Pulse PLAY para escuchar - La Revista de Caldas Radio
Logo La Revista de Caldas
Vol.

Bajo el Chocó, la tierra sigue hablando: el enjambre sísmico que no cede

Tres semanas después del terremoto del 10 de agosto, el enjambre sísmico bajo Istmina, Sipí y Medio San Juan sigue activo. El Servicio Geológico Colombiano confirmó que es un fenómeno distinto a las réplicas, y esta crónica sigue su rastro día a día.

Bajo el Chocó, la tierra sigue hablando

El enjambre sísmico que apareció después del terremoto del 10 de agosto continúa activo. Los registros hasta la mañana del 4 de septiembre muestran una concentración persistente bajo Istmina, Sipí y Medio San Juan, principalmente entre 40 y 50 kilómetros de profundidad. Esta es nuestra primera conclusión después de varias semanas siguiendo una historia que todavía se está escribiendo bajo tierra.

El terremoto había pasado. O, por lo menos, eso parecía. Eran las 7:34 de la mañana del lunes 10 de agosto de 2026 cuando una ruptura profunda bajo el Chocó sacudió buena parte de Colombia: magnitud 7,4, epicentro en San José del Palmar, ciento tres kilómetros de profundidad.

Después vinieron las réplicas, y eso era lo esperado. Un terremoto de semejante magnitud deja durante días, semanas y a veces meses una larga conversación de piedras acomodándose alrededor de la zona que acaba de romperse.

Pero mientras seguíamos los informes del Servicio Geológico Colombiano apareció otra cosa. Al principio eran apenas nombres repetidos en los listados: Istmina, Sipí, Medio San Juan, El Litoral del San Juan, Docordó. Volvían una y otra vez, y había un detalle que comenzó a llamar nuestra atención: aquellos sismos no ocurrían exactamente donde se concentraba la secuencia principal de réplicas, ni tenían las mismas profundidades.

El gran terremoto se había producido a 103 kilómetros bajo tierra. Muchos de aquellos nuevos eventos aparecían bastante más arriba: treinta y tantos kilómetros, cuarenta, cuarenta y cinco, cincuenta. Volvíamos a revisar, y ahí seguían.

Era demasiado temprano para ponerles nombre, mucho menos para sacar conclusiones. En sismología, como en el periodismo, una coincidencia puede llamar la atención, pero no alcanza para construir una certeza. Así que comenzamos a guardar los registros —fecha, hora, magnitud, municipio, profundidad— y esperamos.

Dos historias debajo del mismo Chocó

La confirmación llegó el 31 de agosto. El Servicio Geológico Colombiano informó oficialmente que, después del terremoto del 10 de agosto, estaba observando dos comportamientos sísmicos diferentes en el departamento. Hasta ese momento, la Red Sismológica Nacional había registrado 1.340 sismos posteriores al gran evento, con magnitudes entre 0,6 y 4,8.

Una parte estaba localizada alrededor de San José del Palmar, principalmente entre 70 y 105 kilómetros de profundidad. Allí el comportamiento era el esperable después de un terremoto grande: muchas réplicas al inicio y una disminución progresiva con el paso de los días.

Pero había otra población, más superficial, localizada principalmente en Sipí, Istmina, Medio San Juan y El Litoral del San Juan, entre aproximadamente 30 y 60 kilómetros de profundidad. Y esa segunda población no se comportaba igual: el propio SGC encontró características compatibles con un enjambre sísmico.

Un enjambre sísmico es una secuencia de numerosos terremotos que ocurre en una zona relativamente pequeña durante un período determinado, sin que necesariamente exista un sismo principal claramente dominante. A diferencia de una secuencia clásica de réplicas —donde un gran terremoto es seguido por eventos generalmente menores cuya frecuencia tiende a disminuir—, en un enjambre pueden presentarse varios sismos de magnitudes parecidas, alternarse períodos de calma con nuevos pulsos de actividad, y prolongarse durante días, semanas o incluso meses.

La diferencia no es solo una cuestión de palabras. En una secuencia tradicional existe un terremoto principal claramente dominante, seguido de sismos menores cuya frecuencia, aunque con altibajos, tiende a bajar con el tiempo. En un enjambre las cosas pueden ser distintas: no siempre hay un evento que gobierne toda la secuencia, pueden aparecer varios sismos de magnitudes semejantes, y la actividad puede crecer, disminuir, detenerse durante horas y regresar después. Puede durar días, semanas, incluso meses.

Eso no significa que vaya a producirse un terremoto mayor, y esta aclaración es indispensable: un enjambre no es un anuncio de terremoto. No permite afirmar que viene un evento grande, ni cuándo ocurrirá, ni qué magnitud tendrá. El Servicio Geológico Colombiano ha sido especialmente enfático en esa advertencia. Lo interesante, desde el punto de vista científico y periodístico, es otra cosa: ¿cómo está evolucionando?

Seguimos mirando

Después de la confirmación oficial decidimos continuar con nuestro propio seguimiento de los reportes públicos. No para competir con los científicos, mucho menos para reemplazarlos: nuestra tarea es otra, mirar la información, organizarla, conservar la memoria de lo que está ocurriendo y tratar de explicársela al lector sin convertir cada movimiento de la tierra en una profecía.

Los nuevos registros entre el 2 de septiembre y la mañana del 4 muestran que el enjambre no ha desaparecido. Dentro del corredor que venimos siguiendo encontramos 16 eventos reportados en Medio San Juan, Sipí e Istmina: uno en Medio San Juan, dos en Sipí y trece en Istmina. Es decir, en este pequeño corte temporal, más de ocho de cada diez eventos del grupo que observamos tuvieron como referencia a Istmina.

La concentración resulta llamativa, pero todavía más interesante es mirar hacia abajo. Las profundidades se repiten alrededor de los 35 kilómetros, formando una franja bastante compacta, salvo un evento en Sipí a 80 kilómetros que, precisamente por estar tan separado verticalmente del resto, deberá analizarse con cautela antes de incorporarlo definitivamente al mismo grupo.

La madrugada del 3

A las 12:17 de la madrugada del 3 de septiembre ocurrió un sismo de magnitud 4,3 en Istmina. El dato preliminar apareció con una profundidad diferente, pero la solución actualizada lo ubicó dentro de la franja que venimos observando. Cinco minutos después, a las 12:22, apareció otro: magnitud 2,2, a cuarenta y ocho kilómetros.

A las 3:14 de la madrugada, magnitud 3,0 a cuarenta y siete kilómetros; cuarenta minutos después, magnitud 2,9 a cuarenta y seis. Luego vino una pausa, horas de silencio relativo, hasta que la actividad volvió a hacerse visible durante la tarde: a las 4:30, un sismo de magnitud 3,2 en Sipí, a 48 kilómetros; a las 6:32 de la tarde, otro en Istmina, magnitud 3,8, a 49 kilómetros de profundidad. Más tarde llegaron otros dos en Istmina, magnitudes 2,8 y 2,5, ambos alrededor de los 43 kilómetros.

Y durante las primeras horas del 4 de septiembre continuaron: a las 12:40 de la madrugada, magnitud 2,1; a las 2:48, magnitud 2,8; a las 7:23 de la mañana, magnitud 2,4, otra vez en Istmina.

No disminuye como una escalera

Aquí está uno de los elementos más interesantes de nuestra observación. Si uno imaginara las réplicas de un terremoto como una escalera que va descendiendo poco a poco, este segundo grupo no baja los escalones de manera ordenada: hay silencios, después aparecen varios eventos próximos entre sí, luego vuelve la calma, y nuevamente otro grupo. Es una actividad por pulsos.

Eso no demuestra por sí mismo cuál es el mecanismo físico que está provocando los sismos, pero coincide con una de las características que llevaron al Servicio Geológico Colombiano a describir esta población como compatible con un enjambre. Además, el enjambre sigue teniendo capacidad para producir eventos superiores a magnitud 4: antes del corte del 31 de agosto, el SGC había registrado dentro de esta actividad varios sismos de magnitud cercana o superior a 4, y ahora tenemos otro —Istmina, 3 de septiembre, magnitud 4,3—.

Eso no quiere decir que la magnitud esté creciendo de manera sostenida; los datos no permiten decirlo, y después de un M4,3 pueden venir eventos mucho menores, como efectivamente ocurrió. Pero sí permite afirmar algo más modesto y mucho más importante: la fuente que está produciendo esta sismicidad continúa activa.

¿Qué está ocurriendo allá abajo?

Todavía no lo sabemos, y quizá esa sea la parte más fascinante de esta historia. El Servicio Geológico Colombiano estudia varias posibilidades. Una de ellas es que el terremoto de magnitud 7,4 haya modificado el estado de esfuerzos en una región mucho más amplia que la zona donde ocurrió la ruptura principal: cuando una enorme masa de roca se rompe y libera energía, las fuerzas que estaban distribuidas bajo tierra cambian. Algunas zonas quedan más descargadas, otras reciben nuevas tensiones, y rocas que durante años permanecieron cerca de su punto de ruptura pueden encontrar entonces las condiciones necesarias para moverse.

Existe otra hipótesis: fluidos provenientes de la placa que se introduce bajo el continente podrían migrar a través de determinadas estructuras y modificar las condiciones de fricción entre las rocas, facilitando pequeños rompimientos sucesivos. Es una posibilidad bajo estudio, no una conclusión, y el SGC también analiza otros mecanismos.

Por ahora solo existe una certeza importante: el enjambre no corresponde a una prolongación de la misma ruptura que produjo el terremoto del 10 de agosto. Está ocurriendo en otra zona y a menor profundidad. Eso confirma justamente aquello que comenzó a intrigarnos cuando empezamos a mirar los primeros listados: debajo del Chocó estaban ocurriendo dos historias al mismo tiempo.

Nuestra conclusión preliminar

Han pasado poco más de tres semanas desde el terremoto del 10 de agosto y ya podemos formular una primera conclusión, necesariamente provisional. El enjambre sísmico identificado en el Chocó continúa activo al 4 de septiembre de 2026. Los registros recientes muestran una concentración particularmente marcada bajo el sector de Istmina y mantienen una franja de profundidad relativamente definida, predominantemente entre 40 y 50 kilómetros.

La actividad no presenta, al menos en este pequeño intervalo que observamos, una disminución uniforme: aparece por pulsos, y durante el 3 de septiembre produjo nuevamente un sismo significativo dentro del conjunto, magnitud 4,3. Nada de esto permite afirmar que esté preparándose un terremoto mayor, tampoco permite decir cuánto tiempo durará, y mucho menos podemos establecer todavía qué mecanismo concreto lo está produciendo. Nuestra conclusión llega solamente hasta donde llegan los datos, y allí nos detenemos.

Ahora necesitamos mirar si se mueve

A partir de este momento hay otro dato que comenzará a ser fundamental para nuestro seguimiento. Ya no basta con contar sismos, ni siquiera con conocer magnitud y profundidad: necesitamos mirar dónde está ocurriendo cada uno —latitud, longitud, profundidad—. Con esas tres coordenadas podremos empezar a reconstruir el enjambre en tres dimensiones y establecer si los hipocentros permanecen concentrados en una misma estructura o si están migrando lentamente de un sector hacia otro.

Si la actividad se desplaza desde Medio San Juan o Sipí hacia Istmina, queremos verlo. Si asciende o desciende dentro de la corteza, queremos registrarlo. Si comienza a dispersarse, también. Y si simplemente se apaga, habrá que contarlo con la misma serenidad, porque seguir un fenómeno natural no consiste en esperar una catástrofe. Consiste precisamente en lo contrario: en observarlo antes de convertirlo en espectáculo.

La historia continúa

Debajo de las selvas, los ríos y los pueblos del Chocó existe un territorio que nadie puede mirar directamente. Allí no hay cámaras, no llegan los periodistas, no entra la luz. Tenemos solamente las vibraciones que alcanzan los instrumentos instalados sobre la superficie, y a partir de ellas los científicos reconstruyen algo que sucedió decenas de kilómetros bajo nuestros pies.

Cada punto que aparece en un mapa sísmico es una pequeña noticia llegada desde ese mundo invisible. Desde el 10 de agosto esas noticias no han dejado de llegar. Primero hablaron de una gran ruptura profunda bajo San José del Palmar. Después comenzaron a contar otra historia, más arriba, hacia Istmina, Sipí, Medio San Juan y El Litoral del San Juan.

Durante varios días nosotros también vimos aquellos puntos aparecer y desaparecer en la pantalla. Ahora sabemos que no estábamos mirando simplemente una sucesión desordenada de réplicas: había un enjambre, y sigue allí.

Por eso esta crónica no termina con un punto final. Termina con una fecha: 4 de septiembre de 2026, 7:23 de la mañana. A esa hora se registró en Istmina uno de los últimos sismos incluidos en este seguimiento, magnitud 2,4, a 40 kilómetros de profundidad. Cuando usted lea estas líneas, probablemente la tierra ya habrá enviado alguna noticia nueva. Nosotros seguiremos escuchándola.

Incendios Forestales
Continúe leyendo La Revista de Caldas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *