del derecho, la reflexión sobre los asuntos públicos y la defensa del patrimonio histórico y cultural de la región. Su trayectoria académica y profesional, sumada a su permanente participación en el debate ciudadano, lo convierten en una de las voces más autorizadas y respetadas de Caldas.

La Revista de Caldas le da la bienvenida al doctor Jorge Alberto Jaramillo Vargas como nuevo columnista habitual de esta casa editorial.

Abogado, profesor universitario, promotor cultural y fundador del Centro Histórico de Manizales, Jaramillo Vargas ha dedicado buena parte de su vida al estudio del derecho, la reflexión sobre los asuntos públicos y la defensa del patrimonio histórico y cultural de la región. Su trayectoria académica y profesional, sumada a su permanente participación en el debate ciudadano, lo convierten en una de las voces más autorizadas y respetadas de Caldas.

A partir de esta edición, nuestros lectores podrán encontrar sus análisis y reflexiones sobre la actualidad política, las instituciones democráticas, la historia y los desafíos que enfrenta Colombia en tiempos de profundas transformaciones.

Su primera colaboración, titulada “Por qué votaré por un indeseable”, es una aguda reflexión sobre la democracia, la responsabilidad ciudadana y los dilemas que surgen cuando las elecciones no ofrecen opciones ideales, sino la necesidad de escoger entre riesgos e incertidumbres. Con un estilo directo, crítico y sustentado en referencias históricas, el autor invita a pensar la política más allá de las pasiones partidistas y de los entusiasmos momentáneos.

Con la incorporación del doctor Jorge Alberto Jaramillo Vargas, La Revista de Caldas fortalece su espacio de opinión y análisis, reafirmando su compromiso con el pluralismo, el pensamiento crítico y el debate respetuoso de las ideas.

Votar por un indeseable

Jorge Alberto Jaramillo

La historia política es el cementerio de los males menores.
Los conservadores alemanes apoyaron a Hitler para impedir la llegada de los bolcheviques. Después vinieron los muertos, las ruinas y la ocupación soviética de media Alemania durante cuarenta años.
El mal menor había cumplido su misión.
La historia está llena de episodios semejantes.
Uno termina sospechando que el problema no es que los hombres elijan el mal.
El problema es la confianza con la que creen haber identificado el menor.
Por eso desconfío de quienes votan con entusiasmo.
El entusiasmo político es una enfermedad infantil de la inteligencia.
Dentro de pocos días votaré por un indeseable.
No es una confesión heroica.
Es apenas una descripción administrativa de los hechos.
Soy liberal en el único sentido de la palabra que todavía me parece respetable.
No creo en salvadores.
No creo en hombres providenciales.
No creo en proyectos históricos destinados a redimir a la humanidad.
Pero tampoco creo que los seres humanos necesiten ser redimidos por políticos.
Creo en la libertad.
Creo que las sociedades prosperan menos por la sabiduría de sus gobernantes que por la energía de sus ciudadanos.
Soy liberal porque tengo una opinión demasiado alta de las personas para entregarlas a los políticos.
La izquierda me explica que necesita más poder para construir una sociedad justa.
La derecha me explica que necesita más poder para corregir los daños producidos por la izquierda.
Ambas parecen compartir la misma fe.
La fe en el poder.
La izquierda teme el poder en manos de la derecha.
La derecha teme el poder en manos de la izquierda.
El liberal teme el poder.
El problema es que en esta elección no encuentro al liberalismo por ninguna parte.
Ni esa izquierda me representa.
Ni esa derecha me seduce.
La conclusión lógica sería abstenerse.
Durante semanas consideré hacerlo.
Después recordé que negarse a tomar una decisión también es una decisión.
La vida castiga con especial severidad a quienes creen que pueden escapar de los dilemas.
La política también.
La abstención tiene una excelente reputación entre las personas inteligentes.
Permite conservar intacta la conciencia.
Desgraciadamente también conserva intacta la realidad.
Fue entonces cuando dejé de preguntarme cuál candidato se acercaba más a mis ideales.
Ninguno lo hacía.
Empecé a preguntarme cuál me preocupaba más.
No cuál me desagradaba más.
Cuál me preocupaba más.
Son preguntas distintas.
Hay personas desagradables que respetan límites.
Y personas encantadoras que no los respetan.
La primera señal apareció cuando el presidente y el candidato de su sector se negaron a aceptar plenamente los resultados de la primera vuelta.
Hay momentos en los que una democracia revela el carácter de sus dirigentes.
No ocurre cuando ganan.
Ocurre cuando los hechos les llevan la contraria.
Cuando un político empieza a sospechar de los votos porque los votos no coinciden con sus expectativas, está confesando algo importante.
No considera que sus ideas deban someterse a la realidad.
Considera que la realidad debería someterse a sus ideas.
Y esa convicción ha causado más desgracias que la mayoría de las ideologías.
La segunda señal fue más silenciosa.
Los hombres envejecen.
Las maquinarias aprenden.
Y una maquinaria política que puede extenderse a ocho años suele saber más sobre cómo conservarse que sobre cómo gobernar.
Tal vez me equivoque.
La probabilidad no es despreciable.
Los conservadores alemanes también tenían argumentos.
Siempre hay argumentos.
La historia es el cementerio de las certezas políticas.
He intentado encontrar una razón más noble.
No la he encontrado.
He intentado convencerme de que estoy defendiendo una gran causa histórica.
Tampoco.
La verdad es más incómoda.
No veo en ninguno de los candidatos la encarnación de mis principios.
Veo dos formas distintas de tentación política.
Dos maneras distintas de creer que el poder puede arreglar los daños producidos por el poder.
Y, sin embargo, debo elegir.
Ésa es la parte que los fanáticos nunca entienden.
Creen que la dificultad consiste en escoger entre el bien y el mal.
La verdadera dificultad aparece cuando uno sospecha que el bien no está en la papeleta.
Cuando la elección no consiste en encontrar una solución sino en administrar una amenaza.
Cuando votar deja de parecerse a un acto de esperanza y empieza a parecerse a un acto de responsabilidad.
Durante semanas busqué una salida elegante.
La abstención.
La pureza.
La distancia.
La cómoda superioridad moral de quienes nunca se equivocan porque nunca deciden.
Pero las repúblicas no son gobernadas por quienes tienen razón.
Son gobernadas por quienes comparecen.
Y la abstención tiene una virtud indiscutible: permite conservar las manos limpias.
También permite conservar intacto aquello que ensucia las manos.
Al final comprendí que no estaba escogiendo entre dos hombres.
Estaba escogiendo entre dos riesgos.
Entre dos futuros imperfectos.
Entre dos errores posibles.
No sé cuál de ellos resultará más dañino.
Nadie lo sabe.
Si lo supiéramos, la política sería una ciencia.
Como no lo sabemos, es una tragedia.
Y, sin embargo, votaré.
Lo haré con la misma alegría con la que uno firma un consentimiento quirúrgico.
No porque espere algo bueno.
Porque temo algo peor.
Quizás dentro de algunos años descubra que me equivoqué.
Quizás descubra que el mal menor era simplemente un mal más paciente.
La historia aconseja prudencia al respecto.
Pero los ciudadanos no tenemos derecho a leer el último capítulo antes de escribir el siguiente.
Nos toca decidir en medio de la niebla.
Y aceptar después la responsabilidad.
Ésa es la parte verdaderamente trágica.
No que existan malos gobernantes.
Sino que, de vez en cuando, hombres razonables terminan ayudando a escogerlos.
Con argumentos.
Con prudencia.
Con buenas intenciones.
Como siempre.
Por eso votaré por un indeseable.
Sin entusiasmo.
Sin ilusiones.
Y sin inocencia.

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