Caldas afina su rumbo al Mono Núñez con talento y renovación

Hay momentos en los que un territorio no solo suena, sino que se reconoce a sí mismo en la música. Caldas vive uno de esos instantes. La reciente clasificación de varios de sus artistas al Festival Mono Núñez 2026 no es un hecho aislado ni una casualidad afortunada; es el eco de años de formación, disciplina y amor por la música andina colombiana que ahora encuentra un escenario mayor donde resonar.

Entre el 25 y el 28 de junio próximos, Ginebra, Valle del Cauca, volverá a convertirse en el epicentro de uno de los encuentros más importantes del país: el Festival Mono Núñez. Allí, donde la tradición se mide con el rigor de la interpretación y la emoción del público, Caldas llegará con una delegación sólida, diversa y profundamente representativa.

En la modalidad instrumental, el departamento estará representado por el Presto Cuarteto de Saxofones y el Coro de Clarinetes de la Universidad de Caldas, dos propuestas que evidencian cómo los lenguajes contemporáneos pueden dialogar con la tradición sin perder su esencia. En la modalidad vocal, la presencia caldense se multiplica con nombres como María José Gallego Ríos, Julián David Mejía Noreña, Lina García y Laura Serna Jiménez, junto al Dueto Prisma, configurando un abanico de voces que prometen matices, fuerza interpretativa y sensibilidad. A ello se suma la participación en obra inédita con “El último bambuco”, firmada bajo el seudónimo Arquero, una apuesta por la creación que mantiene viva la evolución del género.

Para Luz Elena Castaño Rendón, secretaria de Cultura de Caldas, esta clasificación tiene un significado que va más allá del reconocimiento puntual. “Para el departamento es muy gratificante ver cómo los artistas seleccionados demuestran los procesos formativos que se están dando”, afirma, subrayando que cada nombre en la lista es también el resultado de una cadena de esfuerzos que involucra instituciones, maestros y comunidades.

En sus palabras, el logro tiene una raíz clara: “Todo es un proceso de formación, un proceso de apreciación, un proceso del gusto por la música andina colombiana”. Esa idea se vuelve clave para entender lo que está ocurriendo en Caldas. No se trata únicamente de talento individual, sino de un ecosistema cultural que ha sabido cultivar la escucha, la técnica y el respeto por la tradición.

El Festival Mono Núñez, considerado el máximo certamen de la música andina colombiana, funciona como una especie de termómetro artístico. Llegar allí implica superar filtros exigentes: primero audiciones regionales, luego una selección nacional realizada por jurados de alto nivel. Por eso, como bien lo señala la secretaria, “ya llegar al Festival Mono Núñez es un premio”. No es una frase hecha; es el reconocimiento a un camino recorrido con constancia.

Esa “representación tan numerosa”, como la describe Castaño Rendón, habla también de una renovación. “Nos demuestra que los músicos y compositores están haciendo un ejercicio de renovación de nuestra música andina colombiana”, señala. Y en esa renovación conviven dos fuerzas que no siempre son fáciles de equilibrar: la fidelidad a la tradición y la necesidad de explorar nuevas formas.

El Presto Cuarteto de Saxofones, por ejemplo, encarna esa tensión creativa. Un formato poco convencional dentro de la música andina que, sin embargo, logra reinterpretar sus ritmos con frescura y rigor. Algo similar ocurre con el Coro de Clarinetes de la Universidad de Caldas, donde la academia se convierte en laboratorio sonoro, expandiendo las posibilidades del repertorio tradicional.

En el ámbito vocal, la diversidad es aún más evidente. Cada intérprete llega con un universo propio, una manera particular de habitar el bambuco, el pasillo o la guabina. Esa multiplicidad no fragmenta; al contrario, enriquece el panorama y confirma que la música andina colombiana sigue siendo un territorio fértil para la expresión individual.

La obra inédita, por su parte, representa otro frente fundamental. “El último bambuco” no solo compite por un reconocimiento, sino que se inserta en una tradición viva que necesita nuevas composiciones para seguir respirando. Allí, el Mono Núñez cumple una función esencial: no solo conserva, también impulsa la creación.

Pero el festival no es únicamente el concurso. Es, como lo recuerda la secretaria, “un festival muy integral”. A su alrededor se despliega una programación que incluye conciertos dialogados, muestras culturales, espacios académicos y presentaciones de diversas comunidades. “No es solo el concurso; son muchas actividades que nos permiten mostrar toda esa riqueza musical y dancística”, enfatiza.

En ese sentido, la participación de Caldas también implica una presencia cultural más amplia. Aún queda por definirse parte de la delegación en otros espacios del festival, como el Festival Mateo Ibarra o las expresiones autóctonas, pero la expectativa es alta. Tradicionalmente, Caldas ha sido una de las delegaciones más nutridas, y este año no parece ser la excepción.

La referencia al año anterior añade un matiz especial. “Recordemos que el año pasado tuvimos un gran Mono Núñez vocal”, señala Castaño Rendón, anticipando que ese legado también se hará presente en esta edición. Hay, entonces, una continuidad, una especie de hilo invisible que conecta generaciones de intérpretes.

En el fondo, lo que se juega en el Mono Núñez no es solo un premio. Es la posibilidad de validar procesos, de compartir repertorios, de encontrarse con otras voces del país que también están explorando, aprendiendo y reinventando la tradición. Para los artistas de Caldas, este escenario representa tanto una meta como un punto de partida.

La música andina colombiana, con su aparente delicadeza, es en realidad un territorio exigente. Requiere precisión, sensibilidad y un profundo conocimiento de sus códigos. Llegar al Mono Núñez implica haber transitado ese camino con disciplina. Por eso, la clasificación de estos artistas no solo enorgullece al departamento, sino que confirma la vigencia de sus procesos formativos.

Escuelas, universidades, agrupaciones y espacios comunitarios han tejido, durante años, una red que hoy da frutos visibles. “Nuestra Escuela Departamental de Artes, la Facultad de Música de la Universidad de Caldas… muchos procesos nos han permitido este gran logro”, resume la secretaria. Es una cartografía de esfuerzos que se traduce en música.

Mientras se acerca junio, la expectativa crece. Cada ensayo, cada ajuste, cada interpretación afinada será parte de la preparación para un escenario donde la música se convierte en diálogo nacional. Caldas llegará con sus sonidos, sus historias y su identidad en cada nota.

Y aunque el veredicto final aún esté por escribirse, algo ya es claro: el departamento no solo participa, se afirma. En cada uno de sus representantes hay una historia que comenzó mucho antes de este festival y que, seguramente, continuará mucho después.

Porque en el Mono Núñez, más que competir, se celebra una forma de entender el país a través de la música. Y en esa celebración, Caldas ya tiene un lugar ganado

Eleuterio Gómez

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Eleuterio Gómez

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