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Los fantasmas de Facebook: cuando el cobarde se esconde tras un nombre falso

Don Tello reflexiona sobre los perfiles anónimos que en redes sociales denigran, acusan y destruyen honras sin dar la cara. Una crónica sobre el valor de la palabra dicha con nombre propio, frente a la cobardía disfrazada de opinión, en tiempos donde cualquiera puede juzgar sin firmar su sentencia.

Los fantasmas de Facebook: cuando el cobarde se esconde tras un nombre falso

Hay una plaga que no se ve venir, que no hace ruido al llegar, pero que deja destrozos como si un vendaval hubiera pasado por la reputación de la gente. Me refiero a esos perfiles de Facebook que no tienen cara, que no tienen nombre real, que se esconden detrás de un seudónimo cualquiera —un «Justiciero de Salamina», un «Vecino Indignado», un «Amante de la Verdad»— y desde ahí, protegidos por el anonimato, disparan acusaciones, riegan chismes, destruyen honras y arruinan tranquilidades, sin que nadie sepa jamás quién está detrás del teclado. Yo, que fui arquero muchos años antes de ser cronista, aprendí una cosa que nunca se me ha olvidado: el que juega de frente, con la cara descubierta, sabe que si falla lo van a señalar, y eso lo hace más responsable, más cuidadoso, más honesto. Pero el que juega escondido detrás de una máscara, sin que nadie sepa su nombre, ese no le teme a nada, porque no tiene nada que perder. Y esa es exactamente la lógica perversa de estos perfiles fantasma que hoy pululan en nuestras redes sociales.

Uno se pregunta, con la mano en el corazón, qué clase de valentía es esa de acusar sin dar la cara. Qué clase de justicia pretende hacerse cuando quien juzga no se atreve siquiera a firmar su propio juicio. He visto, en estos años dirigiendo La Revista de Caldas, cómo estos perfiles anónimos se dedican a señalar funcionarios, comerciantes, líderes comunitarios y hasta vecinos comunes y corrientes, con acusaciones que muchas veces no tienen ni una sola prueba, ni un solo documento, ni un solo testigo dispuesto a dar la cara. Es la palabra suelta, el rumor disfrazado de denuncia, la calumnia vestida de opinión ciudadana. Y lo peor es que esa palabra, una vez lanzada al ruedo digital, ya no se puede recoger. Se multiplica, se comparte, se comenta, y termina construyendo una verdad falsa que muchas veces pesa más que la verdad real, simplemente porque llegó primero y llegó con más ruido.

Yo entiendo, y lo digo con toda sinceridad, que hay circunstancias extremas donde el anonimato puede ser un escudo legítimo: cuando de por medio hay amenazas serias contra la vida, cuando se trata de denunciar un poder que puede tomar represalias violentas, cuando el silencio del nombre es lo único que separa a alguien de un peligro real. Esos casos existen, y ahí el anonimato puede tener sentido y hasta ser necesario. Pero de eso a que cualquier persona con un poco de rencor, con una rabia mal digerida o con ganas de figurar se ponga a destruir honras ajenas desde un perfil falso, hay una distancia enorme, un abismo moral que muchos parecen no querer ver. Porque no es lo mismo denunciar con pruebas un abuso de poder, que sentarse cómodamente detrás de una pantalla a inventar, a exagerar, a deformar hechos para hacerle daño a alguien que quizás ni siquiera conoce en persona.

Lo que más me indigna, si he de ser franco, es la impunidad con la que actúan estos personajes. Publican, acusan, señalan, y luego desaparecen, cambian de nombre, crean otro perfil, y siguen su cacería como si nada. Mientras tanto, la persona señalada —el comerciante acusado sin pruebas de estafador, el funcionario tildado sin evidencia de corrupto, el joven al que le inventaron un rumor sobre su vida privada— tiene que cargar con el peso de esa mancha, muchas veces para siempre, porque en el mundo digital las acusaciones se quedan grabadas, aunque después se demuestre que eran falsas. El daño ya está hecho. La honra, que es de las cosas más difíciles de reconstruir, ya quedó rota, y el responsable, mientras tanto, sigue tranquilo detrás de su seudónimo, sin que nadie pueda tocarlo.

Me pregunto, entonces, qué clase de comunidad estamos construyendo cuando permitimos que la opinión pública se forme a partir de voces sin rostro, sin nombre, sin responsabilidad. Porque una cosa es la libertad de expresión, ese derecho sagrado que yo defiendo con toda el alma, y otra muy distinta es la libertad de calumniar sin consecuencias. La libertad de expresión implica, precisamente, la responsabilidad de sostener lo que se dice, de dar la cara por las propias palabras, de asumir las consecuencias de una acusación cuando esta resulta ser falsa. Sin esa responsabilidad, lo que queda no es libertad, sino un salvajismo digital donde gana el que grita más fuerte, no el que dice la verdad.

En Salamina, en San Félix, en cada rincón de nuestro Caldas querido, hemos visto cómo estos perfiles anónimos se han vuelto una herramienta política también, usada en épocas de campañas para desprestigiar precandidatos, para sembrar dudas sin fundamento, para ensuciar nombres que llevan generaciones de trabajo honesto. Y uno se pregunta si acaso no sería mejor, mucho mejor, que la crítica —por dura que sea— se hiciera siempre con nombre propio, con la cara descubierta, asumiendo cada palabra como se asume un gol o un error en la cancha. Porque el que tiene la razón no necesita esconderse. El que dice la verdad no le teme a que se sepa quién la dijo. Solamente el que miente, el que inventa, el que calumnia, necesita ese manto de anonimato para protegerse de las consecuencias de sus propias palabras.

Yo sigo creyendo, como creí siempre bajo los tres palos, que la valentía se demuestra dando la cara, no escondiéndose detrás de un alias inventado. Y por eso hoy, desde esta columna, quiero hacer un llamado —no solo a quienes administran estos perfiles fantasmas, sino a toda nuestra comunidad digital— a que exijamos responsabilidad en lo que se dice y se comparte. A que no le demos crédito a la acusación sin rostro. A que entendamos que detrás de cada perfil falso que denigra a otro, hay generalmente un cobarde que no se atreve a sostener sus propias palabras con su propio nombre. Porque al final, como en el fútbol, en la vida real solamente el que juega de frente, con la cara descubierta y el pecho al viento, merece que se le respete su palabra.

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Un comentario

  1. Estoy completamente de acuerdo con su tesis y considero que una de las vías más acertadas para contrarrestar este cáncer en las redes sociales es la legal. Es importante denunciar para que la persona detrás de esas calumnias pueda asumir la responsabilidad de sus acciones.

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