¿Alguna pregunta?
La curiosidad es una enfermedad de la infancia.
Comienza con «¿por qué?», empeora con «¿para qué?» y, si nadie interviene a tiempo, puede terminar en pensamiento.
Por fortuna, las instituciones disponen de tratamiento.
En Manizales llevamos años discutiendo cómo proteger el Centro Histórico.
Tenemos normas, inventarios, categorías, planos, juntas, conceptos, resoluciones y funcionarios capaces de explicar con precisión quién no es competente.
Patrimonio no siempre tenemos.
Pero documentos, todos.
En 1997 adoptamos un Plan Especial de Protección. Fue modificado en 2002. Desde entonces hemos demostrado que una norma puede permanecer vigente durante casi treinta años sin cometer la imprudencia de ser aplicada.
Ahora esperamos un PEMP.
La sigla significa Plan Especial de Manejo y Protección. Contiene «plan», «manejo» y «protección»: tres cosas que el Centro Histórico necesita y que han resultado bastante más fáciles de escribir que de practicar.
Entonces llegó el terremoto.
La tierra no pidió cita, no radicó una solicitud y no esperó concepto favorable de la Junta de Patrimonio. Tampoco preguntó si la competencia era municipal o nacional.
El 10 de agosto, simplemente, hizo la pregunta.
La hizo en las paredes, en las cornisas, en las cubiertas y en las casas que durante años habíamos declarado valiosas con esa forma tan nuestra de proteger: dejándolas solas.
En pocos segundos el terremoto consiguió lo que nosotros no habíamos logrado en décadas: obligó a mirar hacia arriba.
Descubrimos grietas, desprendimientos, humedades, cubiertas vencidas y estructuras cuya fragilidad no había comenzado aquella mañana. El sismo no produjo todo el abandono.
Solo retiró el maquillaje.
Después comenzó la reconstrucción administrativa.
Se hicieron visitas, informes, registros, solicitudes, remisiones y nuevas solicitudes de los informes ya remitidos. Mientras algunas familias no podían volver a sus casas, los documentos emprendían viaje.
Una grieta podía estar en Manizales.
Su competencia, aparentemente, en Bogotá.
La naturaleza había tardado segundos en producir el daño. La administración necesitaba establecer primero a quién correspondía observarlo.
La grieta, poco familiarizada con el derecho administrativo, siguió abierta.
Aparecieron entonces las acciones urgentes y los primeros auxilios. Otra expresión extraordinaria. En medicina, los primeros auxilios se prestan a una persona antes de que muera. En patrimonio, a veces se prestan a un edificio después de varias décadas de abandono, pero antes de la fotografía final.
Luego se reúne la Junta.
Allí se socializa lo ocurrido.
«Socializar» es una palabra magnífica: permite convertir un hecho consumado en participación ciudadana. Primero sucede. Después se informa. Finalmente se agradece la asistencia.
Si alguien pregunta demasiado, se crea una mesa técnica.
La mesa estudia la pregunta hasta que muere de causas naturales.
Después se contrata una consultoría.
La consultoría descubre que hace falta otro estudio.
El problema queda entonces en manos de profesionales y puede durar para siempre.
Yo sigo diciendo:
—No entiendo.
No entiendo cómo pudimos tener durante casi treinta años un instrumento de protección sin establecer claramente quién debía hacerlo cumplir.
No entiendo por qué cada incendio, cada demolición, cada abandono y ahora cada grieta parecen tomar por sorpresa a las mismas autoridades.
No entiendo por qué proteger una casa habitada resulta más difícil que declararla patrimonio cuando ya está vacía.
No entiendo por qué hablamos tanto de conservar fachadas y tan poco de conservar habitantes.
No entiendo cómo puede existir un Centro Histórico sin vivienda, sin iluminación suficiente, sin seguridad, sin transporte adecuado y sin una razón para permanecer en él después de las seis de la tarde.
Probablemente mi dificultad sea educativa.
Las personas mejor formadas comprenden que el patrimonio debe tratarse por componentes. Una oficina estudia la norma; otra, la movilidad; otra, el espacio público; otra, el ambiente; otra, la seguridad. Al final, nadie estudia la ciudad.
La ciudad, por su parte, comete la indisciplina de ocurrir toda al mismo tiempo.
El terremoto tampoco respetó la distribución de funciones.
Sacudió casas públicas y privadas, bienes nacionales y municipales, ricos y pobres, funcionarios y contribuyentes. No distinguió patrimonio, poder, riqueza, prestigio ni importancia.
Durante algunos segundos volvimos a ser iguales.
Después regresaron las competencias.
Por eso necesitamos un PEMP.
No para agregar otra sigla al cementerio documental de Manizales. Tampoco para producir un hermoso volumen con fotografías antiguas, diagramas de colores y una visión estratégica hacia un año en el que probablemente todos seremos patrimonio.
Necesitamos un PEMP que diga qué se protege, cómo se protege, quién responde y con qué recursos.
Uno que comprenda que el patrimonio no es una colección de cadáveres arquitectónicos, sino una parte viva de la ciudad.
Que una casa desocupada no está protegida: está esperando.
Que conservar no consiste en prohibirlo todo hasta que el propietario se arruine y la ruina resuelva el debate.
Que el Centro Histórico necesita habitantes, actividad económica compatible, movilidad, iluminación, seguridad y espacio público.
Sobre todo, necesita responsables.
Porque una competencia repartida entre todos suele ser una forma exquisita de no asignársela a nadie.
La inteligencia artificial podrá ayudarnos a ordenar normas, redactar diagnósticos y producir matrices impecables. Incluso podrá escribir un PEMP completo en menos tiempo del que requiere una entidad para contestar un derecho de petición.
Pero no podrá obligarnos a aplicarlo.
La tecnología produce respuestas.
La cobardía seguirá escogiendo las preguntas.
Hace poco, en otra reunión sobre patrimonio, vi avanzar una presentación de diapositiva en diapositiva. Había diagnósticos, cronogramas, metodologías, alcances y compromisos institucionales.
Todo estaba previsto.
Salvo el próximo temblor.
Al terminar, el expositor cerró el computador.
La curiosidad, para entonces, ya había aprendido a hacerse la muerta.
—¿Alguna pregunta?
Sí.
Cuando por fin llegue el PEMP, ¿qué quedará todavía en pie para proteger?