Hay una fotografía que ya circula sin necesidad de pie de foto porque se explica sola: cuerpos inmóviles de animales tendidos sobre un manto blanco tan perfecto que casi parece pintado. Nadie que la mire con atención puede seguir pensando que la nieve, esa misma que llena de turistas los cerros y las postales de Neuquén, es únicamente sinónimo de belleza. Detrás de cada copo que cae con esa elegancia casi coreográfica sobre San Martín de los Andes o sobre Villa La Angostura, hay otro Neuquén, el que no aparece en los folletos, donde la misma nieve que emociona al visitante se ha convertido en una sentencia de muerte lenta para miles de animales y en una tragedia silenciosa para las familias que dependen de ellos.
En los parajes rurales que rodean a Loncopué, a Chos Malal y a Zapala, la palabra temporada no significa lo mismo que en los hoteles de la cordillera. Allí significa aislamiento total, caminos borrados bajo casi un metro de nieve, puestos enteros que llevan días sin ver pasar un vehículo ni una señal de auxilio. Los crianceros del norte y del centro neuquino —esa palabra que en la ciudad suena casi folclórica y que en el campo significa, sencillamente, la forma en que una familia entera sobrevive— asisten desarmados a una de las peores crisis que se recuerden en años recientes, con el ganado caprino y bovino muriendo de a poco: por congelamiento directo, por debilidad extrema tras más de diez días sin pasturas libres de hielo, o por abortos masivos que el estrés térmico provoca justo en pleno período de gestación, cuando cada cría perdida es, literalmente, el sustento del año que viene.
Para quienes practican la trashumancia y viven exclusivamente de la cría de chivos y ovejas, perder el rodeo no es una mala temporada: es la quiebra absoluta de la economía familiar y la amenaza directa sobre una práctica cultural que lleva generaciones definiendo la identidad de esta parte de la Patagonia. Si uno no vende el chivo en la primavera, no hay más plata, y nadie entiende eso, resume un productor desde el territorio, y en esa frase cabe toda la distancia que separa las decisiones que se toman en un despacho urbano de las que se toman, con las manos heladas, frente a un corral vacío. Porque ahí está el núcleo de este drama: no es solamente meteorológico, es la brecha entre dos países que conviven en el mismo mapa sin terminar de verse.
Y sin embargo la pregunta que flota en la conversación pública es más incómoda todavía. ¿Estamos ante una nevada cruda, de esas que la Patagonia siempre tuvo y siempre tendrá, o hay algo más profundo moviéndose detrás de estos cielos que ya no se comportan como antes? La ciencia meteorológica y ambiental responde sin demasiados rodeos: el clima ha perdido su brújula, y estas dinámicas extremas llevan la firma inconfundible del calentamiento global entrelazado con la fase cálida del fenómeno El Niño. Lo que golpea a Neuquén no ocurre aislado ni es exclusivo de esta cordillera: pertenece a un rompecabezas de desajustes atmosféricos que sacude simultáneamente a buena parte de Sudamérica, como si el continente entero estuviera ensayando, cada uno a su manera, la misma advertencia.
Las corrientes de aire húmedo que llegan desde el Pacífico, con temperaturas superficiales en niveles históricamente altos por la fase cálida del ENSO, chocan contra la imponente barrera de los Andes y, al ascender, liberan toda su energía de una vez, casi con violencia. Ese mismo fenómeno se convierte en dos caras distintas de una misma moneda climática según de qué lado de la montaña caiga: en la vertiente chilena se traduce en inundaciones catastróficas y ríos que se desbordan arrasando pueblos enteros, mientras del lado argentino se transforma en tormentas de nieve de una densidad y una velocidad de acumulación que los sistemas productivos tradicionales simplemente no estaban preparados para asimilar. Es la misma tormenta contando dos historias distintas, según el idioma del paisaje que le toque atravesar.
Pero el mapa completo de esta crisis no termina en la cordillera. El impacto del cambio climático no se mide únicamente en eventos aislados, sino en su capacidad para extremar los contrastes y acelerar los ciclos del desastre, y ese mismo sistema atmosférico que hoy sepulta bajo la nieve a los puestos rurales de Neuquén es, al mismo tiempo, el motor que alimenta sequías prolongadas y olas de calor atípicas en el Noroeste argentino. Allí, la ausencia sistemática de lluvias combinada con vientos intensos y temperaturas elevadas crea el escenario perfecto para que los incendios forestales se propaguen sin control, con la vegetación seca funcionando como combustible instantáneo. Es la paradoja exacta de esta época que algunos insisten en llamar Antropoceno: mientras una provincia argentina lucha por desenterrar a sus animales de la nieve, otra combate las llamas que le devoran los bosques y la biodiversidad, y ambas escenas, por más lejanas que parezcan en el mapa, están narrando exactamente la misma historia.
Detrás de todo esto hay algo más profundo que la meteorología: hay una vulnerabilidad estructural que este desastre simplemente puso en evidencia, la de los pequeños productores del interior profundo, que llevaban meses arrastrando un déficit que la nieve solamente terminó de exponer. El verano anterior ya había traído una escasez hídrica persistente, que fue mermando las aguadas naturales y desgastando la salud corporal del ganado mucho antes de que llegara el temporal. Cuando el frío finalmente golpeó, esos mismos animales, ya debilitados, no contaron con las reservas necesarias para resistirlo. La crisis, entonces, no empezó con la nevada: empezó meses antes, en silencio, y la nieve apenas vino a cobrar la cuenta.
Mientras tanto, la respuesta estatal redobla esfuerzos para despejar las rutas troncales y los pasos fronterizos, priorizando el flujo turístico y comercial que sostiene buena parte de la economía regional, pero tropieza con dificultades severas cuando se trata de penetrar en los parajes de herradura y en los senderos internos donde resisten, día tras día, los crianceros. El cuello de botella en la asistencia con forrajes, con leña, con medicamentos de urgencia, deja una conclusión incómoda pero necesaria: las políticas de adaptación al cambio climático todavía corren muy por detrás de la velocidad vertiginosa con la que el entorno se está transformando. Se puede despejar una ruta nacional en pocas horas y tardar días en llegar con un cargamento de alfalfa hasta un puesto que lleva semana y media aislado, y esa diferencia de tiempos no es un detalle logístico: es, en el fondo, una definición de prioridades.
Conviene detenerse un instante en ese contraste, porque tiene algo de metáfora involuntaria sobre cómo entendemos el territorio. La misma nieve que en un valle turístico se celebra con esquí, con fotografías y con reservas hoteleras completas, en el paraje de al lado —a veces a apenas un par de horas de camino— se convierte en una amenaza mortal para quien vive de la tierra y no del paisaje. Son dos Patagonias que comparten cordillera pero no comparten suerte, y la brecha entre ambas no la crea la nieve: la nieve solamente la revela, año tras año, con una insistencia que ya no debería sorprender a nadie.
Y sin embargo sigue sorprendiendo, o al menos se sigue tratando como si sorprendiera, porque cada temporada que la nevada supera lo previsto, la respuesta pública repite el mismo libreto de asombro, como si la ciencia no llevara ya años advirtiendo que estos fenómenos extremos dejarían de ser la excepción para convertirse en la norma. Las nevadas históricas ya no pueden seguir catalogándose como simples sorpresas de la naturaleza ni como imprevistos propios de la estación, porque llamarlas así es, en el fondo, una forma cómoda de posponer las decisiones estructurales que esta región necesita: caminos de todo tiempo hacia los parajes más aislados, reservas de forraje pensadas con anticipación y no como respuesta de emergencia, sistemas de alerta temprana que lleguen también a quien no tiene señal de celular, y una mirada estatal que entienda que la Patagonia rural no es un decorado de fondo para la temporada de esquí, sino un territorio habitado por gente que produce, que cría, que resiste con las manos y que hoy está pidiendo, más que lástima, presencia.
Porque al final este drama es una llamada de atención que excede largamente a Neuquén. Son manifestaciones visibles de un planeta que reconfigura sus equilibrios sin pedir permiso, y que nos recuerda, con una insistencia cada vez más difícil de ignorar, que el fuego del norte, las inundaciones del oeste y el hielo sepulcral del sur están unidos por el mismo hilo conductor. No son tres tragedias distintas ocurriendo por casualidad en el mismo continente y en el mismo año: son tres capítulos de la misma advertencia, escrita en un idioma que ya no admite demasiadas interpretaciones. La urgencia de cambiar nuestra relación con el ambiente no es una consigna abstracta para foros internacionales lejanos: tiene nombre y apellido en cada puesto rural aislado bajo la nieve, en cada corral vacío, en cada familia que este invierno se pregunta, sin demasiadas respuestas a mano, cómo se sigue viviendo de la tierra cuando la tierra misma parece haber cambiado las reglas del juego. Y hasta que esa pregunta empiece a tener respuestas concretas, la nieve seguirá cayendo bella sobre los cerros para unos y letal sobre los corrales para otros, en la misma cordillera, bajo el mismo cielo, en el mismo país que todavía no termina de mirar hacia adentro.