La democracia tiene un valor que va mucho más allá del resultado de una elección: representa la voluntad soberana de un pueblo. Millones de colombianos acudieron a las urnas y, con su voto, eligieron un nuevo presidente y un nuevo rumbo para el país. Ese mandato merece respeto, incluso de quienes no compartimos esa visión política. Así funciona una democracia sólida: aceptando las decisiones de las mayorías sin renunciar a nuestras convicciones.
Por eso resulta desconcertante que, mientras en Cali se completaba el tránsito institucional más solemne que contempla nuestra Constitución, un sector de la izquierda colombiana decidiera responder no con la altura que exige el momento, sino con el desplante. En Barranquilla, el propio candidato derrotado en las urnas el 21 de junio lideró una concentración de rechazo a la investidura, en el mismo instante en que el país recibía a un rey, a media docena de presidentes de la región y a delegaciones que llegaban a reconocer, sin reparo, la legitimidad del nuevo gobierno. Ese gesto no es oposición: es negación. Y hay una diferencia enorme entre discrepar de un proyecto político y negarse a reconocer que ese proyecto ganó, con las reglas claras, la confianza mayoritaria de los colombianos.
Cuesta trabajo entender que, a pocas horas de conocerse la intercepción de un autobús cargado de explosivos con rumbo a la propia ciudad donde se posesionaba el presidente, la respuesta de una parte de la izquierda no fuera el rechazo unánime a la violencia, sino la organización de una jornada de protesta paralela a la ceremonia. Se puede disentir del Tigre, de su discurso, de sus métodos o de su proyecto; lo que no se puede hacer, sin desdibujar el sentido mismo de la democracia, es tratar el triunfo electoral del adversario como una anomalía que hay que combatir en la calle en lugar de fiscalizar desde las instituciones. Colombia no necesita una izquierda que se declare permanentemente en pie de guerra contra cada gobierno que no sea el suyo; necesita una izquierda capaz de perder con dignidad, tan capaz como esperaría serlo si hubiese ganado.
Hoy es momento de comprender que Colombia necesita mucho más que disputas ideológicas. Necesita ciudadanos capaces de poner el interés nacional por encima de las diferencias partidistas. Quienes votaron por otras opciones tenemos el derecho a expresar nuestras opiniones y a señalar aquello que consideremos equivocado, pero también la responsabilidad de desear sinceramente que al nuevo gobierno le vaya bien. Porque si el país avanza, las oportunidades crecen, la economía mejora y la calidad de vida aumenta, ese beneficio será para todos los colombianos, sin importar el color político de cada uno. Ese principio, tan elemental, parece haberse extraviado en el discurso de quienes convirtieron la derrota electoral en agravio personal y el desacuerdo legítimo en desplante permanente.
Apoyar las decisiones que sean acertadas no significa renunciar a nuestros principios ni convertirnos en seguidores de una corriente política distinta. Significa actuar con madurez, pensando primero en el bienestar colectivo. Colombia ha sufrido durante demasiado tiempo las consecuencias de la polarización, del enfrentamiento permanente y de la incapacidad para construir sobre lo que nos une. Y ese enfrentamiento no se resuelve con más gritos, sino con el ejercicio sereno de la crítica: la que se hace con argumentos en el Congreso, con vigilancia desde la prensa libre, con propuestas concretas y no con la simple negación del adversario. La verdadera oposición no le teme a que el otro gobierne bien; le preocupa, sobre todo, que el país no avance, porque entiende que perder una elección no es perder la patria.
Es tiempo de demostrar que el amor por la patria está por encima de cualquier bandera política. Que podemos discrepar con respeto, aportar con argumentos y trabajar juntos por un país más justo, seguro y próspero. Las elecciones terminaron; ahora comienza la tarea de construir nación. Quienes insisten en prolongar la campaña electoral convertida en protesta permanente, en lugar de asumir el nuevo escenario político, le hacen un flaco favor no solo a su propio proyecto, sino al país entero, que necesita respirar después de una contienda tan reñida como la que vivimos el pasado 21 de junio.
Que el éxito del nuevo gobierno sea el éxito de Colombia. Que las buenas decisiones cuenten con el respaldo de todos y que los errores se corrijan mediante el diálogo y las instituciones, no mediante el desconocimiento sistemático de cada acto de gobierno. Una izquierda madura, con vocación de futuro, tendría hoy la oportunidad histórica de mostrarle al país una oposición distinta a la que hemos padecido durante años: una que fiscaliza sin sabotear, que corrige sin descalificar y que entiende que la patria no le pertenece a ningún partido. Esa sería, sin duda, la mejor noticia posible para la democracia colombiana, mucho más valiosa que cualquier concentración de rechazo organizada al calor de la derrota.
Al final, más allá de nuestras diferencias, todos compartimos el mismo hogar: Colombia. Y ese hogar no se construye a punta de desplantes, sino de la disposición sincera de anteponer el país a cualquier bandera, incluso cuando esa bandera no sea la que hoy ondea en la Casa de Nariño o en la Casa Presidencial de Barranquilla.