¡Ave María pues, mi gente linda de Salamina! Aquí volvió Timoteo, resucitado como Lázaro, porque ya me tenían con la lengua afuera preguntando que dónde andaba metido, que si me había ido pa’ Medellín a probar suerte, que si por fin me había puesto a trabajar en serio, o que si el berraco se había conseguido un oficio decente y había colgado el cuaderno de chismes. ¡Qué va, mi gente, qué va! Nada de eso.
Lo que pasó, para que se queden tranquilos, fue que Tello —sí, ese mismo Tello, como todavía le dicen por ahí a Don Eleuterio, aquel que se paraba bajo los tres palos defendiendo al San Juan de Dios con una entrega que ni el propio cura le exigía, y del que dicen las malas lenguas que atajaba hasta los madrazos que le tiraban desde la tribuna— pues Tello, digo, anduvo estos últimos quince días más enredado que carreta en bajada, y no me publicó ni un solo chisme de nuestra querida Salamina.
Pero eso sí, óiganme bien: mientras el hombre andaba ocupado hasta las orejas, más atareado que cura en Semana Santa, yo no me quedé cruzado de brazos como estatua de plaza. ¡Qué va! Seguí con el ojo pelado y la oreja parada, escuchando por aquí, preguntando por allá, arrimándome donde la gente comenta bajito, porque en este pueblo ya se sabe: las paredes oyen, las tiendas rumoran, y algunas señoras hasta tienen WhatsApp con notificación activada.
Y les cuento, para que se relaman: ¡valió la pena aguantar la espera! Porque tengo guardaditos unos chismes de esos bien sazonados, con su ají, su limoncito y hasta su ramita de cilantro.
Así que arrímense al fogón, sirvan tinto, y no se me despeguen, que El Rincón de Timoteo vuelve con toda la malicia salamineña.
Yo no afirmo ni desmiento, conste en acta, que aquí uno solamente cuenta lo que le cuentan por ahí, sentadito en el andén, con el oído bien parado, y que cada quien saque sus propias conclusiones, que pa’ eso Dios nos dio cabeza y no solamente pa’ cargar sombrero.
Resulta, mi gente, que para celebrar el cumpleaños del señor «burgo mestro» —así lo dicen por ahí, con esa jerga tan nuestra, aunque el diccionario diga burgomaestre— a los empleados les habría tocado, según cuentan las malas o buenas lenguas, aportar una cuotica de cien mil pesitos. ¡Ave María pues! Eso sí es una colaboración con sentimiento, porque cien mil lucas hoy en día no son precisamente unas moneditas sueltas pa’ comprar un tinto y una empanada en la esquina. Ahora, que si esa colaboración fue voluntaria, obligatoria, sugerida, o de esas «voluntariedades» que uno ya sabe que es mejor ni preguntar porque la respuesta viene con mala cara, eso sí que lo averigüe quien tenga vela en ese entierro.
Pero espérese, no se me vaya todavía, que ahí no termina la cosa, apenas vamos calentando motores.
También me cuentan, y esto sí que me dejó rascándome la cabeza, que durante la celebración del Día del Ejército Nacional en nuestra Salamina, después de los actos protocolarios de rigor, el señor Alcalde habría terminado la jornada en el Club, y que allí, entre copa y copa, le habría correspondido el honor de dirigir unas palabras al comandante de la Brigada. Hasta ahí, pues, todo muy bonito y muy protocolario: autoridades civiles, autoridades militares, homenaje de rigor y el pueblo salamineño poniendo la cara por sus instituciones, como debe ser.
Pero resulta que la pullita, mi gente, viene por el lado del reconocimiento. Según me cuentan los que estuvieron cerquita, al alto oficial le habrían entregado una mención escrita en un simple papel, así, sin más adornos. ¡Ave María, mi gente santa! Y ahí fue donde más de uno se quedó rascándose la barbilla, preguntándose: ¿será que no había por ahí un escudo de Salamina, una banderita, una artesanía de esas que hacen nuestros paisanos, una placa siquiera, cualquier detallito que representara con orgullo nuestra tierra?
Porque una cosa es improvisar unas palabras de cariño —eso hasta se perdona, faltaba más— y otra muy distinta es improvisar hasta los homenajes. Y más tratándose de un comandante de Brigada, invitado de honor a un acto institucional de esos que quedan en la memoria del pueblo.
Yo, sinceramente, digo una sola cosa: Salamina tiene historia de sobra, tiene símbolos, tiene artesanos de mano bendita, tiene cultura pa’ regalar y tiene orgullo pa’ entregar un recuerdo mucho más digno que un simple papelito de esquina.
Pero bueno… eso dicen por ahí. Yo, como siempre, solamente escucho.
¡Pilas, que en Salamina ya no solo se escucha el silencio!
¡Ave María pues, mi gente! Aquí sí me tocó sentarme despacito, pedir un tintico y pensar bien lo que les voy a contar, porque una cosa es el chisme de esquina, ese que sirve pa’ echarse unas risas, y otra muy distinta es cuando lo que se escucha empieza a ponerle los pelos de punta a cualquiera. Y en Salamina, nuestra querida Ciudad Luz, hay conversaciones que ya no se pueden despachar con un “eso son cuentos”.
Resulta que por estos días se viene hablando con preocupación del aumento del consumo de drogas, de la inseguridad y de la posibilidad —ojo, posibilidad y comentarios que circulan, porque Timoteo no es fiscal ni juez— de que estructuras delincuenciales estén buscando meterse en Salamina y sus alrededores. Algunos hasta mencionan al llamado Clan de la Cordillera. Yo no sé si ya llegaron, si están llegando o si solamente están llegando los rumores, pero lo cierto es que la gente anda mirando pa’ los lados.
Y aquí viene una cosa que sí está pa’ ponerle los pelos de punta al más guapo.
Hace unos días apareció, según lo que se ha comentado, un cuerpo desmembrado y en avanzado estado de descomposición en una zona boscosa del barrio Palenque. Y lo más delicado fue que inicialmente, según versiones que circulan, desde la propia administración municipal se habría dicho públicamente que se trataba de un animal muerto. Después, los análisis de las autoridades habrían confirmado que se trataba de restos humanos.
¡Ave María! Ahí sí cualquiera pregunta: ¿cómo se puede confundir una cosa tan delicada? ¿Quién verificó? ¿Quién informó? ¿Y por qué una situación de semejante gravedad terminó siendo inicialmente minimizada?
Porque si Salamina quiere seguir vendiéndose como destino turístico, patrimonio, pueblo tranquilo y Ciudad Luz, estas cosas no son cualquier bobadita.
Y mientras tanto, me cuentan que por la zona de las galerías y la salida hacia Manizales la cosa estaría poniéndose color de hormiga. Que consumo por aquí, vicio por allá, gente merodeando y una sensación de inseguridad que ya no es solamente conversación de viejitos sentados en el parque.
Pero espérese, porque hay otra historia que a mí me dejó con la boca abierta.
Según me cuentan, un turista que salió a caminar por el parque en horas de la noche habría sido abordado por un individuo que, catálogo en mano, supuestamente le ofreció de todo: marihuana, sustancias en polvo, medicamentos y hasta otros alucinógenos. ¡No jodás, hombre! ¿Catálogo? ¡Eso ya parece tienda a domicilio con servicio nocturno!
Yo me pregunto: ¿qué pensará ese turista cuando vuelva a su tierra y le cuente a los amigos que en Salamina no solamente encontró balcones, iglesias y calles bonitas, sino que también encontró quien le ofreciera droga caminando tranquilamente por el parque?
Y mientras estas cosas se comentan, también se escucha la pregunta que nadie quiere contestar: ¿dónde está el alcalde?
Hay quienes dicen que el mandatario pasa más tiempo en Manizales que en Salamina. Otros recuerdan aquel supuesto paseo por la costa que circuló en redes sociales, incluso con fotografías en una lancha acompañado, según comentaban, por un contratista cercano a la administración. Yo no sé si fue paseo oficial, personal, familiar, de amigos o simplemente una coincidencia de esas que producen chisme. Pero mientras unos miran las fotografías, otros miran las calles y preguntan quién está gobernando.
Y ahí está el verdadero asunto, mi gente.
Esto no se trata de Tello, ni de Timoteo, ni de que alguien diga que el alcalde es bueno o malo. Se trata de seguridad. De que un padre pueda dejar salir a su hijo sin miedo. De que un turista pueda caminar por el parque de noche sin que le ofrezcan sustancias prohibidas. De que las entradas al municipio no parezcan zonas abandonadas. Y, sobre todo, de que cuando aparece un hecho tan grave como un cadáver, las autoridades hablen con precisión, seriedad y transparencia.
Porque una cosa sí les digo: los chismes pasan, pero cuando los chismes empiezan a parecerse demasiado a la realidad, ya no dan risa.
Yo seguiré caminando, preguntando y escuchando. Pero en este asunto, más que chisme, lo que hay es una pregunta que Salamina completa debería hacerse:
¿Estamos dejando que la inseguridad nos gane la partida?
¡En Salamina unos pagan los platos y otros venden las matas!
¡Ave María pues, mi gente! Yo dije que con el asunto de la inseguridad cerrábamos esta primera tanda, pero apenas estaba guardando la libreta cuando me llegó otro cuento de esos que uno lee dos veces pa’ ver si entendió bien. Y como aquí no se le niega espacio a lo que la gente anda comentando, pues vamos con esta perlita. Eso sí: Timoteo cuenta lo que le cuentan, y que cada cual responda por lo suyo.
Resulta y pasa que por estos días anda sonando el caso de don Antonio, el de la chasita de dulces, un hombre conocido por muchos salamineños y que, según me cuentan, habría sido contratado verbalmente durante la pasada Navidad para cuidar el pesebre que se instaló en el municipio.
El cuento es que don Antonio habría cumplido con su trabajo de celador, noche tras noche, cuidando el nacimiento y pendiente de que no fuera a pasarle nada a aquello que tanta gente visitaba. Pero, según la versión que llegó a mis oídos, hasta el sol de hoy no le habrían pagado su trabajo.
¡Ave María! Ahí sí quedo yo pensando: si trabajó, trabajó. Si hubo un acuerdo, pues hubo un acuerdo. Y si después resulta que no existía contrato escrito, habrá que mirar qué dice la ley, porque eso de trabajar y después salir con el famoso “es que no había contrato” deja a cualquiera mirando pa’l techo.
Pero espérese, porque la novela tiene segundo capítulo.
Me cuentan que don Antonio habría reclamado y hasta acudido a las vías legales para exigir el pago. Y entonces, según lo que se comenta, desde la Administración Municipal se habría ordenado el cierre de su pequeña chasita de dulces, argumentando invasión del espacio público.
¡No jodás, mi gente! Ahí sí Timoteo se rasca la cabeza.
Porque si la chasita estaba ocupando espacio público de manera irregular, pues las normas son las normas y habrá que cumplirlas. Pero aquí viene la preguntica que se hace la gente: ¿esas mismas normas se aplican con la misma fuerza a todo el mundo?
Porque ahí es donde comienza el verdadero chisme.
Por los lados del parque también se comenta que a la concejal Rocío Marulanda —de quien algunos dicen que mantiene buenas relaciones políticas con la Administración— se le habría autorizado la venta de plantas en espacio público vinculada a su esposo.
¡Ave María! Entonces la pregunta queda servida: ¿el espacio público tiene una medida para don Antonio y otra para quienes están cerca del poder?
Yo no estoy diciendo que sea así. ¡Dios me libre! Yo estoy preguntando lo que pregunta la gente. Si existe una autorización, pues que se muestre. Si hay un permiso, que se explique. Y si don Antonio incumplió alguna norma, que también se diga claramente cuál fue y por qué se tomó la decisión.
Porque una cosa sí sabe Timoteo: las normas son pa’ cumplirlas todos, no solamente los que no tienen padrino.
Y si a un pequeño vendedor se le aplica la ley con toda la rigurosidad, mientras a otros se les permite hacer lo mismo porque tienen amigos, parientes o buenas relaciones con los que mandan, entonces ahí sí tenemos un problema mucho más grande que una chasita de dulces.
Y hablando de relaciones, permisos y favores… ¡no se me vayan todavía! Porque mientras yo estaba averiguando este cuento, me llegaron otros dos papelitos que vienen con más pólvora de la que uno quisiera encontrar en una fiesta patronal.
Así que sigamos, que en Salamina todavía queda bastante tela por cortar…
Ahora sí se puso buena la cosa política en Salamina, mi gente, y agárrense bien del pasamanos porque esto viene con curva. Tranquilos, eso sí, que esta vez no voy a meter en el cuento al modelito de Instagram, porque bastante tenemos ya con verlo aparecer todos los días en fotos y videos, más posado que santo de altar, como si la campaña electoral hubiera arrancado oficialmente desde el año pasado. No, señor. Hoy la libreta de Timoteo tiene otros nombres, otras aspiraciones y unas pregunticas que ya andan dando vueltas, bien calientitas, por los chismoseaderos del pueblo.
Resulta y pasa, mi gente, que el malacaroso de Planeación —así le dicen por ahí, no vaya a ser que después me cobren a mí solito el apodo, que yo únicamente lo repito— presentó su carta de renuncia. Y yo, que soy curioso como mico con espejo, alcancé a leer esa epístola, y ¡Ave María, casi me hace llorar! Una cosa tan sentida, tan elegante, tan de «yo me voy pero dejo mi corazón aquí sembrado», que cualquiera hubiera pensado que el hombre se estaba despidiendo de la Alcaldía para siempre, con lagrimita y pañuelo incluido.
Pero miren ustedes cómo son las vueltas de la vida: ahora el hombre anda con otra cara, mi gente, otra cara completamente distinta. Ya no se le ve aquella expresión de pocos amigos que cargaba antes, esa cara de que le habían dañado el almuerzo. ¡No señor! Ahora aparece sonriente, amable, saludando gente por aquí y por allá, conversando con uno, con otro, con el de más allá, y hasta parece que hubiera descubierto, de un momentico a otro, que sonreír no cuesta plata.
Y por los corredores políticos, que ya saben ustedes que ahí se cuece todo, se escucha una explicación: dicen, y yo solamente repito, que ya estaría pensando seriamente en lanzarse a la Alcaldía en la próxima elección.
¡Ave María pues! ¿Y eso con qué ropa, mi querido candidato? Porque una campaña, mi gente, no se hace solamente con sonrisas y buena cara. Hay que conseguir equipo, publicidad, logística, reuniones, transporte, y sobre todo —lo más importante, lo que mueve el mundo entero— plata, plata contante y sonante. Y aquí viene la preguntica maliciosa de este servidor: ¿quién irá a financiar semejante aventura?
Por ahí se escucha, bajito, que don Iván Darío, esposo de doña Constanza, podría estar entre quienes le darían respaldo. Otros aseguran que el actual Alcalde estaría pensando en dejarle la bendición, como quien pasa el bastón de mando, y convertirlo en su sucesor político. Pero entonces aparece otra preguntica que a mí no me deja dormir: ¿y Juanpis qué? Y ya que estamos repartiendo preguntas como si fueran dulces en primera comunión, ¿don Octavio Cardona qué estará pensando de todo este enredo?
Porque mientras unos apenas están calentando motores, mi gente, otros ya parecen tener la moto encendida y el casco puesto.
Por los chismoseaderos de La Cigarra, que ahí no se les escapa ni una, también se habla de que el director del hospital habría presentado su renuncia con la clara intención de meterse de lleno en la carrera política. ¡Esto ya parece más una fila para reclamar subsidio que una elección de alcalde, hombre!
Y a ese pelotón se suma doña Rocío Marulanda, que, según comentan por las esquinas con más ganas que discreción, también estaría moviendo sus fichas con paciencia de ajedrecista. Unos se preguntan de dónde sale el dinero para tanta actividad política; otros hablan de los videos que circulan por redes y de la manera tan llamativa como viene haciendo presencia pública, como quien no quiere la cosa pero se deja ver bien.
Yo, como siempre, no afirmo ni desmiento, conste en acta. Si hay plata, pues que aparezca la explicación; si son recursos propios, bendito sea Dios; y si alguien está financiando por debajo de cuerda, algún día sabremos quién puso la primera moneda en la alcancía, porque en Salamina tarde o temprano todo se sabe.
Lo cierto, mi gente, es que ya se empieza a formar una carrera con varios nombres, más nombres que en lista de bautizo.
Pero ¡ojo!, porque en medio de tanta candidatura aparece otro nombre que a muchos salamineños les suena bien distinto: el coronel Néstor Naranjo. Por ahí dicen, con mucha convicción, que Salamina necesita mano firme, autoridad, y alguien que llegue a poner orden en una casa donde, según muchos ciudadanos, la inseguridad, el consumo de drogas y el desorden se les están saliendo de las manos como agua entre los dedos.
Pero también hay quienes se preguntan, con ese tonito de sospecha tan nuestro, por qué el Coronel no aparece todavía con mayor fuerza, mientras los otros ya están haciendo ruido en redes sociales sin parar. Algunos hasta dicen, en voz bajita, casi en secreto de confesionario, que será que le está guardando la espalda al Alcalde y por eso no se manifiesta.
¡Quién sabe, mi gente! Eso solamente lo sabe el Coronel, y el Coronel calla como buen militar.
Y mientras unos renuncian con lagrimita, otros sonríen con toda la dentadura, otros graban videos sin descanso y otros esperan pacientes el momento preciso para aparecer en escena, yo me hago otra pregunta que no me deja tranquilo: ¿y el corregidor de San Félix qué? Porque por allá también hay pueblo, también hay problemas, también hay electores con cédula en mano, y también hay gente mirando con lupa quién aparece y quién desaparece.
Así que esto, mi gente, apenas comienza. Salamina ya tiene varios corredores calentando para la carrera, y todavía falta mucho trecho, mucho polvo que levantar, para llegar a la meta.
¿Quién será el ungido? ¿Quién tendrá padrino? ¿Quién tendrá plata? ¿Quién tendrá votos? ¿Y quién se quedará solamente haciendo videos pa’ Instagram, posando como si ya hubiera ganado?
¡Amanecerá y veremos, decían los abuelos… aunque con tanto candidato, de pronto amanecemos y no vemos nada, de la confusión que se va a armar!
Por ahora Timoteo guarda la libreta, pero no la cierra, que todavía queda tinta y queda cuento. Porque los teléfonos siguen sonando sin parar, las esquinas siguen hablando sin descanso, y en Salamina hay más candidatos que sillas en reunión política.
Se despide Timoteo… el que escucha donde otros callan y cuenta lo que muchos comentan bajito. Nos pillamos la próxima semana, si Dios quiere y los chismes nos dejan.