Pulse PLAY para escuchar La Revista de Caldas Radio
Vol.

Volver a San Félix, aunque sea en cenizas, para atajar el último balón

Desde la Patagonia, Don Tello mira el tiempo como un arquero que ya sabe cuántos goles le han entrado y cuántas veces se levantó. Una reflexión sobre la vejez y una promesa: volver a San Félix a terminar la jornada, o que sus cenizas reposen en la tierra donde empezó todo.

Hay un viejo sentado en una banca que casi nadie mira. Pasa la gente con afán, el celular en la mano, y él sigue ahí, con el sombrero sobre las rodillas y los ojos puestos en algo que los demás no alcanzamos a ver. Quizás recuerda una cocina de leña, un nombre que nadie más pronuncia, una voz que lleva cuarenta años sin oír. Lo que casi nunca pensamos al cruzar frente a él es que ese hombre ganó una apuesta que muchos de sus amigos perdieron. Llegó. Y llegar, en este mundo, no se le concede a cualquiera.

Yo ya empiezo a reconocerme en esa banca. Me lo dicen las rodillas por las mañanas, me lo dice el espejo con su paciencia de testigo, me lo dicen los nombres que ya solo puedo pronunciar en pasado. Y desde esta orilla del mundo, con el viento de la Patagonia silbándome en los oídos, he comenzado a hacerme una pregunta que de joven no se me habría ocurrido: dónde quiero terminar.

Porque no todos llegan, y esa es la verdad que el ruido diario nos esconde. Están los que se quedaron a mitad del camino, los que prometieron una vejez larga y no alcanzaron a estrenarla, los que se rindieron un martes cualquiera sin que nadie lo notara. Los que sí llegamos no lo hicimos por suerte, aunque a veces atribuyamos a la suerte lo que fue una larga costumbre de resistir. Llegamos a fuerza de noches mal dormidas, de deudas pagadas con humildad, de entierros que hubo que sobrellevar sin tiempo para el duelo porque había que seguir trabajando. Hay batallas que no tienen testigos, y esas son las más difíciles de ganar, porque no esperan medalla.

Yo fui arquero, y tal vez por eso entiendo esto mejor que otros. Bajo los tres palos se aprende temprano que nadie ataja todos los balones. Se aprende a quedarse solo mientras el partido se juega lejos, a sentir cómo el pueblo entero se te viene encima en un tiro de esquina, a recoger la pelota del fondo de la red y a ponerte otra vez de pie, porque el árbitro no ha pitado y la gente está esperando. Llevo mucho tiempo parado frente a ese arco. He recibido goles que todavía me duelen y he atajado otros que nadie vio. Y lo único que he descubierto, después de tantos partidos, es que el mérito de un arquero no está en la cuenta de los que le entraron, sino en haberse quedado hasta el final.

La vejez enseña lo que ninguna escuela explica del todo. Enseña que el dolor no siempre viene a destruir, que a veces viene a ensanchar, y que la pérdida, por cruel que sea, nos deja una forma de ternura que antes no teníamos. Quien ha conocido la traición aprende a perdonar sin ingenuidad, y quien ha conocido la soledad aprende a agradecer la compañía sin exigirle demasiado. No es sabiduría de libro. Es sabiduría de quien pagó la matrícula con años, y ahora puede mirar su pasado de frente y sentarse a su lado sin reproches.

Pero hay algo que los años también enseñan, y es que uno nunca termina de irse del todo del lugar donde nació. Uno puede cruzar el continente, aprender los vientos de otro sur, hacerse a otras montañas y a otras mesas, y sin embargo, cuando cae la tarde, hay un olor, una luz, una cuesta empinada que le tira a uno del corazón como se le tira de la cuerda a un barrilete. A mí me tira San Félix. Me tira el aire fresco de la cordillera, la neblina que se sienta en los techos por la mañana, el café que se huele antes de verse, la gente que saluda por el nombre y por el apellido, y también por el apodo, que es la forma más honda de nombrar a alguien. Me tira la tierra de los Gómez, mis mayores, que levantaron casas en medio de la montaña cuando no había más camino que el que abrían las mulas y la terquedad.

He pensado mucho en el hecho de que toda esa gente descansa allá. Mis viejos, mis tíos, los abuelos de mis abuelos, los que ya no tienen cara en ninguna fotografía pero siguen teniendo apellido en mi sangre. Y me imagino a mí mismo, algún día, regresando como regresan los arrieros, despacio y con el cansancio bien ganado, para terminar la jornada donde la empecé. Si Dios me presta vida y salud, quiero volver y sentarme en una banca de San Félix a ver pasar la tarde, que es lo único que de verdad he sabido hacer sin que nadie me enseñara. Quiero oír las campanas, tomar tinto con los viejos que queden y contar historias hasta que se acabe el aceite de la lámpara. Quiero también esperar a Ligia, aunque sé que no vendrá; pero como la esperé durante toda mi vida, si me toca irme primero, me iré con su recuerdo. Y si el destino dispone otra cosa, si la muerte me sorprende lejos, aquí donde el viento arrastra la estepa y las estrellas parecen más cercanas que las montañas, entonces pido un último favor, y se lo pido sin dramatismo a quien me quiera cumplirlo: que mis cenizas lleguen a San Félix. Que las lleven a esa tierra que me enseñó a hablar, y que allá se queden, mezcladas con el barro y con el rocío de las madrugadas, hasta que alguna vez un muchacho que ni me conoció se detenga y pregunte quién fue ese que volvió. Quizás suene a testamento, y lo es, aunque no el de las escrituras y los bienes, que de eso poco hay. Es el testamento de un hombre que sabe que la vida no se mide por los kilómetros recorridos sino por la fidelidad a lo que uno ama. Porque uno puede ganarse la vida en cualquier parte, pero solo en un lugar es posible ganarse el descanso.

Y mientras tanto, mientras llega ese día que no tiene fecha ni apuro, aquí sigo. Agradecido por cada madrugada que se me concede, por cada amigo que todavía contesta el teléfono, por cada recuerdo que aún no se me borra. Sigo bajo los tres palos, atento al próximo balón, sin prisa por volver a ser joven, porque la juventud es hermosa pero ignora todavía lo que cuesta estar entero. Quien ha llegado hasta aquí ya ganó. Lo que le debemos, a él y a nosotros mismos, es escucharlo, y cuando llegue la hora, llevarlo a casa.

Continúe leyendo La Revista de Caldas
También puede leer

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Instalar La Revista de Caldas