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Kiwanis Salamina: cuando el civismo fue bandera y transformó la comunidad

.El texto evoca con nostalgia el impacto cívico y filantrópico del Club Kiwanis en Salamina durante los años ochenta. Tras repasar la historia global de esta organización enfocada en la infancia, el autor resalta logros locales como los padrinazgos canadienses, las caminatas comunitarias y la construcción del parque infantil. Un homenaje justo a los voluntarios que dejaron una huella imborrable.

En los años ochenta sembró para el futuro.

En días recientes un acucioso internauta, quien actúa como “Cronista Gráfico” en la época bicentenaria, con el apoyo de imágenes está sacudiendo los recuerdos de quienes crecimos en Salamina y planteó la siguiente pregunta: «¿Quiénes recuerdan las actividades del Club Kiwanis en Salamina? “¿Participaron en alguna rifa, campaña o evento organizado por ellos?»

Mi respuesta es SI. Tuve el honor de ser admitido como miembro de esa organización internacional, capítulo Salamina, en los años ochenta del siglo veinte y luego en el Capítulo El Dorado de la capital de la República. Pero la idea no es personalizar el suceso sino ilustrar sobre lo que significó para nuestro municipio la existencia de un grupo de ciudadanos unidos en tono a las causas cívicas, sin más retorno que la sonrisa de un niño o la satisfacción del propósito cumplido. Su espíritu cívico demostró que la ciudadanía activa cambia destinos y la filantropía enseñó que la generosidad construye comunidad.

Por esos días la solidaridad no era un algoritmo ni una tendencia pasajera en las redes sociales; era un pacto de caballeros, un apretón de manos y una convicción inquebrantable por el bienestar del vecino. En la década de los ochenta, mientras el país transitaba por senderos complejos, en la patria chica, un grupo de amigos decidió que la pasividad no era una opción. No se trataba de una cofradía de salón ni de un club de elogios mutuos; era una fuerza viva de trabajo voluntario orientada a mitigar las carencias de la infancia, sobre todo, apoyar la educación y brindar espacios de dignidad para los más vulnerables. Movidos por un amor profundo al terruño y un espíritu filantrópico ejemplar, alzaron la mirada hacia el horizonte global y trajeron a sus calles empinadas el eco de una organización admirable: el Club Kiwanis International.

Revisadas las reseñas sobre el propósito e historia de esta organización se puede resumir así: “el nacimiento de Kiwanis International se enmarca en la segunda década del siglo XX en los Estados Unidos. La organización fue fundada el 21 de enero de 1915 en Detroit, Michigan. Inicialmente, el grupo se registró bajo el nombre de Orden Benevolente de Hermanos. Poco tiempo después, los fundadores decidieron buscar un nombre más distintivo. Eligieron «Kiwanis», una adaptación de la expresión Nunc Kee-wanis, perteneciente a la tribu indígena americana de los Algonquinos (que habitaba la zona de los Grandes Lagos). La traducción original y el espíritu detrás del término se entendieron como «hacemos negocios» o «comerciamos».

La organización adquirió su carácter International muy temprano, el 1 de noviembre de 1916, al fundarse el primer club fuera de las fronteras estadounidenses, en Hamilton, Ontario (Canadá). En sus primeros cuatro años, Kiwanis funcionó primordialmente como una red de contactos comerciales y apoyo mutuo entre profesionales y empresarios locales (un networking de la época). Sin embargo, el contexto de la posguerra tras la Primera Guerra Mundial provocó una profunda catarsis interna. El año 1919 marcó el gran hito historiográfico de la organización: en su convención anual, los miembros decidieron desvincularse formalmente del enfoque puramente comercial para convertirse en una organización de servicio comunitario voluntario. Al cambiar su dinámica, cambiaron también su lema a «We Build» (Nosotros Construimos), reflejando su nuevo enfoque en el desarrollo social. Durante las décadas siguientes, Kiwanis se expandió de manera masiva. Su internacionalización real más allá de Norteamérica se consolidó en la década de 1960, abriendo clubes en México (1962), Europa (Austria, 1963) y extendiéndose con fuerza por América Latina y la región de Asia-Pacífico.

A lo largo de los años, la organización fue acotando y especializando su campo de acción. Aunque originalmente atendían diversas problemáticas comunitarias, descubrieron que el impacto más transformador y sostenible a largo plazo se lograba interviniendo en las infancias. En 2005, el lema histórico mutó oficialmente al actual: «Serving the Children of the World» (Sirviendo a los niños del mundo). Hoy en día, la finalidad institucional de Kiwanis International se sintetiza en: Enfoque en la infancia.: Crear un impacto positivo a través de programas locales e internacionales de salud, nutrición, educación y seguridad para niños, bajo la premisa de «mejorar el mundo, un niño y una comunidad a la vez». Con sede actual en Indianápolis, Indiana, la organización cuenta con una red de alrededor de 500,000 voluntarios en más de 80 países, convirtiéndose en uno de los pilares del tejido asociativo y civil del siglo XX y XXI”.

La filial de Kiwanis en Salamina durante los años ochenta se convirtió rápidamente en un motor de transformación social. Con aquellos amigos, combinando diversas profesiones y talentos, pasamos de las tertulias cafeteras a la acción comunitaria directa. Sus huellas aún se perciben en la memoria colectiva del municipio. Podría afirmar, sin temor alguno, que el capítulo Salamina de los Kiwanis, se anticipó a la tendencia mundial de hacer énfasis en la niñez y la muestra fueron dos programas insignias:

1) El padrinazgo desinteresado de ciudadanos canadienses que dotaron muchos cuartos de niños de escasos recursos con el ajuar completo y útiles escolares. La única contraprestación fue el envío de una fotografía del menor beneficiario y su inocente sonrisa.

2) La construcción del parque infantil en la salida hacia Pácora. Un espacio que brindó solaz y esparcimiento a los infantes y sus familias, que hoy, lamentablemente está en alto grado de deterioro y descuido. De las principales actividades para recolectar fondos fueron las inolvidables CAMINATAS, que se convirtieron en insignia de la organización. Era un día de fiesta comunal, no había distingo alguno entre los asistentes y una camiseta era el símbolo de la solidaridad y la fraternidad. En el recorrido, casi siempre hasta la vereda La Unión, se veían grupos de amigos y familiares con el espíritu rebosante de alegría y ansiosos por rematar al son de orquestas locales o de otras latitudes. El regreso también se hacía en paz y sana convivencia.

Como se mencionó, el “Club Kiwanis” tuvo prioridad absoluta en la niñez: campañas de salud, entrega de complementos alimenticios en sectores vulnerables y dotación de útiles escolares para que ningún niño salamineño viera truncado su derecho a aprender. Además, gestión de espacios para la vida: apoyo en la mejora de entornos recreativos, entendiendo que el juego y la lúdica son vitales para el desarrollo de los futuros ciudadanos. Cada obra ejecutada no llevaba el sello de la vanidad personal, sino el orgullo colectivo de ver sonreír a un niño.

Hoy, los años han encanecido los cabellos de aquellos entusiastas de los ochenta. Esos amigos, Oscar, Álvaro, Uriel, Rubén, Leoncio, Héctor, Rubén Darío, Javier, entre otros, en su edad adulta y con el deber cumplido, caminan algunos por las calles coloniales de Salamina y otros, en tierras lejanas, con la frente en alto y la satisfacción del sembrador que ve el árbol dar sus frutos. Muchos de esos niños que alguna vez recibieron el amparo de una acción Kiwanis son hoy los profesionales, líderes y trabajadores que sostienen el tejido social del municipio.

Es lamentable que las generaciones posteriores no hubieran recibido el estandarte para conservar viva esa organización cívica, la cual, daría apoyo sin par a las causas nobles que motivaron su creación.

Este escrito es, antes que nada, un acto de estricta justicia y reconocimiento. En tiempos donde el individualismo parece ganar terreno, la historia de la filial Kiwanis de Salamina emerge como un faro de luz en estos días de evocaciones bicentenarias. Es un recordatorio urgente para las nuevas generaciones de que el verdadero valor de una sociedad no se mide por lo que acumula, sino por lo que es capaz de dar. Quisimos testificar que el civismo no es un concepto de diccionario, sino un ejercicio diario de amor por el territorio y sus gentes. Su legado no está escrito en mármol, sino en el destino transformado de cientos de niños salamineños.

A ellos, mis compañeros visionarios de los ochenta, el respeto imperecedero de un pueblo que, quizás no olvida. La organización dejó una huella que trascendió su época, demostrando cómo la voluntad de servir puede transformar una comunidad completa. Que su ejemplo de asociatividad, filantropía y amistad desinteresada sea la chispa que encienda los nuevos liderazgos que Salamina y Caldas necesitan.

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