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Ciencia y afrodescendencia: romper estereotipos y ampliar nuevos horizontes

La autora reflexiona sobre los estereotipos que han limitado la presencia afrodescendiente en la ciencia y cuestiona los roles impuestos por la sociedad. Con ejemplos históricos, reivindica el talento, la inteligencia y la capacidad creadora más allá del folclor.

¿La ciencia y la comunidad afrodescendiente son incompatibles? El lugar de la persona afrodescendiente en la sociedad.

Cuando escucho la palabra ciencia, automáticamente se me viene a la mente la imagen de un laboratorio en donde se encuentran tubos de ensayo, microscopios, balanzas, termómetros y uno que otro mortero. Y no falta la imagen caprichosa de un volcán que erupciona por la mezcla de vinagre y bicarbonato de sodio. Por el contrario, difícilmente escucho la palabra ciencia en una conversación en la cual se aborde el patrimonio cultural que tenemos como personas negras o afrodescendientes en la sociedad. Quiero aclarar que esta acotación más que atender a una cuestión de reproche, atiende a una sensación de curiosidad.

De hecho, considero que el significado de la palabra curiosidad queda corto si la interpretamos a la luz de lo que nos sostiene, de manera simbólica y material, a las personas de nuestra etnia.

Quizás, al menos en mi caso, cuando pienso en la palabra afrodescendiente descubro que mi imaginación no acude espontáneamente a figuras vinculadas con la ciencia. Sin embargo, considero que el motivo no obedece a un asunto superficial; es decir, no atiende a un patrón de vestimenta, ademanes, intereses y oficios gastronómicos de nuestra cultura; tiene un carácter educativo, cuya esencia es el condicionamiento con base en creencias populares sobre cómo debemos actuar, pensar e incluso sentir. Tal parece que nos sumergiéramos en un pozo que no es lo suficientemente profundo para contener nuestros cuerpos, pero aún así nos colocamos en posición horizontal para cumplir su propósito: clasificarnos.

Por si fuera poco, hemos, sin chistar y sin ni una pizca de rebeldía, incorporado en nuestro repertorio de actuación roles que son inseparables de la identidad afrodescendiente. Representamos con todo y bambalinas el baile del mapalé, la elaboración del guarapo y la partería tradicional, como si todo ello se constituyera la totalidad de nuestro aporte a la diversidad. Pero la cuestión es la siguiente: detrás de toda actuación, una vez baja el telón, difícilmente puede distinguirse qué tan cerca o qué tan lejos está nuestro corazón y talento de aquello que representamos. Más aún, si esa distancia se ha construido a la sombra de unas voces que tomaron partido a la hora de nombrarnos.

En este sentido, resulta comprensible que las personas con discapacidad, después de tantas luchas, hayan promovido una consigna: “nada sobre nosotros sin nosotros”. Desde mi punto de vista, la consigna interpela esa costumbre de definir a los otros sin contar con su propia voz. Práctica que ha sido legitimada por las dinámicas sociales y políticas. Por tanto, nos movemos en automático, siguiendo patrones y contribuyendo a estructuras más grandes que nosotros, sin cuestionar su cohesión con nuestras expectativas.

Al menos para mí, la imagen que mejor representa esta idea la encuentro en las inquietantes escenas de la serie famosa de televisión “The Walking Dead”, más aún, si considero que de manera frecuente tengo imágenes mentales de encontrarme en un lugar rodeada de personas que comparten conmigo la sensación de peligro, y que, sin embargo, como autómatas se dirigen a la misma dirección para resguardar su vida, la cual terminan perdiendo. Es como si, en realidad nuestro comportamiento no distara mucho del de los muertos vivientes. La mayoría de nuestras decisiones ya están predeterminadas o preprogramadas desde antes de ser adultos. Solo que los muertos vivientes se mueven por el instinto de supervivencia: la alimentación. Mientras, nosotros parecemos guiados por la necesidad de pertenecer.
Entonces, en nosotros los afrodescendientes, el peligro representa la desaparición simbólica de nuestra existencia.

En este orden de ideas, si queremos hacer ciencia corremos “el riesgo” de desaparecer simbólicamente, pero tomar ese riesgo nunca será una pérdida; sería una forma de hackear el sistema de la sociedad, precisamente el rol que dentro de la misma desempeñamos.
Esto implicaría pensar por fuera de la caja, y tenemos ejemplos de personas afrodescendientes que lo han hecho. Entre ellas se encuentran Katherine Johnson, matemática fundamental para los programas espaciales de la NASA; George Washington Carver, agrónomo, científico e inventor; Mae Jemison, médica, ingeniera y astronauta; y Patricia Bath, oftalmóloga, investigadora e inventora.

De lo anterior, se puede apreciar que hacer ciencia no es una posibilidad reservada para unos pocos en función de su nacionalidad, etnia y de los estereotipos que recaen sobre ellos; por ejemplo, siempre se espera que sean los asiáticos y personas blancas que se desempeñan mejor en estos ámbitos. Sin embargo, hacer ciencia está ligado al potencial y a la inteligencia que tiene cualquier ser humano.

A propósito de esto, traigo a colación lo indignante que resultó para mí haber aprendido que durante varios siglos había una creencia reforzada que sostuvo una supuesta inferioridad de las personas afrodescendientes desde el punto de vista intelectual y, por consiguiente, incapaces de contribuir al desarrollo de la ciencia. E incluso hoy en día, percibo con cierta incomodidad el hecho de que tan solo se piense que a una comunidad negra se le puede maravillar con banalidades, especialmente en situaciones de emergencias en las cuales apremia proveer soluciones que subsanen necesidades básicas y estructurales.

Para concluir, es verdaderamente fascinante que las personas negras suscitemos en el imaginario de los demás, la creencia de que estamos llenos de vitalidad, de baile y que somos creadores de folclor a través de la música. El problema surge cuando se nos limita el horizonte de nuestra capacidad creadora y de invención.

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