Juan Camilo Giraldo Isaza
Salamina recibe cada vez más visitantes y eso trae trabajo y progreso, pero también preguntas. Una reflexión sobre qué turismo cultivar, qué conductas no permitir y cómo cuidar el patrimonio y la forma de vivir que hacen de este pueblo una familia.
Esta pregunta vuelve a nosotros cuando salimos a nuestras calles, recorremos el parque, saludamos por la Calle Real y disfrutamos de nuestros paisajes. Vemos cómo nuestra cultura salamineña, amable, acogedora y, sobre todo, familiar, atrae junto con su hermosa arquitectura a personas con diferentes costumbres, intereses y maneras de vivir. Algunos llegan con cámara y curiosidad, otros con la maleta de quien vuelve a casa, otros con ganas de quedarse, y todos encuentran en el pueblo una puerta abierta.
Hablamos con orgullo de la cantidad de turistas que llegan, de los hoteles que han surgido, de las tiendas de artesanías y de los cafés especiales que hoy se ofrecen en tantos rincones de nuestra Ciudad Luz. Y hay razones para alegrarnos: son oportunidades de trabajo y de progreso para muchas familias que antes tenían que buscar fuera lo que ahora pueden encontrar aquí.
Pero, en medio de ese entusiasmo, conviene detenernos a pensar. Hay muchas formas de turismo, y cada una deja una huella distinta en el lugar que la recibe. Una huella puede ser un camino bien trazado que otros siguen con gusto, y otra puede ser una herida que tarda años en cerrar.
Un pueblo que ya no pasa inadvertido
Salamina no llegó al mapa por casualidad. Su centro histórico fue declarado Monumento Nacional, hoy Bien de Interés Cultural de la Nación, y el municipio es uno de los Pueblos Patrimonio de Colombia. Forma parte, además, del Paisaje Cultural Cafetero que la Unesco inscribió en la lista del patrimonio mundial en junio de 2011, un reconocimiento que puso la mirada del país y del mundo sobre las montañas donde se sembró café y se levantaron pueblos de bahareque, tapia pisada y calicanto.
El nombre de Ciudad Luz nos acompaña desde hace más de cien años, y cada 7 de diciembre la Noche de las Luces y el Fuego convierte las calles en una fiesta que muchos viajan desde lejos para ver. Quien nos visita se encuentra con la Basílica Menor de la Inmaculada Concepción, con la pila de la plaza, con los murales, con la macana humeante y con el bosque de palmas de San Félix. No necesitamos inventar nada para ofrecer. Lo que tenemos es auténtico, y eso vale más que cualquier decorado.
Por eso mismo la pregunta pesa. Cuando un pueblo tiene algo valioso que mostrar, siempre habrá quien quiera aprovecharlo, y no todos lo harán con el mismo cuidado. Aprovechar bien lo que tenemos es una decisión que se toma todos los días, en cada licencia, en cada negocio, en cada fachada y en cada conversación de esquina.
Lo que el turismo trae y lo que puede quitar
Seamos justos con los beneficios. El turismo ha abierto restaurantes, hospedajes y tiendas, ha dado trabajo a jóvenes que antes veían en la salida del pueblo su único futuro y ha devuelto el orgullo por la casa de bahareque que muchos querían tumbar para levantar una de cemento. Un pueblo que se sabe mirado se cuida más, y eso también es riqueza.
Pero todo crecimiento cobra su precio, y conviene hacer las cuentas antes de que lleguen a la mesa. Cuando el visitante abunda, suben los arriendos, y una casa que fue hogar de una familia puede convertirse en alojamiento de fines de semana. Suben los precios de lo cotidiano, se llenan las calles de ruido a deshoras, se pierden esquinas donde el vecino ya no encuentra a su vecino. No digo que todo esto ya esté ocurriendo en Salamina; digo que ha ocurrido en otros pueblos hermosos que celebraron la llegada de gente hasta el día en que no reconocieron su propia plaza.
A esos pueblos no los arruinó la mala fe de nadie. Los arruinó la costumbre de dejar para después la conversación incómoda, de aplaudir el número de visitantes sin preguntar qué hacen, qué consumen y qué dejan. Quien siembra sin mirar el terreno no puede quejarse si la cosecha sale distinta de la que soñó.
No basta con atraer visitantes
Contar turistas es fácil. Lo difícil es saber qué tipo de turismo queremos ofrecer, qué deseamos conservar y cuáles comportamientos estamos dispuestos a permitir. Si no escogemos un rumbo, podemos terminar en un puerto al que nunca quisimos llegar, y entonces ya no habrá a quién reclamarle, porque habremos ido llegando poco a poco, con cada decisión que dejamos tomar a otros o al azar.
Un rumbo no es una prohibición ni un cerco. Es un acuerdo entre quienes vivimos aquí sobre el pueblo que queremos entregarles a nuestros hijos, y es también una promesa honesta para quien viene: estas son nuestras costumbres, esto es lo que cuidamos y así esperamos que nos trate. El que llega con buena fe agradece saberlo, y el que llega con otras intenciones sabrá desde el primer día que aquí hay reglas.
Cuando la diversión se vuelve un problema
Debemos prestar atención cuando el encuentro y la diversión se convierten en beber por beber, en escándalos y en pérdida de tranquilidad para los vecinos. Un pueblo puede tener fiesta, música y trago sin perder la compostura, como ha ocurrido siempre en nuestras ferias y celebraciones. Lo que no puede es aceptar que su parque y sus calles se vuelvan escenario de gritos de madrugada, de botellas rotas en las aceras y de familias que ya no logran dormir en su propia casa. El derecho a la diversión termina donde empieza el derecho al descanso del vecino, y aplicar esa regla sencilla no es amargarle la vida a nadie: es la base de cualquier convivencia.
En esto los comerciantes tienen una responsabilidad grande, porque el negocio que vende licor a cualquier hora y a cualquier persona no solo se enriquece: también le traslada el costo al pueblo entero. Y las autoridades tienen la tarea de hacer cumplir los horarios y las normas que ya existen, con firmeza y sin favoritismos, antes de pensar en crear otras que tampoco se cumplirían.
Hay algo más grave, y por eso debemos actuar a tiempo. El turismo mal orientado puede abrir espacio al consumo y al comercio de drogas, y a la explotación sexual, especialmente de nuestros niños y adolescentes. Los lugares con muchos visitantes y poca vigilancia siempre atraen a quienes buscan aprovecharse de los más vulnerables, y la sociedad que mira para otro lado les facilita el camino. Prevenir es mucho más barato, y mucho más humano, que lamentar.
Colombia cuenta con normas claras para esto. La Ley 679 de 2001 y la Ley 1336 de 2009 buscan frenar la explotación y el turismo sexual con niños, niñas y adolescentes, y exigen a los prestadores de servicios turísticos adherir a un código de conducta para poder inscribirse en el Registro Nacional de Turismo. Ese código les pide, entre otras cosas, capacitar a su personal, informar a sus clientes sobre las sanciones y no permitir que en sus establecimientos se facilite esa explotación. Hoteles, hospedajes, restaurantes, bares y guías deberían conocer esas obligaciones al derecho y al revés, y la comunidad debería saber a dónde acudir cuando algo no cuadra: a la Policía, a la Comisaría de Familia o a la línea 141 del ICBF. Un pueblo atento es la mejor protección que puede tener un niño.
Juzgar las conductas, no el bolsillo ni la facha
El cuidado debe centrarse en las conductas, no en la apariencia ni en el bolsillo del visitante. Viajar con un morral no hace daño; desconocer y atropellar a la comunidad que recibe, sí. El mochilero que paga con gusto su café, saluda en la esquina y deja el hospedaje como lo encontró es un mejor huésped que el viajero de buen carro que trata al pueblo como un parque de diversiones. Aquí ha llegado siempre gente de todas las condiciones, y nuestra tradición de hospitalidad se fundamenta en recibir a todos con respeto y esperar lo mismo a cambio.
El criterio también sirve en la dirección contraria. A la libertad de cada quien para viajar, divertirse y gastar su dinero como le plazca le corresponde la responsabilidad de no dañar al vecino ni al patrimonio de todos. Quien rompe, ensucia, irrespeta o abusa responde por lo que hizo, venga de donde venga y cargue lo que cargue. Así de sencillo, y así de justo.
El turismo que podemos cultivar con entusiasmo
También hay un turismo que podemos cultivar con entusiasmo. El académico, por ejemplo: estudiantes, investigadores y profesores que vienen a estudiar el bahareque, la historia de la colonización antioqueña, el café, las artes y oficios, y que se llevan conocimiento mientras dejan huella en la mesa y en la posada. El cultural, que llena las calles de música, teatro, exposiciones y conversaciones, y que se interesa por el pueblo de verdad, el de los saludos y las historias. El de naturaleza, con sus caminatas, sus aves, sus palmas, sus fincas cafeteras y sus caminos de herradura que todavía hablan de arrieros y fondas.
Está también el empresarial y de eventos: congresos, encuentros, reuniones de trabajo y celebraciones familiares que traen visitantes durante la semana, cuando los hoteles están más vacíos, y que reparten el movimiento a lo largo del año en lugar de concentrarlo en los puentes festivos. Es un turismo que gasta, que trabaja y que se va sin dejar ruido, y una apuesta inteligente para un pueblo que quiere vivir de su visita sin volverse esclavo de ella.
Y está el de los pensionados que vienen a conocer, encuentran aquí un lugar para vivir y se integran a la vida del pueblo. No llegan de paso: compran en las tiendas del barrio, participan en las celebraciones, se hacen amigos en la plaza y ayudan a cuidar la casa que eligieron. Si sabemos recibirlos con cariño y con reglas claras, pueden convertirse en nuevos vecinos que quieren a Salamina tanto como el que nació en ella.
Nuestro querido turismo del retorno
Y está nuestro tan querido turismo del retorno: el de quienes un día se fueron y sacan unos días de sus vidas para refrescar recuerdos, abrazar a la familia y reencontrarse con sus raíces. Los que vivimos lejos sabemos lo que significa volver y encontrar la casa de la infancia, el olor del café recién molido, la voz de alguien que todavía nos reconoce por el apellido. Ese viajero no viene a consumir un destino. Viene a cerrar un círculo, y por eso es el visitante que mejor cuida lo que ve.
Además, ese turismo es una puerta abierta para el futuro. El hijo de salamineños que nunca ha pisado el pueblo y viene de la mano de sus padres puede quedarse enamorado, invertir, regresar, llevar el nombre de Salamina a donde vive y contarles a otros lo que encontró. Cuidar a quien vuelve es cuidar la memoria y sembrar vecinos.
Todos ellos pueden encontrar en Salamina mucho más que un destino para pasar el fin de semana. Pueden encontrar una conversación, una mesa, un paisaje, una historia que valga la pena contar y un sitio donde, por un rato, sentirse en casa.
Reglas claras y acuerdos entre todos
Por eso esta reflexión también es un llamado a nuestras autoridades, comerciantes y habitantes. Promover el turismo debe ir acompañado de orientación, reglas claras y cuidado por la convivencia. Necesitamos pensar juntos cómo queremos crecer, antes de que las circunstancias decidan por nosotros.
A las autoridades les corresponde algo que no puede delegarse: hacer cumplir las normas con igualdad para todos, proteger el centro histórico con los instrumentos que la ley ofrece, vigilar la seguridad de los niños y mantener limpio, iluminado y en orden el entorno que el visitante recorre. No se trata de crear más trámites, sino de cumplir con rigor los que ya existen y de explicarlos con claridad a quien llega.
A los comerciantes y prestadores de servicios les toca ser los primeros anfitriones. Formar a su personal, informar bien al visitante, respetar los horarios, cuidar las fachadas, pagar precios justos a sus trabajadores y conocer las obligaciones legales que protegen a los niños es parte del buen negocio, porque el pueblo que cuida su reputación atrae al visitante que vale la pena. Y a los habitantes nos toca recordar que el turismo se parece a una visita grande en casa: la tratamos bien, le mostramos lo mejor, le explicamos las costumbres y, si es necesario, le decimos con respeto lo que no se hace.
Valdría la pena que esas tres voces se sentaran juntas, sin banderas ni pleitos, a escribir unos acuerdos sencillos que cualquiera entienda: horarios, conductas esperadas, cuidado del patrimonio, protección de la niñez, capacidad de las calles y de los alojamientos en las fechas de mayor afluencia. Si los acuerdos se construyen entre todos, se cumplen mejor que si se imponen desde un escritorio.
Lo que no se ve en la fotografía
Nuestra arquitectura merece conservarse, y no solo por bonita. El bahareque y la tapia pisada son maneras de construir que dependen de manos que saben, de materiales que se cuidan y de mantenimiento constante, y se pierden cuando faltan los maestros y la memoria. Conservar una fachada sin conservar el oficio que la levantó es quedarse con la cáscara.
Pero también merece conservarse esa forma de vivir que hace que nos saludemos en la calle y nos sintamos en familia. Ese saludo no sale en las fotografías ni figura en los inventarios del patrimonio, y sin embargo es lo primero que el visitante nota y lo que más se lleva en el recuerdo. Una casa bien pintada se restaura con dinero; un pueblo que se saluda, una vez perdido, no se compra con nada.
El turismo que queremos tiene que dejarnos más de lo que se lleva. Más trabajo digno para nuestros jóvenes, más orgullo por lo que somos, más cuidado por lo que heredamos y las mismas calles tranquilas donde el abuelo se sienta a conversar al caer la tarde.
La pregunta que debemos responder
¿Estamos preparando el turismo que queremos para Salamina o estamos dejando que el turismo decida en qué se convertirá nuestro pueblo? ¿Sabemos cuántos visitantes caben en nuestras calles sin que se pierda la tranquilidad? ¿Conocemos las normas que protegen a nuestros niños y las hacemos cumplir? ¿Seremos capaces de recibir a todos con los brazos abiertos y, a la vez, exigirles que respeten la casa que los recibe?
Las respuestas no vendrán de afuera. Vendrán de lo que decidamos hacer, o dejar de hacer, en cada rincón del pueblo. Todavía estamos a tiempo de escoger el rumbo, y esa es una oportunidad que no todos los pueblos hermosos supieron aprovechar.
VAMOS POR EL CAMINO CORRECTO.